Tecnología

Felices 40, Macintosh

No tengo ni idea de dónde andaba aquel martes, 24 de enero de 1984. Con 11 años —los mismos que ahora mismo tiene Javi Jr.— el día probablemente fue normalito. Iría al cole en la ruta, me comería un cuerno o un triángulo en el recreo, jugaría al fútbol, aprendería cosas y por la tarde haría los deberes y vería un rato la tele.

Mientras, al otro lado del mundo, se cocía algo gordo. Un par de días antes una empresa desconocida para casi todo el mundo llamada Apple había creado un anuncio televisivo histórico. Uno titulado ‘1984’.

Pero como digo, la presentación se produjo aquel martes, 24 de enero de 1984. Llegaba el Macintosh. Bueno, no. En realidad el nombre completo era Macintosh 128K porque decir cuánta RAM tenían los ordenadores era la norma. Lo hicieron el VIC-20, El Commodore 64, el Spectrum 48K o el Amiga 500 (que en realidad era 512, pero bueno).

Aquel ordenador lo cambió todo, pero no parece que la gente supiera ver la revolución que planteaba. No lo hizo al menos para el editor de The New York Times que escribió sobre él. Para él la pantalla de nueve pulgadas era demasiado pequeña, pero aún así, explicaba, esa resolución de 512 x 342 píxeles hacía que «todas otras las pantallas de ordenadores personales parezcan rechazos distorsionados de una escuela de arte cubista». El ratón no pareció convencerle mucho, aunque reconoció que «la diferencia fundamental entre el Mac y otros ordenadores personales es que el Macintosh está orientado a lo visual en lugar de estar orientado a las palabras». Era un análisis tibio, sin apenas alabanzas.

Aquel editor era Erik Sandberg-Diment, que por lo visto —no lo conocía— fue una auténtica institución en el periodismo tecnológico. Una que, eso sí, metió la pata bastante a menudo. Aseguró que los portátiles «nunca serán una tecnología masiva», y también que el correo electrónico era inferior al correo postal. Un crack, vaya. Uno que, eso sí, admitió que era un ludita.

No sé qué hacía un ludita escribiendo de tecnología, pero en mi opinión no era la persona adecuada para hablar de un producto como el Macintosh. No creo que hubiera mucha gente preparada para ello, y el impacto de aquel ordenador fue tan enorme que probablemente nadie habría podido preverlo. Bueno, quizás algunos influencers de la época sí. Los Marques Brownlee de 1984 iban de traje y corbata y tenían una pinta bastante yeyé, pero seguro que decían cosas curiosas. Yo ya me he guardado este vídeo de 30 minutos para verlo más adelante.

Yo, desde luego, estaba a otras batallas. Tardé mucho en saber de Apple, y como conté hace una década al hablar del 30 aniversario del Mac, mi primer contacto fue más bien frío. En 1991, cuando empecé en la universidad, descubrí que el Centro de Cálculo de la Facultad había un Macintosh —que por entonces llamábamos Mac Classic—. Era casi una pieza de museo. Jugueteé con él ocasionamente, pero para mí aquello era el pasado y el Amiga 500 que acababa de conseguir, el futuro.

Mi relación con Apple todos esos años fue de indiferencia. Recuerdo estar al tanto de lo mucho que sus ordenadores se usaban en autoedición, pero salvo por aquello, los Mac me parecían irrelevantes.

Luego, claro, dejaron de serlo. La culpa, como decía en aquel post del 30 aniversario, la tuvo la llegada de Mac OS X (2001) primero, y el salto a los procesadores de Intel (2006) después. La empresa había dado pasos curiosos con los primeros iMac (1999) y los iBook (1999). Incluso habían tenido algún fracaso maravilloso como el G4 Cube (2000). Pero a partir de ahí, la cosa se animaría a lo bestia.

Los iMac, los Mac Pro y sobre todo los MacBook en sus distintos formatos empezaron a conquistarnos. Lo hacían por diseño, por prestaciones y por ese sistema operativo que dejaba al Windows XP de la época a la altura del betún. No tanto en prestaciones —el sistema de Microsoft fue estupendo con el tiempo— como en interfaz. Estaba como adelantada a su tiempo.

Yo empecé este blog en 2005. Me perdí lo de contar la revolución de Mac OS X, pero llegué justo a tiempo para hablar de la que supuso el salto a Intel. Y desde entonces, no paré de hablar de aquello. En 2008 hablé de aquel primer MacBook Air que me pareció caro —e inferior a un C64—, y en 2010 hablé mucho mejor de la segunda generación de MacBook Air que tampoco me convenció nada al principio y que después me convenció más y que finalmente me compré.

Fue un equipo fantástico. Uno que (para mí) rozaba la perfección, de hecho.

Lo confirmé un año después, y de hecho dos años después acabé comprando el MacBook Air (Mid 2012), con el que también fui feliz durante tres años. Luego llegaría el Dell XPS 13, y desde entonces no me he vuelto a comprar otro portátil.

Lo que sí hice, claro, fue seguir hablando de los Mac. A menudo de forma (muy) crítica, y con razón. A mediados de la década pasada, la división de los Mac era en mi opinión un desastre, pero de repente, llegó la salvación.

Los Apple M1.

Aquellos procesadores volvieron a darle sentido a estos equipos, lastrados por los micros de Intel, y que de repente se convertían en verdaderos chollos si uno quería equipos eficientes. El mismísimo Tim Cook estuvo por aquí contándolo, ya sabéis.

Aquel salto generacional me gustó tanto que acabé comprándome un Mac mini M1 con 8 GB de RAM. Es el equipo que utilizo cada día desde finales de 2021, y a priori diría que se va a quedar donde está una buena temporada. Sigue alucinándome por su eficiencia y su funcionamiento absolutamente silencioso. Es cierto que en algún momento puntual noto un poquito de retardo en la respuesta de la máquina, pero por lo general sigo tan encantado con este Mac como lo estuve con aquellos MacBook Air. Lo reconozco: le meto mucha cera a Apple, pero hay veces en que hace las cosas muy bien. He tenido que comerme algunas lentejas por el camino, pero el balance es absolutamente positivo a pesar de todo.

Mi experiencia con los Mac ha sido por tanto curiosa: he pasado de la indiferencia al amor, del amor al odio y del odio, otra vez, al amor. No incondicional, pero amor al fin y al cabo. Al menos, a mi Mac mini M1, porque sigo metiendo mucha cera —y con razón— a Apple en general y a los Mac (y muchos otros productos y servicios suyos) en particular.

Y aún así, no lo hago en plan ludita. No escribo en The New York Times, pero creo que tengo bastante más visión que Sandberg-Diment. No sé si él hubiera celebrado el 40 aniversario de aquel Macintosh, pero yo, desde luego, lo celebro. Con sus luces y sus sombras, con todo lo que vino después, es un absoluto hito de la historia de la informática y la tecnología. Viniendo de mí, creedme, eso es todo un piropazo.

Felices 40 Mac. A por los siguientes.

PD: no puedo dejar de recomendaros que os leáis el homenaje que Steven Sinofsky —exdirectivo de Microsoft, responsable del desarrollo de Windows 8— le hace al Macintosh en este 40 cumpleaños. Es curioso cómo su historia personal estuvo tan ligada a aquella máquina y luego acabara trabajando y siendo todo un líder en Microsoft. Fantástica historia.

Imagen | Danilo Ferrara

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