Yo no buscaba cambiar de tele en el salón. Lo prometo. Pero el pasado viernes, como quien no quiere la cosa, apareció en algún mensaje de mi Telegram un aviso: en MediaMarkt tenían una promoción especial que permitía que los clientes convencionales (bastaba crear cuenta gratuita) se beneficiasen de los descuentos de la promoción.
Dichos descuentos afectaban a unos cuantos productos, y yo suelo hacer caso omiso de estas cosas, pero de repente vi algo que me llamó la atención: una tele de 75 pulgadas por 430 euros.
Lo voy a repetir. 75 pulgadas. 430 euros.
Por supuesto, era una tele (muy) normalita. Una TCL 75P6K con resolución 4K, HDR 10, brillo típico de 330 nits (modestito) y lo más importante y crucial, un panel DLED (o sea, un LCD venido a más) que lógicamente no tiene nada que ver con los paneles OLED y sus variantes modernas en cuanto a contraste y color. Para los puristas, probablemente una castaña.
Para mí, correctísima.
¿Por qué? Pues porque yo ya tengo mi tele OLED pata negra quinto dan. La compré hace ya más de cinco años y lo conté en aquel ‘Harry & Sally y la tele más grande del mundo‘. Ya entonces narraba aquella ilusión de comprar una tele gigantesca porque yo tenía claro (y sigo teniendo) que en cuestión de teles, tele (vieja y) grande ande o no ande.
Pero como también contaba en aquella ocasión, la estrategia cambió. La idea era jubilar la vieja LG 47LA660S de 47 pulgadas del salón, pero no sdimos cuenta de que mejor Sally y yo cambiábamos la de nuestra habitación, aún más vieja y cutre, de 32 pulgadas. En la habitación lo de «tele grande, ande o no ande» perdía cierta validez, y ahí era más importante calidad que cantidad, así que nos dejamos (creo recordar) 1.100 euros en una Philips 55OLED804 que estamos disfrutando como enanos desde entonces.
Pero el salón seguía estando cojo. No nos preocupaba demasiado. Allí sobre todo ven la tele nuestros retoños, que soportaban estoicamente la calidad Full HD cutre-salchichera de la LG sin rechistar. Y probablemente lo hacían por algo que contaré más adelante. El caso es que ellos no tenían queja. Jamás nos habían dicho algo tipo «es que mi amigo Pepe tiene una tele de 75 pulgadas que alucinas, papá». No. De hecho, en casa la tradición de las pelis de los viernes de la que hablé hace poco la disfrutábamos muchas veces en nuestro proyector, un también viejito Sanyo Z5 720p .
Pero el proyector estaba un poco matarile por un largo cable HDMI que nos estaba haciendo la Pascua, y cambiarlo era un poco tostón. Se juntaba todo. Proyector viejito, tele LG demasiado modesta a estas alturas (y con el peor mando de la historia) y ofertón a la vista.
Todos esos pensamientos se arremolinaban involuntariamente lógicamente en mi cabeza mientras veía el chollete de la tele TCL, y claro, pasó lo que tenía que pasar. Avisé a Sally, que estaba súper ocupada terminando de finiquitar algo del trabajo, y se lo conté rápidamente. «Pues nada Harry, si tu crees que está bien, adelante», me dijo medio distraída.
Por supuesto, aproveché el momento y encargué la tele.
La recibimos ayer por la tarde, y los enanos alucinaron un poco cuando la vieron, aunque quizás no tanto como hubiéramos esperado. Si les hubiéramos dado a cada uno un iPhone 12 del año catapún seguramente hubieran alucinado mucho más, pero lo entiendo: el móvil es su vida. La tele, que era la nuestra hace 40 años, no. Eso por un lado me puso un poco triste (caray, era sobre todo para ellos) pero por el otro especialmente alegre (menos mal que no invertí cuatro veces más para un modelo tope de gama). Poco después procedíamos a la instalación.
Lo que en teoría iba a ser una operación de «quito la vieja, pongo la nueva» se convirtió en una pequeña transformación de nuestro salón. Durante años habíamos tenido no solo la tele vieja y el proyector, sino también un sistema Home Cinema 6.1 de Sony con su receptor AV, su subwoofer y los altavocitos distribuidos en distintas esquinas del salón y cableados por canaletas escondidas tras las molduras.
Pero es que ese sistema tampoco tenía ya demasiado sentido: solo lo usábamos para el proyector, y el proyector estaba destinado a desaparecer con la compra de la nueva tele. Total, que desmontamos todo, instalamos la tele, la configuré y solo quedaba lo mejor de todo: estrenarla, así que por una vez y sin que sirviera de precedente, no tuvimos viernes de pelis, sino lunes de pelis. Con pizzas, con chocolate y con toda la pesca. No acababámos de decidir con qué peli estrenar, así que terminamos revisitando una peli que nos encanta y que a mí y a Sally nos flipa particularmente: ‘About time’. Qué maravilla de peli.
La pregunta es, claro, ¿y la tele, qué, JaviPas?
Pues a ver: es gigantesca. Hoy al pasar por el salón, de día y ocupando buena parte de esa parte, me he dicho «Dios mío, qué burrada hemos hecho», pero luego he recordado que a todo el mundo le pasa siempre exactamente lo mismo: se acostumbran a ese tamaño. Lo normalizan. Así que estoy seguro de que nosotros también lo normalizaremos. Pero es enorme, descomunal.
Ya, claro, JaviPas, y de calidad, ¿qué?
Pues correctísima, la verdad. Pero claro, es que pasar de una tele de 47 pulgadas comprada en 2013 a una de 75 comprada en 2026 tenía que notarse. También se nota que no es OLED/QLED/miniLED, por supuesto: los negros son los típicos de LCDs, los colores son algo más apagados que en la Philips de la habitación, por supuesto, pero si el contenido acompaña a definición es fantástica y hasta parece mejor de lo que es. Pusimos algún vídeo de esos de demo 8K de YouTube y se veía espectacular. Con pelis 1080p la calidad pierde enteros, claro, pero con contenidos 4K se porta bastante bien. Es justo lo que esperaba por prestaciones y precio, y estoy (bastante) feliz. Y digo «(bastante)» porque el día después de comprarla apareció en oferta una Xiaomi A 75 Pro a 495 euros o algo así. Esa tele tiene panel QLED, que no creo que sea el mejor a ese precio, pero que lógicamente hubiera sido mejor que este. Durante un insante pensé en comprarla y luego cancelar o devolver la TCL, pero me dio perezón y me dije «bueno, seguro que se verá bien de todos modos». Y se ve bien, sí, pero me temo que la duda me quedará durante una temporada. Ays.
El caso es que esa compra va mucho con mi forma de ver mis compras. Como sabéis soy defensor del «invierte en aquello que usas«, y esa es la primera razón de que esté tranquilo: invertí más en la tele de la habitación porque la uso muchísimo. La tele del salón siempre ha sido casi anecdótica (incluso para mis enanos, que tiran mucho más de otras pantallas), así que no tenía mucho sentido darlo todo ahí.
Y luego está todo eso que uno sabe que pasa con estas cosas porque nuestro cerebro funciona como funciona. Por ejemplo, que nos acostumbramos rápido a todo, tanto lo bueno (75 pulgadas me parecerán «lo normal» en un tiempo) como lo malo (oye, pues el panel DLED no se ve tan mal). O que a mí esta tele siempre me va a parecer bastante maja porque no tengo una recojotele de 75″ y 2.000 euros al lado para comparar. O que claro, igual tenía que haber invertido un poco más en un modelo mejor.
¿Pero sabéis qué? Que por 430 euros me resuelve la papeleta. Al menos, de momento. Y cuando no lo haga, ya habrá tiempo y oportunidades de cambiar a una recojotele pata negra quinto dan. De momento, a disfrutar de esta. Ele.
En fin. ¿Notaríamos la diferencia si hubiéramos gastado cuatro veces más? Por supuesto. Pero no mucho salvo que tuviéramos las dos juntas, y tras unas semanas probablemente nos habríamos acostumbrado igual.
Epílogo: por supuesto tras instalar la TCL puse en Wallapop la LG a 90 euros con su cablecito y sus gafas para ver las pelis en 3D, Me parecía un precio razonable tras mirar un poco allí cómo estaba el percal. Y sorpresa: no pararon de llegar mensajes de gente interesada. La he vendido en menos de 24 horas absolutamente asombrado por el interés que tenía la gente en una tele 1080p de hace unos 15 años. Cuando esta mañana he quedado con el chico que me la ha comprado le he preguntado cómo es que le interesaba, y la respuesta ha sido clarísima: «tengo un montón de pelis en 3D, y la mía se me estropeó, así que me viene genial esta». Qué curioso: para mí las pelis 3D siempre fueron algo anecdótico en esa tele, pero oye, entiendo el detalle. Mola.

