Tecnología

Neofeudalismo en tiempos de TikTok

Me encuentro hoy con una acertada columna de Antonio Ortiz en Retina. En ella habla del feudalismo digital, inspirado en parte por un revelador tuit que José Luis Antúnez publicó este verano:

José Luis tiene más razón que un santo, y Antonio desarrolla muy bien la idea recordando cómo ha sido la evolución de las redes sociales que han impulsado esa nueva economía de los creadores. Algunas sobreviven —YouTube parece inmortal—, pero otras se han ido viendo suplantadas por alternativas que prometían básicamente lo mismo y se convertían en la nueva plataforma con la que uno podía hacerse rico e influyente. De YouTube pasamos a Instagram, y de Instagram a TikTok o (en menor medida) a Twitch.

Por ahí pululan otras alternativas, claro, pero el principio es el mismo en todas ellas: tú produce para mí, que yo puedo convertirte en famoso e igual acabas sacando pasta de ello. Al menos, hasta que yo quiera (o una nueva plataforma sea más popular).

Creo que es interesante hacer hincapié en lo primero. Lo de «tú produce para mí». Ese ha sido el lema de la Web 2.0 que nos rodea y domina. Los blogueros —que parece que pertenecemos más a la internet 1.0— producíamos para nosotros y con nuestros medios, como apuntaba Antonio. Era mucho más difícil ser viral porque no había grandes plataformas centralizadoras de contenido.

Pero entonces aparecieron los Digg y Slashdot del mundo (con sus versiones en España, Menéame y Barrapunto, además de alguna alternativa). Allí de repente uno se podía volver un poco influencer —aunque la palabra apareciese mucho más tarde—. En realidad quienes acababan siendo (más) relevante eran los grandes medios, pero oye, podías tener tus 15 minutos de fama, como dijo aquel.

Lo curioso de aquello no era en realidad eso, sino el hecho de que por primera vez tú trabajabas para la plataforma. Hablé de ello hace un porrón en ‘Esclavos cognitivos: el secreto del éxito‘. Tú eras el que subías el enlace que creías que podía ser interesante, tú votabas y tú comentabas. Digg y Menéame solo ponían el servidor y la aplicación sobre la que se sostenía todo lo demás. Que no era poco, claro, pero que al final, insisto, te hacía trabajar a ti (otro post relacionado, ‘Wisdom of Crowds: ¿existe la sabiduría popular?‘). Pero como era una época de inocencia y buena voluntad, no importaba.

Luego llegó Facebook y la cosa empezó a ensuciarse. Con el tiempo lo de publicar algo y que lo viera todo el que tú querías se convirtió en una funcionalidad de pago, así que no solo trabajabas para la plataforma —estoy compartiendo cosas en Facebook— sino que pagabas con ella —manda narices, encima pago porque me lean/vean—. El negocio era redondo para Facebook, y la gente (sorprendentemente) parecía encantada.

Más o menos durante la misma época comenzó a funcionar a tope YouTube, que parecía un poco como los blogs hasta que empezó a ponerse seria. De repente había gente que podía seguir tus vídeos, y algunos canales comenzaron a hacerse famosos. Los que vivisteis aquello seguro que recordáis que la idea de tener tu plataforma televisiva en internet generó intentos de no depender de YouTube. Yo recuerdo Revision3 —creada por Kevin Rose y Alex Albretch, que ya habían triunfado como la Coca-Cola con Digg—, y en español también me acuerdo de LemonTV, aunque había más opciones.

Todas desaparecieron porque YouTube era mucho YouTube. Publicar y distribuir vídeo era muy costoso, así que quien quería triunfar allí acabó creando un canal en YouTube y probando fortuna. Algunos lo lograron, claro, pero por entonces comenzó a producirse eso que hemos ido viendo una y otra vez en el resto de plataformas para creadores. Algo que Antonio resume con un breve «se habla de los millones de ingresos de Rubius, pero no de los millones de chavales que lo imitan y no llegan a nada». Yo le dediqué al tema algún que otro post, pero el mensaje es exactamente el mismo: el de que probablemente nunca ganarás dinero con tu podcast, tu newsletter, o tu canal de Twitch/YouTube/TikTok. Mejor ni hablo de los blogs, que ahora son para los viejunos.

Pero me estoy desviando. Volvamos a la idea central: en YouTube tú trabajabas para YouTube una vez más. Lo hacías porque igual la publi acababa rentando, pero una vez más lo que hacías (y haces) es alimentar de contenidos esa plataforma. A ver, reconozco que YouTube hace muchas cosas por ti (sobre todo cuando hablamos de vídeo, demasiado exigente), pero el mensaje perdura.

Y lo mismo ocurrió con Instagram, que fue un fenómeno de masas porque allí —que yo sepa— se inició el fenómeno influencer. El modelo era distinto («gana todo lo que quieras con las marcas, yo me quedo por los ingresos por publi», como decía Antonio), pero una vez más tú trabajabas para esa plataforma. Una que luego te podía favorecer y viralizar, pero que no era transparente en su forma de hacerlo. Triunfar allí, como en el resto de casos, parecía un poco una lotería.

Lo mismo con TikTok, la red social que ahora lo conquista todo. Da igual el formato, porque la idea subyacente es la misma. O con Twitch, que es especialmente esclavizadora. Te pones a generar contenido y echar horas, pero probablemente no obtengas lo que esperabas. Algunos sí, claro —likes, ego— pero la inmensa mayoría no podrán vivir de ello, que es seguramente lo que persiguen.

Todos los ejemplos son idénticos, y probablemente todo lo que venga detrás sea igual si no cambian mucho las cosas. Las plataformas para creadores son un concepto bonito de primeras, pero muy chungo si uno hurga un poco. Son, como decía José Luis Antúnez, los señores feudales de nuestra época. Unos que hacen y deshacen a su antojo —»te cierro el canal de YouTube/Instagram porque me da la gana» o simplemente «cambio el algoritmo y tus ingresos se hunden»— sin que puedas decir ni mú.

La alternativa es incómoda y no veo respuesta fácil al problema. Un creador puede tener una comunidad de seguidores y tener su propio micromedio y ser su propia marca. Una microaudiencia, vaya. Pero una vez más los casos de éxito son la excepción y no la regla. Hay podcasts y newsletter de éxito con ese modelo —micropagos, Patreons, etc—, pero hay que ser muy fan de un tipo normal y corriente (al menos, para el resto del mundo, que seguramente los considere unos mediocres) para acabar dándole (¿1?) 5 o 10 euros al mes y que viva de sus 1.000 (o 100) fans. Lo de la Web3 y meter la cadena de bloques en todo esto es muy bonito, pero no es más que una (quizás mala) iteración de la misma idea, y no tengo nada claro que solucione el problema a pesar de sus buenas intenciones.

Me da a mí que no hay cambio sencillo a la vista. No mientras los chavales (y no tan chavales) crean que ese modelo es sostenible. En la Edad Media el feudalismo terminó por el descontento social y, ojo, por los avances en explotación agraria. Ya hay descontento social con este neofeudalismo, así que igual lo qu enecesitamos son avances tecnológicos que den más sentido a la economía de los creadores.

¿Cuáles son esos avances? Ni idea, pero si tienes alguna idea al respecto, igual deberías pulirla y llevarla a cabo. Puede que te forres o, como poco, que tengas un sitito en la historia.

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4 comentarios en “Neofeudalismo en tiempos de TikTok

  1. Más Viejo Que Io Ke Sé dice:

    «Era mucho más difícil ser viral porque no había grandes plataformas centralizadoras de contenido.»

    Aunque un poco OT, algunos todavía recordamos cómo te hiciste famoso en el on-line por un artículo en el off-line de una comparativa de sistemas operativos.

  2. promeu dice:

    Soy un bedroom dj, ese que gasta pero no recupera la inversión. De mi y de millones más viven Pioneer, por ejemplo.
    Lo mismo con los que son tiktokers/instagramers/youtubers/twitchers y quieren explotarlo o hacerlo un poco más profesional, de ellos viven elGato & Co.