Incognitosis

Sidrina, cabrales, y nuevos recuerdos

Si te arrancan al niño
Que llevamos por dentro
Si te quitan la teta
Y te cambian de cuento

Suena el ‘Llegaremos a tiempo‘ de Rosana y se me eriza la piel y me pongo tristón y me emociono y me pongo a escribir, como tantos otros hicieron antes y tantos otros harán después, con un mensaje de fondo que da igual que esté trillado. La vida es corta, así que más te vale aprovecharla. Ya sabéis: carpe diem. La lluvia nunca vuelve hacia arriba, memento mori, tempus fugit, o el moderno YOLO (You Only Live Once). Yo tengo otra forma más de decirlo, menos poética: hay que generar nuevos recuerdos.

Y aquí va una pequeña historia introductoria.

Hará casi quince años me reuní con dos viejos amigos para tomar algo. Hacía tiempo que no nos veíamos y habíamos compartido muchas noches de fiesta juntos. Luego pasó la vida: cada uno encontró pareja, se casó y tuvo niños, y las noches de fiesta entre los tres quedaron como un recuerdo simpático.

Pero aquel día, les dije, igual podíamos salir un poco de farra en honor a los viejos tiempos. La cosa empezó bien, picoteamos algo y nos tomamos una o dos cervezas. Durante un rato recordamos aquellas noches y reímos, pero entonces pasó algo curioso. Yo no quería seguir recordando el pasado: quería generar nuevos recuerdos e ir a algún otro garito a bailar o conocer gente o hacer el chorra. Ellos no tenían ninguna intención de hacer algo así: querían seguir recordando.

Tengo grabado ese momento en mi memoria de forma muy clara, porque por entonces yo tendría treinta y muchos, como ellos, y aunque disfrutaba de las batallitas como cualquiera, quería tener nuevas batallitas que contar. A mis 53 palos sigo queriendo tenerlas, y ruego al cielo por poder seguir pensando así muchos años más.

Pensaba en esto casi inevitablemente porque este mes de julio ha sido absolutamente inolvidable por eso: no hemos parado de generar nuevos recuerdos.

Lo hemos hecho en ese lugar donde fuimos felices y al que volvemos un año tras otro muy a pesar de Sabina. No han sido todo vacaciones porque hemos trabajado bastantes días, pero daba igual hacerlo porque cuando acababa la tarea empezaba el milagro: la fábrica de generar nuevos recuerdos no paraba.

Todo empezó con dos Mahou y unos cacahuetes —los acabamos llamando percebes— mientras avisábamos a Leti y a Ana que nos iban a ver mucho por allí. Nos vieron, ciertamente. Un montón. Luego llegarían las cookies, y los partidos de España que empezamos a ver apretujados dentro o con atardeceres de postal fuera. Y las sardinas —benditas sardinas—, y una pareja madurita pero la mar de simpática y los pasodobles y bachatas con Jaime, que nos dijo que lo hacíamos muy bien a pesar de hacerlo muy mal.

Y luego las sidrinas en el poyete de la terraza de Rodri y las charlas con veraneantes que lo serán siempre aunque lleven 40 años viniendo a este lugar. Empezamos a hablar con unos y otros porque hablar con gente mayorcita y alegre es maravilloso y aprendes un montón, que para eso han vivido lo suyo, y acabo charlando de mus con Rafa, caballero español, acicalado y cuco donde los haya con sus tirantes y su camisa mientras me habla también con reverencia de su mujer, con la que el año que viene hace bodas de oro y a la que él llama amorosamente «mi teniente coronel». Y yo le digo hablando de mus que mi padre era un maestro pero yo soy solo mediocre, y él me dice que me espera a las 17.30 para jugar. Y jugamos y ganamos a los que se nos ponen por delante (no por mí), y me lo paso pipa viendo como Rafa, tahúr elegante y genial, destroza la moral de sus víctimas sin parar de hablarles —»¿te quieres callar?», le dice el mítico don Ramón— mientras ríe y se toma su cubata. Y pienso que a mi padre le hubiera pirrado jugar con él y contra él. Y sonrío mientras él me mira para ver si le paso seña y yo pienso que no necesita malditas las señas para ganar a quien sea a este juego.

Y luego llega el largamente esperado reencuentro con esos chicos de Gijón con los que fuimos tan felices hace un año y con los que hemos vuelto a serlo meses después. Y con Jaime, que volvía a las andadas, dedicándonos una canción, y más bailes y risas y saltos y gritos y luces y banderitas rodeándonos junto al mar.

Y ratos estupendos con nuestra Pepa en un lugar mágico, y alguna que otra Mahou con percebes más, y más sidra y más sardinas bajo la lluvia porque resulta que la sidra y las sardinas pueden estar más ricas bajo la lluvia. Y más reencuentros igual de esperados con esos chicos de Madrid y Barcelona que ya son parte de nuestro paisaje y nuestra memoria personal y con los que generamos más y más recuerdos. Como esos partidos de la selección en casa de Nacho y Karen mientras Carlos gritaba, desaparecía y volvía a gritar y daba besos a una Mirna que creo que contará a sus nietos que un loco la besó (en las mejillas) porque España marcó un gol.

Y luego un sábado absolutamente mágico que nunca olvidaré en el que nuestro plan era comer sardinas y beber sidra hasta reventar, pero que fue distinto y brutal y que nos reunió con gente maravillosa en una escalera mientras bebíamos más Mahous —probablemente demasiadas— y reíamos y hablábamos y Allande presumía de camisa pintona y Vero nos decía «hola qué tal» y Rafa flirteaba y Battaglio se atusaba su barba cana y Mónica —¿o era Antonia? ¿o Arantxa?— nos hacía reír mientras pasaba una procesión que de religiosa tenía poco porque empezaba y terminaba con Vespas de todos los colores y épocas. Qué sábado puto inolvidable, por Dios.

Y nuestra playa, que nos cambiaron un poco este año pero que sigue teniendo el agua igual de (maravillosamente) fría porque aquí el cambio climático (afortunadamente) no llega, y siendo igual de maravillosa con esos personajitos que se convertían en parte del día mientras leíamos o hacíamos crucigramas o jugábamos a las palas, algo que como profesional del pádel no debería hacer. El sábado había sido mucho sábado, así que fuimos a saludar a Leti y Ana solo para avisarlas: ayer ya nos tomamos lo de hoy y lo de mañana, queridas. Y Wimbledon, esta vez sin Carlitos —pero qué buena final con Sasha y el casi intocable Jannick, pardiez— y otro atardecer, esta vez bajo la lluvia, que resulta que puede ser igual de bueno o mejor que uno sin lluvia, como las sardinas y la sidra. Quién lo hubiera dicho.

Y los bollos preñaos y la sidra a chorro y un concierto de gaitas con el ‘Asturias patria querida’ como colofón que me eriza la piel y me emociona y me pone casi tan melancólico como la canción de Rosana.

Y mi pitufo cumpliendo 14 rodeado de toda su panda en las escaleras del puerto sin darse cuenta de que su padre le envidia como ya les envidiaba a él y a su hermana el año pasado cuando veía con ojos llorosos de Heidi cómo sus niños pasaban un verano azul. Los ojos llorosos de Heidi siguen ahí, porque nuestros niños aquí no viven en una casita, sino en una maravillosa pensión a la que van a comer, cenar y dormir porque se pasan el día haciendo todo lo que cualquier chaval debería hacer en verano: reír y jugar a las palas a dobles en plan Wimbledon y bucear en el puerto y jugar a las cartas y pescar y estar tres o cuatro horas en el agua porque resulta que a los 14 la hipotermia es una falacia, y tomar el sol bromeando y leyendo romantasy y ver películas de terror —»obsession!«, toca susurrar aquí en voz bajita— o la última de Spidey con aplausos al final de la peli en el cine, como antaño, y surfear y jugar al billar (o intentarlo) y hacer excursiones a sitios espectaculares con vistas que no caben en un móvil pero sí en el corazón y la memoria, y comer hamburguesas y pizzas y muchas, muchas, muchas chuches y helados y básicamente ser tan felices sin darse cuenta que uno los observa desde fuera pensando «qué cabritos con suerte, van a recordar estos veranos toda su bendita vida» y los recordarán dentro de 40 años, ojalá reencontrándose con estos amigos para un rato después —si me leéis entonces, no olvidéis esto, mis pitufos— generar nuevos recuerdos.

Y nosotros —porque esto sigue— dándole a los pimientos y al cabrales y a la sidra (mi mujercita más a lo primero, yo mucho más a lo segundo, los dos igual a lo tercero), y asistiendo a conciertos de bandas de las que jamás habíamos oído hablar con cantantes que posturita de canto rara o no, se atreven hasta con el ‘Bohemian Rhapsody’ de Queen y nos dejan a todos diciendo WTF. Y más fiestas porque aquí el Carmen es una cosa muy seria y toca camisita y canesú y pañuelito. Y hay más sidras con los sabios Guillermo y Fernando y Guiller que es tan friqui como yo o más y Ana que nos dice que dejemos de hablar de frikadas y sus niños, Pepe que es un huracán y Carlos que es luz a pesar de todo y de todos. Y como el día es largo y maravilloso luego llega otro rato mágico en el que de repente nos vemos comiendo empanada y bollos preñaos sin querer en un sitio antiguo y especial que jamás hubiéramos pensado que conoceríamos, pero en el que además nos juntamos con más gente estupenda y majísima porque todo el mundo es majísimo con una cerveza y con una sidra el nivel de majerío ya es la risa. Y más charlas e historias y bailes bajo la lluvia torrencial porque resulta que bailar bajo la lluvia es tan chulo o más que bailar sin ella, bien lo sabía Gene. Y aunque las fuerzas flaquean porque esto es mucho tute, más conciertos con bandas que son más espectáculo que otra cosa y que precisamente por eso son exactamente eso, un espectáculo.

Y más atardeceres acompañados de una Mahou y unos cacahuetes, y más baños en la playa y el puerto, y paseos y saltos del tigre, y más conciertos y bailes y risas y saltos y gritos y fuegos artificiales que salen fatal en los vídeos y fotos del móvil pero genial (de nuevo) en la memoria. Y esa final del Mundial de nuevo en casa de Nacho y Karen que son todo corazón, y el resto de la panda y nervios y fútbol magistral por un lado y otra cosa muy distinta por el otro y al final, justicia futbolera y éxtasis y abrazos y besos de niños y mayores porque estas cosas se ven pocas veces en la vida y de repente me doy cuenta de que este es otro nuevo recuerdo que hemos generado y que ya llevamos quizá 1.000 y cada cual es mejor que el anterior y es alucinante.

Y más excursiones en el Tesla que parece que flota por la carretera y que tumba el mito de «uy el eléctrico de vacaciones es que qué movida ¿no?», y sitios en los que compartes con miles de personas cómo el cielo explota. Y más comilonas porque una de las condiciones sine qua non de las vacaciones es que tienes que volver redondito o no volver. Y cuando ya crees que el ritmo afloja aún da tiempo para algún que otro concierto sorpresa en el que vuelves a juntarte con esa persona que el año pasado te decía después de tres años viéndote eso de «Me vais a perdonar pero no sé cómo coño os llamáis» y este año no lo dice pero me da a mí que sigue sin saberlo y da exactamente igual. Y más cenitas con amigos y más Mahous con percebes cacahuetes, y playas imposibles y atardeceres que quitan el hipo y que quedan grabados en la retina para siempre jamás. Y algún que otro cachopo que no está mal aunque siempre diré que el cachopo está overrated total.

Y una despedida con dos partes. Y aquí invierto el orden: la nocturna, que fue la del final, con fiestón y cánticos y bailes y saltos y gritos y risas y amigos y otros tropecientos nuevos recuerdos generados porque resulta que no había habido suficientes. Pero es que a eso de las tres fue la primera con nuestros compañeros veraneantes veteranos y sabios y maravillosos del poyete de la terraza. Y ahí hubo charlas y foto de grupo maravillosa y besos y abrazos para despedir a esta parejita que se iba pronto al día siguiente, pero sobre todo hubo una frase de Magdalena, absoluto descubrimiento del mes, que nos dijo algo a los dos que no contaré aquí por puro egoísmo, porque me lo guardo para nosotros y porque es, probablemente, lo más bonito que me han dicho jamás después de conocer a alguien. Y cuando te dicen algo así solo quieres una cosa.

Volver, una vez más, al lugar donde una vez fuiste feliz.

Por supuesto, para generar más recuerdos. Todos los que puedas.

Solo pueden contigo
Si te acabas rindiendo
Si disparan por fuera
Y te matan por dentro

Llegarás cuando vayas
Más allá del intento
Llegaremos a tiempo
Llegaremos a tiempo.

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1 comentario en “Sidrina, cabrales, y nuevos recuerdos