Publica hoy Isabel Coixet una columna triste y cierta y terrible y brutal. Una que habla de la que es una de las mayores epidemias de la historia: la epidemia del postureo.
La epidemia de mostrar algo aunque no tengas nada que mostrar. O peor aún: que sí tengas algo que mostrar, pero que sea patético o tóxico o terrible para ti. Que te deje en mal lugar, que te humille, que te quite la dignidad, te haga quedar como un ignorante, o un loco, o una mala persona. Que puede que sea una careta, pero cada vez hay más postureo sin caretas. Así soy, mundo. Mira y flipa.
Y dame un like.
Y así estamos. Con muchísima gente vendiendo su alma al diablo a Instagram (y demás) por la adicción a los likes. Al casito. Antes el postureo tenía cierto tufo a exclusivo, a inalcanzable, a mira qué bien estoy yo mientras tú estás ahí en la mierda, pobre seguidor mío de Insta. La gente presumía de que llevaba una vida perfecta y de que todo eran sonrisas profidén. Mira que chuletón me estoy comiendo, mira qué viajazo me estoy pegando, mira qué vestido me he comprado y lo ideal que me queda. Envídiame, desgraciado. Y sobre todo envídiame, desgraciada, porque hay mucha víbora influencer por ahí.
En cierto modo eso era hasta inofensivo. Es exactamente lo mismo que han hecho durante décadas los famosos legacy, ya sabéis, los de antes, los que llenaban portadas y páginas del Hola o el Semana —postureo prestigioso, casi regio—. La Preysler, Julito, la Jurado y su clan, nuestro emérito & Sons —para cuando ‘The Crown: Spain Edition‘, por Dios—, la Pantoja, en fin, ya sabéis. Leyendas. Influencers que no se dieron cuenta de que tenían el monopolio de la influencia y no le sacaron demasiado jugo. Primero, como digo, llenando revistas. Luego, con el tiempo, llenando otra cosa: los platós de del Sálvame —prestigio ya poco, caída en barrena, Mav— en una espiral al esperpento absoluto. Aquello demostraba una vez más que si no existiera España habría que inventarla porque ese zoo de famosos de tres al cuarto parecía imposible de superar.
Pero hete aquí que lo hemos logrado. Nos lo han permitido Instagram y alguna otra red social más. Coixet lo decía de forma magistral:
Porque hemos llegado a un punto en que la ignorancia ya no se disimula. Se exhibe. Se monetiza. Se sube a Instagram con filtro sunrise y 10.000 corazones en cuatro minutos.
Y si no es con filtro sunrise y 10.000 corazones, no pasa nada, porque insisto, la moda ahora es exhibirlo y monetizarlo todo. No ya los momentos para que te envidien, sino todos los demás. Ahora la gente hace postureo de sus miserias o de su estupidez o de su falta de sentido común. Como ha pasado con el actor Thimothée Chalamet, que como no es lo suficientemente famoso quiso marcarse un momento memorable con eso de que la ópera o el ballet no interesan a nadie. A él no le interesarán, desde luego. A mí, lo reconozco, el ballet nada. La ópera sí, que conste. No soy un gran oyente, pero me pongo mis cositas porque entre otras cosas ‘Amadeus’ está en mi top de pelis de siempre y me sé la banda sonora de pé a pá. Lo que no hago es decir esa burrada, quizás porque ya tengo una edad o porque no estoy delante de 100 millones de espectadores y quiero parecer súper chisposo.
Pero me estoy desviando. Aquí Chalamet soltó la burrada y se quedó tan pancho. De hecho se dio cuenta de que igual se había un metido en un jardín, pero hasta eso lo convirtió en un clip DameUnLike. Hubo una pequeña retractación, pero ya daba igual. Me ha quedado gracioso ser un ignorante. O al menos, parecer que lo soy, porque probablemente no lo es.
Y de eso se trata, de exhibirlo todo. No ya tu dinero, tu belleza o tu posición social. No. Tus miserias, tus complejos, tus flaquezas, tus defectos. Incluso, y esto es lo más alucinante, tus tragedias. Porque hay gente que las exhibe de forma durísima y legítima, pero hay también gente que las exhibe por que quiere hacer postureo de eso. Porque busca el like de su dolor, que probablemente (espero) en este caso sea impostado.
A mí todo ese mundo me espanta, me da grima, terror, lástima. Intento ignorarlo, pero no siempre escapo porque hasta yo me veo atrapado por el asombro y me quedo pegado a la pantalla viendo nuevos grandes éxitos de la vergüenza humana. Hasta dónde puede llegar la gente por un like. Hasta dónde.
Y me diréis que no hacen daño a nadie. Y ahí tenéis razón, en la mayor parte de los casos no lo hacen. También lo dice Isabel Coixet y coincido con su «Que conste que no tengo nada contra ganarse la vida como se pueda. Faltaría más». Esta gente vende entretenimiento. Barato, simplón, efectista. Carne de doomscrolling. Y como eso funciona y algunos ganan unas perrillas (y unos pocos elegidos, muchas perrillas), pues se lanzan al vacío.
Esta es mi vida. O la del personaje que me he creado. Da igual. Tú mírame, con mis luces y mis sombras. Con mis virtudes y mis defectos. Con mi vida ideal o mi vida de mierda. Mírame sin parar,
Y dame un like, por Dios.
Dame un like.

Lo siento, pero por cosas como esas, abandoné las redes.
Supuestamente, las redes se crearon para conectar gente afín, no para exhibir las miserias humanas, y ser manipulados.
El problema viene cuando mis alumnos toman como referentes a esa gentuza y los tienen como modelo aspiracional…