Me levanto cada mañana y me acuesto por la noche con la misma sensación.
Estoy anonadado, fascinado y aterrorizado por lo que se nos viene encima. Si no he escrito este último mes en Incongitosis ha sido porque esas dos o tres horas que puede llevarme un post aquí acabo dedicándolas, sobre todo, a maravillarme y aterrorizarme con la IA. A jugar con ella, trastear, aprender, y sobre todo a hacer cosas que jamás creí que pudiera hacer.
Y a darme cuenta una y otra vez de que esto es un incendio que lo va a arrasar absolutamente todo.
Lo curioso es que la mayoría de la gente o no se da cuenta o ni le importa. Andrej Karpathy lo explicaba bien en un tuit de hace una semana, cuando hablaba de su embudo de la IA (funnel). Su texto luego era convertido a un gráfico como el de la imagen (bien por Daniel San, seguidle en Twitter, es un crack) que clarificaba todo. Ese embudo es una buena representación de cómo está la cosa:
- Al 75% de la población mundial, 6.000 millones de personas, ni le va ni le viene lo de la IA. O no la conocen, o apenas han toqueteado los modelos. Viven tranquilos y felices en su ignorancia, porque ya se sabe, la ignorancia da la felicidad.
- Un 20% de la población, unos 2.000 millones de personas, la usan en modo buscador de Google. El impacto, como dice la imagen, es limitado, porque para elos la IA es tan solo eso: una alternativa a lo que ya hacían en internet. Como mucho notan eso de «oye, me da la respuesta completa y bastante bien, mola». Y ahí se queda todo.
- Un 0,2% de la población, unos 20 millones de personas, la usan a diario de forma notable. Ahí creo que me encuentro yo, aunque dentro de este grupo hay gente que está mucho más puesta y otros que no lo estamos tanto y remamos para no quedarnos demasiado atrás. Sea como fuere, el uso más o menos intensivo es generalizado. Somos los creyentes y fanboys de la IA, nos aterrorice o no.
- Y luego está un 0,0006% de la gente que tienen acceso a los modelos frontera más punteros semanas o meses antes de que lo tengamos el resto de los mortales, y que además usan la IA de forma descomunal. Yo tiro petardos, y ellos están tirando bombas atómicas.
Así que estoy en una posición algo extraña. Me dedico a leer y escribir todos los días de tecnología y sobre todo de IA (estos días menos, estoy entretenido con otra historia), y como el resto de los mortales, soy incapaz de seguirle el ritmo a esto. Hay demasiadas novedades, demasiados proyectos, demasiados «esto te va a romper la cabeza».
Demasiadas cosas que probar y demasiado poco tiempo.
Así que como los demás, hago lo que puedo mientras la fascinación y el terror crecen. Miro la IA con un (cada vez menos ingenuo) optimismo, y entre newsletters, X y Reddit me veo absolutamente bombardeado por impulsos con los que trato de mantenerme mínimamente al día y de entender lo que pasa. Estoy más en modo cotilla en Twitter que nunca porque pasan demasiadas cosas y no puedo hacer un tuit (más o menos ingenioso) sobre cada una de ellas. Y entonces apunto cosas que probar y de las que hablar. La mayoría, en Xataka, y alguna que otra aquí aunque lleve unas semanas desparecido en combate la IA.
Pero contar, lo que se dice contar, podría contar muchas cosas. Como el hecho de que creo que Muse (que no he probado) e Instinct (que uso con cierta frecuencia) nos enseñan el futuro. O cómo estoy jugando sin parar con modelos locales de IA y ya no estoy seguro de querer un Mac Studio de 12 o 15.000 pavetes porque igual (probablemente) no sale a cuenta en mi caso.

O lo más inquietante: cómo me estoy idiotizando mientras esa fascinación y terror hace que no me importe nada dejar de pensar, aprender o saber hacer cosas. Soy como esos gorditos de ‘Wall-E’ de los que he hablado en alguna ocasión: no hay que pensar, no hay que moverse.
Solo hay que pedir cosas, y la IA las hace por ti.
Por ejemplo, hace unos días mi hijo rescató la Steam Deck del olvido. Jugó unas partidas a algún juego y cuando terminó me la dejó encima de la mesa. Eché un vistazo rápido y vi que tenía metido el ‘Match Day II’ de C64 y el ‘Virtua Tennis 2’ de la Dreamcast así que fui a jugar con ellos. Nada, no funcionaban. Recordé que había intentando hacerlos funcionar hacía unos meses y me rendí tras un par de intentos.
Y entonces me dije que para qué iba a estar luchando otra vez contra eso. Abrí Antigravity (que a mí para estas cosas me funciona guay, y Gemini 3.8 Flash suele cumplir), le di acceso SSH con clave pública/privada a la Steam Deck (siguiendo los pasos que me dio Gemini) y le dije a Gemini: «oye, que no me funcionan estos juegos, apáñalo». No fue exactamente así, pero fue así.
A los 10 minutos estaban los dos funcionando. Con el ‘Match Day II’ la cosa se lió un poco porque no cogía las teclas del Commodore (la tecla C= y la célebre Run/Stop), pero al final lo solucionó con un apaño que no era óptimo al reasignar alguno de los gatillos (ya no recuerdo bien) pero el caso es que funcionó. Maravilloso jugar al Match Day II en esa pantalla, qué gran y horripilante y maravilloso juego, de verdad.
Y con eso como con todo, queridos lectores. Si se trata de programar o solucionar algo, todo parece posible. Lo inalcanzable deja de serlo, y lo único que uno necesita, como decía Ben Thompson en su estupendo post de hace unas semanas, es volición. Si no conocíais esa palabra —yo jamás la había leído u oído—, no os preocupéis, que el DRAE lo aclara. La volición es el acto de la voluntad. A Thompson le quedó un poco pedantillo el concepto, pero no pasa porque hay una forma bastante sencilla de explicar lo que él quería decir con ese término:
El que quiere, puede.
No recuerdo nada que se me haya resistido recientemente. Ayer vi un tuit de Monos Estocásticos en el que comentaba cómo un tipo había «vibecodeado» su tele con Android TV para librarse de la publicidad y las recomendaciones no-tan-arbitrarias del sistema. Quise probar porque era un proceso que podías deshacer si no te convencía, y en 15 minutos tenía mi propio fork del repositorio original con una versión en la que tenía iconos más pequeños para que cupiesen todos en una pila, que no mostrase nombres tan grandes encima del icono y sobre todo que mostrase como fondo una foto aleatoria entre las que tengo marcadas como favoritas en mi Immich.

Pin, pan, pun, hecho. Pide por esa boquita, parecía estar diciéndome la IA (en este caso Opus 5.5, este mes he pagado la suscripción para ver cómo se portaba —vaya si se porta—). El resultado, probablemente imperfecto, me parece maravilloso y funcional, y por mi hilo de Twitter acabé viendo cómo mogollón de gente parecía estar haciendo exactamente lo mismo con sus teles y sus chromecasts y sus Fire TVs, que parece que también se pueden «desinflarse» (debloat) de apps nativas innecesarias y sobre todo de publi o elementos que sobran.
Son solo dos pequeños ejemplos de eso que os digo, porque a todas horas y por todos lados ves cosas alucinantes que la gente está haciendo con esto. Para mí una de las más alucinantes de estas últimas semanas es sin duda el proyecto Craft, del que seguramente hayáis leído algo. Sus creadores han quemado tokens como si no hubiera mañana para algo muy sencillo:
Que todos tengamos clones de la suite creativa de Adobe.
PhotoCraft es PhotoShop, FilmCraft es Premiere, LightCraft es Lightroom y PdfCraft es Adobe Reader, pero es que hay unas cuantas más. Están en pleno desarrollo así que si las descargáis, instaláis y usáis probablemente encontréis fallos. Y probablemente si las usáis una semana después esos fallos hayan desaparecido, porque al ritmo al que mejoran es brutal.

Me pasó con PhotoCraft. Yo probé una de las primeras versiones, y lo que probé fue algo que hago a menudo: recortar imágenes con un rectángulo de dimensiones fijas. Resulta que la opción no pirulaban así que me dije, bah, menudo rollo. Un par de semanas después volví a leer sobre el proyecto, le di otra oportunidad y bam, lo que no funcionaba funciona.
El proyecto está creciendo a lo bestia y ahora ya han hecho también un plagio de Word (WordCraft), Excel (GridCraft) o AutoCAD (CadCraft), aunque esas no las he probado Lo que tengo claro es que la IA a estas alturas ha destruido el software comercial y el SaaS tal y como lo conocíamos: si alguien tiene volición —seamos pedantes, amigos—, puede clonar virtualmente cualquier aplicación o plataforma del mundo. Cualquiera. Lo digo en serio.
Pero la gente no se da cuenta.
Y yo, mientras tanto, sigo anonadado, fascinado y aterrorizado.
Cada día más.
Seguimos.

