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La peor – punto – generación – punto – de la historia – punto

Dos historias.

La primera es real. Conozco a alguien de mi generación que con 10 o 12 años llegó a casa con las gafas rotas porque el profesor le había metido una buena galleta. Imaginaos lo que habría hecho (no recuerdo qué fue), pero alguna gorda habría montado. Llegó a casa y su padre, al verle, le preguntó que qué había pasado. «El profesor me ha dado una galleta [y no una María Fontaneda, Nota del editor]», le dijo. Acto seguido, su padre, sin mediar palabra, le dio una segunda galleta (tampoco María Fontaneda), no sé si más fuerte físicamente pero mucho más dolorosa moralmente, para luego decirle «Estoy seguro de que te la merecías».

Aquí habrá quien salte diciendo lo de que no hay que pegar a los niños, o «caray, el padre podía haber intentado averiguar cuál era la razón y no ser tan bestia, podía haberse puesto en contacto con el profesor primero», pero creedme, esa persona no tiene absolutamente ningún trauma con el tema: tiene claro que se merecía las dos yoyas, y yo estoy seguro, aunque parezca una burrada, de que le ayudaron a que forjase su carácter porque una yoya a tiempo, al menos bajo mi experiencia, forja el carácter. «Pero JaviPas, serás burro, hay que ver, no esperaba esto de ti».

Pues lo he dicho. Soy del club de los amigos de las Yoyas a Tiempo.

La segunda no es real. Los que hayáis visto ‘The Newsroom’ seguramente recordéis esta maravillosa primera escena en el primer episocio de la primera temporada de esa serie. Los que no, no puedo dejar de recomendaros que veáis estos cuatro minutos y que luego veáis la serie. Es fantástica. Ahora voy a lo que voy.

Aquí el discurso es ficción, pero esa frase en la que el prota le dice a la (¿pobre?) chica es espectacular:

«Eres en cualquier caso sin duda miembro de la peor-punto-generación-punto-de la historia-punto».

Y yo me pregunto si la de mis chicos es la peor – punto – generación – punto – de la historia – punto. No por ellos, que suben muchísimo la media, sino por lo que veo alrededor.

Todo esto viene a cuento, cómo no, de lo mucho que se está hablando de cómo España ha caído de forma desastrosa en el informe Pisa que trata de medir un poco el nivel de los alumnos de 15 años en todo el mundo. Los chavales españoles caen a plomo en ciencias, en mates, pero sobre todo en lectura. Muchos incapaces de leer un párrafo de cuatro líneas, parece, y si lo logran probablemente no se enteren de lo que han leído. El informe es demoledor y tristísimo, y aunque todos están sacando todo tipo de conclusiones, interesadas o no, yo he querido hacer dos cosas: este post, y también una web interactiva con IA que hiciese más visual los datos relativos a España. Lo tenéis aquí, por si queréis verlo.

Sigo con el post. Estoy generalizando y exagerando, pero creo que no demasiado. Hay un problema claro llamado atención, algo que no solo afecta a los chavales, sino a la humanidad entera, que está expuesta al mayor bombardeo de distracciones de la historia. Los móviles y las redes sociales han hecho mucho daño ahí, y estoy seguro de que si yo hubiera tenido todo lo que tienen ahora mis chicos también andaría algo despistado.

Pero luego está la otra parte. La del sistema educativo, que observo con preocupación y con la perspectiva de alguien que no es educador y es padre, sin más. Cualquiera de mi generación dirá probablemente lo mismo: a nosotros nos metían mucha más caña y hemos sobrevivido. Y a la generación de nuestros padres, aún más. Tenemos más medios que nunca para que los chavales lo tengan fácil y estén mejor preparados que nunca, y estamos logrando justo lo contrario: que sean unos flojos y que no quieran esforzarse por nada porque ya les dan todo hecho.

Vivo esa realidad de cerca: hay chavales que casi deberían estar casi en prisión o a saber dónde, pero que están pasando de curso sin saber hacer la o con un canuto, y cero herramientas para que los profesores puedan imponer algo de autoridad. No estoy diciendo que tengan que volver los capones o collejas que nos daban los curas, pero insisto: a mí me las dieron a tiempo (y eso que yo era bastante bueno y monguer) y no tengo ningún trauma por ello. Había respeto a los mayores y a la autoridad, y los profesores tenían cierta autoridad. Algunos más y otros menos, claro, pero tú sabías que si empezabas a hacer el moñas era probable que repitieses y a nadie le apetecía repetir. Ahora da igual que a los chavales les den avisos y les manden al director, porque al menos en lo que yo conozco, esos avisos y visitas no sirven absolutamente de nada.

Están por supuesto las dos posturas. La crítica, con la que más me identifico, nos habla de pérdida de incentivos, de cómo al final arrastras a los buenos por no hacerles la puñeta enseñarles cómo es la vida a los malos, o de cómo el plan de estudios y la exigencia es baja.

La buenrollista, por llamarla de algún modo, es la que habla de cómo la inclusión funciona o de cómo eso de repetir curso no funciona (duplica costes, no mejora el aprendizaje a largo plazo y suele ser anticipo de abandono escolar).

Luego está el debate sobre el modelo competencial, y aquí estoy de acuerdo: Memorizar y vomitar exámenes no sirve para resolver problemas reales, y me encantaría que mi educación hubiera sido más práctica y más de enseñar a pensar. Eso ahora es más importante que nunca, porque memorizar ya no tiene apenas sentido en un mundo en el que tenemos un rectángulo en el bolsillo que se conecta a la mayor base de conocimiento del mundo —internet— para darnos datos que no recordábamos. Lo importante es qué significan esos datos, y saber pensar sobre ellos y sacar conclusiones es (creo) lo que marca la diferencia. Así que las dinámicas de proyectos que ahora se llevan tanto me parecen más interesantes que la memorización de los reyes visigodos y los ríos y afluentes de España. De acuerdo en que memorizar por memorizar no basta, pero sin una base sólida en la cabeza tampoco se puede aprender a pensar, que conste.

Dicho lo cual, no parece que el modelo de «enseñar a pensar» y el de «saber hacer cosas» más que «saberlas» esté saliendo bien. No soy educador —mis respetos y admiración a todos los que lo seáis, menuda papeleta os ha tocado— y aquí estoy seguro de que me faltan muchas aristas por tocar, pero diría que más que un problema de programa de estudios o modelo de aprendizaje hay un problema de actitud y de educación y respeto básicos. Los padres aquí tenemos una reflexión que hacer —eso nos pasa por tener niños emperadores, aunque no sea mi caso— porque que un chaval le vacile a un profesor en medio de la clase, se ría de él, coja el vapeador o el móvil y lo use sin problemas mientras el pobre profesor intenta hacer su trabajo no es de recibo.

Esto probablemente sea un discurso repetido a lo largo de todas las generaciones y probablemente nuestros chavales salgan vivos de esta porque nosotros también salimos vivos y nuestros padres ya no te cuento. Seguro que mis padres decían que éramos la peor – punto – generación – punto – de la historia – punto, pero yo creo que aunque hay un poco de todo no lo hemos hecho tan mal. Tenemos hasta IAs que nos hacen webs interactivas, caray.

Y con todo y con eso, qué chungo parece que lo tienen los chavales. No sé si es la peor generación de la historia, pero sí que probablemente es la peor preparada de la historia (reciente). Y con la que se nos viene encima con la IA, eso da miedito porque lo que más necesitan, pensar y poder concentrarse en algo más de lo que dura un scroll de TikTok, se les escapa de las manos y la sociedad no les da incentivos para que espabilen.

Mal asunto.

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3 comentarios en “La peor – punto – generación – punto – de la historia – punto