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Perspectivas

De los 11 días que hemos pasado ingresados en la Paz me quedo con muchas cosas. Probablemente la más importante es la de la perspectiva. La de que tus problemas siempre son importantes para ti, pero puestos en perspectiva la mayoría probablemente (aunque no siempre) sean una estupidez.

Entramos un 21 de junio. Otra vez por Javi, que en esto de darnos sustos está acostumbrándonos mal. Le dolía la barriga, fiebre, vómitos, quejidos constantes durante un par de días. Al tercero, a urgencias. Primero al centro de salud que nos toca, desde ahí a Puerta de Hierro, y desde ahí -no hay cirugía pediátrica en ese hospital, curioso- a La Paz. No quedaba claro qué era, pero tras unas cuantas horas de dimes y diretes, el diagnóstico se confirmó. Apendicitis. A la 1 de la madrugada del sábado empezaba nuestra particular fiesta.

Y entonces, primera perspectiva. Porque claro, yo sé que a estas alturas la apendicitis es moco de pavo. Es como que se rompa la pantalla del móvil, la solución es fácil. Un poco trastorno, pero fácil. Y mientras operaban a Javi, primera perspectiva. A esas horas, como comprenderéis, allí no había prácticamente nadie. En la sala de espera, eso sí, había un hombre con cara desencajada. Sin querer saber mucho ni unos ni otros qué le pasaba al otro -nuestros problemas siempre son peores, ya sabéis – acabó dando él el paso.

— Y vosotros, ¿por qué estáis aquí? —preguntó tímidamente, casi con miedo.

—Apendicitis. El niño tenía dolores y ahora están operando —y entonces, inevitablemente, la pregunta—. ¿Y usted?

—Mi hija tiene escoliosis —mal asunto, pienso yo sin saber lo que viene a continuación.

—Vaya.

—Sí. La operaron ayer para corregirla definitivamente, 6 horas de operación seguidas.

—Caray. ¿Y está bien?

—Ese es el problema. Cuando ha salido no podía mover los dedos del pie izquierdo.

Y entonces te das cuenta de que la apendicitis de tu hijo es una gilipollez. O que a priori debería serlo, que luego la cosa se puede torcer, claro. Pero en principio, es una tontería. Y ya no sabes qué cara poner. Ni qué pensar. Ni cómo intentar ponerte en el pellejo de ese hombre, por que no puedes.

Y tú quejándote de una mierda de apendicitis.

—Uf. ¿Y qué ha pasado?

—La han metido otra vez en quirófano. Ha estado dos horas más, y ha salido ya. La he visto un momento, está mi mujer con ella. Parece que ha movido un poco los dedos del pie izquierdo.

—Menos mal. Seguro que se recupera —dices, pensándolo, deseándolo de verdad. Porque quieres que lo sea. Porque en otro sitio esa historia puede resbalarte más o menos, pero allí no. Allí, una vez más, podrías ser tú, y podría ser tu hija, o tu hijo.

Y esperáis allí los dos juntos. Y habláis de la suerte que tenemos de tener un hospital como ese, con gente como esa. Que pueden salir cosas mal, como podría haber pasado con su hija, pero sobre todo salen cosas bien. Te despides deseándole lo mejor y te vas con tu hijo, que se recupera de la operación sin problemas. Apendicitis no demasiado grave, no ha llegado a peritonitis, todo estupendo. Laparoscopia, 2 o 3 días de ingreso y a casa.

Qué rollo, ¿eh? Tres días en el hospital. El infierno.

Y entonces, más perspectivas. Una sorprendente, de hecho.

Estás en la habitación en la que han ingresado a tu hijo. Es compartida, y al lado, todo ese sábado, una chica de 14 o 15 años. Los padres acompañándola a lo largo del día y ella pasándolo mal. Pero mal fatal. Llorando de dolor y conteniéndose porque estábamos allí. Y empezamos a hablar con los padres. Dicen que puede ser apendicitis, pero no pueden operar todavía. Todo el personal del equipo de cirugía está a tope. Triple trasplante —a nuestro hijo le operaron justo antes — que te pone otra vez en perspectiva, por si tu mierda de problema te parece importante. Imaginad tener a un niño -porque era un niño- al que le tuvieran que hacer triple trasplante. Pero la cosa se queda un poco ahí. En realidad estábamos sufriendo por la pobre chica.

En un momento dado, por la tarde, estamos los cuatro allí. Lucía dibujando con Javi en su cuaderno de Top Model. Porque no sé si lo sabéis, pero Javi va ser diseñador de moda (y cantante). A este paso, sucesor de Lagerfeld, como poco. Allí los dos dibujando e intentando pasar el rato mientras la niña, en la otra cama, sufre sin parar. Los padres compungidos, y nosotros diciéndoles si podíamos hacer algo, si salíamos de la habitación. «No os preocupéis», nos dicen.

Nos quedamos todos allí. Y de repente, la chica y Javi empiezan a mirarse. Yo estaba mirando el móvil, leyendo algo, viendo Twitter, no sé. Mi mujer fuera, hablando por teléfono con algún familiar. Y de repente veo a Javi dibujar en silencio, mirándola de reojo. Sigo a lo mío, y al poco Javi, que estaba conectado al antibiótico por la vía, se baja de la cama —y creedme, en ese momento no estaba muy en forma— por su propio pie, y se acerca al a cama de esta chica a darle el dibujo. Un diseño para ella. Un vestido de noche.

A mí se me saltan las lágrimas. Lo escribo ahora y se me saltan, porque no puedo creer la suerte que tengo con mi niño. Con mis niños.

Y vuelve la perspectiva. La de que eso de estar allí dos o tres noches es un rollo, pero no es nada. Y nos hacemos amiguitos de la familia. El lunes afortunadamente nos dan el alta. A ella la operaron por fin al día siguiente. Peritonitis de caballo. Le sacaron medio litro de pus. No puedo ni imaginar lo mucho que le podía doler aquello el día que estuvo sufriendo, pero seguro que fue un montón. Pero ya está mejor. Pasó lo peor.

Y mientras a ella la operaban, otra familia que vino a la habitación el domingo. Y vuelves a preguntar, porque al final convives con aquello. El niño, de apenas 3 años, tiene una cardiopatía. Nosequé parte del corazón que no estaba. Tenía que estar, pero no estaba, y se lo detectaron de chiripa. Y allí estaban, con el enano recién operado, él como una flor y los padres, supongo, como dos flanes por dentro. Al final todo quedó en un susto. Más perspectivas. Y tu apendicitis de mierda, una vez más, empequeñecida.

Y el lunes, como digo, nos vamos de nuestra particular estancia en La Paz. Tras unos cuantos paseos, tras ver aquellos detalles en las paredes de la Paz con los dibujos de «Paint a Smile» -fantástica labor-, o tras las atenciones del equipo de médicos y enfermeras, siempre intachables. Nuestro problema se había acabado, o eso creíamos. «Que vaya bien», les decimos a nuestros compañeros de piso. A ellos y a la familia de esta chica, con la que al final habíamos intercambiado móviles y se habían acercado a despedirse.

Y pasan los días y Javi no acaba de recuperarse. Va dobladito, no está fino. El sábado siguiente la cosa ya tenía mala pinta. El niño está hecho un trapo. Otra vez a urgencias, otra vez nos mandan a la Paz. Nosotros pensando que igual le tenían que volver a operar, que quizás nos ingresan un par de noches otra vez. Jopes, qué rollo.

Pues si querías arroz, toma tres tazas. Nos toca una semana. El niño tiene un absceso intraabdominal. La operación provocó una infección y el antibiótico que usaron tras la operación no era de tan amplio espectro. No se cargó esa infección, y ahora estaba haciéndole la puñeta. Luego nos enteramos de que eso mismo ocurre en el 5% de los casos según los datos de La Paz, así que nos tocó la china. Y desde el sábado hasta ayer domingo estuvimos de nuevo ingresados, con un antibiótico bastante más fuerte.

En nuestro particular hotel de 4 estrellas, ojo. Habitación individual, cama para el acompañante, aire acondicionado (igual un poco fuerte) y hasta WiFi. Mi mujer y yo nos turnábamos, 24 horas cada uno. A intentar currar desde allí a ritmo hospitalario -a mí no me fue mal, hay que ver lo que da de sí el Jumper Ezbook X4, portátil de batalla simpático- y sobre todo a ser pacientes. Y allí, más perspectivas. Como las de los niños de las habitaciones de al lado, que lo estaban pasando muy mal fatal -ni preguntamos lo que tenían. Y como no podía ser de otra forma, nos volvimos a encontrar con la chica y su familia, que estaban dos habitaciones más allá. «¿Pero qué hacéis aquí?», nos dijeron al vernos. Pues ya ves. Que a Javi le mola el rollo este de los pijamas sin gallumbeles. Y por supuesto, lo de estar todo el día enchufado al iPad, que yo me quejaré mucho de Apple, pero ha servido para hacer que el pitufo estuviese mucho más entretenido todos estos días.

Los pinchazos para las vías no le iban nada, ojo -aquí fue de más a menos, al final casi le daba igual, pero se le soltaron 3 veces, sus minivenas no resistían mucho- pero por lo demás el tío se portó como un torito. Hasta el miércoles, eso sí, nos vimos mucho más tiempo allí. Javi estaba hecho un trapo desde la noche. Con fiebre, sin ánimo, sin apetito. Chungo pelota. Que las infecciones se pueden complicar, está claro. Y entonces, el milagrito. Algo que tomó le hizo vomitar, y aquella vomitona debió ser como un lavado de estómago con centrifugado premium, porque lo echó todo. Lo bueno, y sobre todo, lo malo. A partir de entonces, cambio radical. De repente estaba bien, y así siguió el resto de la semana.

Nosotros respirábamos tranquilos, claro. Daba igual que la cama de acompañante fuese un poco cama trampa (girarse sin darse un buen golpe con el mueble plegable era casi imposible). Daba igual que las enfermeras entrasen a las 6 AM a medirle la temperatura abriendo la puerta con una alegría desaforada. Daba igual la falta de apetito -como operación bikini lo del hospital es infalible, queridos lectores y lectoras-, la modorrilla y la sensación de mareo casi constante. Daban igual el cansancio, el tedio y los pitiditos inesperados de la máquina dosificadora, como se llame. Daba igual todo, porque ayer por fin recuperábamos esa bendita rutina que tanto echas de menos cuando la pierdes.

Y como siempre, cuando estas metido en ella pierdes la perspectiva. La de que tus problemas quizás no sean tan importantes. La de que siempre hay gente mucho (pero mucho) peor mientras tú estás en tu miniresort burgués quejándote de que has tenido que pasar unas cuantas noches en el hospital por una apendicitis de mierda que afortunadamente se ha quedado solo en eso.

Por cierto, al volver al hospital me encontré al padre de la niña con escoliosis subiendo por las escaleras de La Paz. Ya sabéis. Esas de peldaños negros, esos que se tambalean y parece que se van a caer en cualquier momento provocando un desastre hospitalario. Pero no se caen, no. Resulta que esos peldaños llevan ahí medio siglo —La Paz se inauguró en 1964, y se prepara una reforma enorme en los próximos diez años— y han aguantado carros y carretas.

Pero a lo que iba. Me encontré al padre de la niña. Y le pregunté, por supuesto. «¿Todo bien? ¿Cómo va su hija?». «Bien, bien», me dijo. «Todo ha salido bien al final. Vuelve a mover los dedos de los pies sin problemas».

Y sonreímos, y nos despedimos, y volvemos a nuestras vidas. Con un poquito de perspectiva más, eso sí. Sobre todo yo, diría.


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33 comentarios en “Perspectivas

  1. Jose Manuel Rodriguez dice:

    Siempre he dicho que cuando te toca algo de esto, es cuando valoras de verdad los servicios y especialmente los profesionales que tenemos a nuestra disposición.
    Grandes profesionales la mayoría de las veces, saturados de trabajo y haciendo lo que se puede con lo que hay.

    Me alegro que ya todo haya pasado, saludos a la familia

    • Gracias. Sí, el cuidado y el trato ha sido intachable. Es curioso que en La Paz, un hospital de Cuéntame, te traten así y luego tenga yo al lado el hospital Quirón, nuevecito y deslumbrante (y al que la gente entra vestida casi de boda) y oigas alguna que otra pifia importante.

  2. Paco dice:

    Gracias por compartirlo, Javi. Me alegro de que haya ido bvien, a pesar del doble susto de apendicitis + infección. Hace años, cuando mi hija era pequeña, fuimos a la clínica por un dolor de oído. Nada grave. En la sala de espera, una mujer decía que su hija había dejado de caminar, que no le sostenían las piernas, que intentaba ponerse de pie y se caía al suelo. No supe cómo darle ánimos. Nada es importante cuando te das un baño de realidad. Un abrazo.

  3. Jaens dice:

    Un Abrazo, definitivamente asuntos como ese son los que nos hacen replantearnos el valor que le damos a las cosas, y como perfectamente dices, al final ayudan a poner ‘todo’ en perspectiva.

    Saludos, a ese Gran Motor Vital de Reflexiones que es ‘El Pequeño Javi’.

  4. Pableras dice:

    Me alegro de que todo haya ido bien. Decidle a miniJavi que deje de daros esos sustos, caramba!

    Hace tiempo que me di cuenta de que en esta vida, todo lo que se pueda solucionar con dinero no es un problema, sólo es un inconveniente. Lo jodido viene con esas pequeñas grandes cosas que no está en tus manos poder solucionar. Eso si que es un problema.

  5. Lambda dice:

    ¿Qué alivio, no? A los hospitales les tengo cierto acongoje, pero me alegro mucho que tú y tu familia salgan de pie (¡alehop!) de esos «sustitos». ¡Nada que no ponga la «perspectiva» en su sitio, claro! 🙂

  6. hectorvirtual dice:

    Animos y a vivir, cuando entró mi padre con apendicitis no sabiamos que nos esperaban 9 meses de hospital, 3 peritonitis, puntos que se soltaban, la bolsa de ostomía, 1 coma, y muchas horas de quirófano. Pero al final todo bien, a excepción de las adherencias producidas por el tejido cicatricial, que dan problemas de vez en cuando.
    Despues de estas situaciones, ves la vida de otra forma y das otro orden de preferencia a las cosas.
    Me alegro mucho de que fuera todo bien, y lo dicho animos y besos para tí y tu familia.

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