Tecnología

Harry y la inalcanzable tableta de chocolate

(Empecé a escribir esta pequeña historia en enero de 2017 y la he tenido inacabada en borradores desde entonces. Hoy me he acordado de ella al leer esto y he decidido completarla y publicarla).

La Navidad, esa época de obligada felicidad mundial en la que celebramos más de lo que deberíamos, se había cobrado una nueva víctima. Como ocurría una y otra vez en esas fechas, Harry se había comido a sí mismo. Eso, claro hacía peligrar su legendaria reputación en las piscinas por las que pasaba durante el verano. Las miradas de admiración de sus años mozos se habían transformado —si las había— en miradas desaprobadoras (de ellas) y cómplices (de ellos, la mayoría en su misma situación). Sally, que había sido mucho más inteligente con su dieta, le miraba con resignación una fría tarde de febrero.

—Pareces feliz, Harry —afirmó con una sonrisa engañosa su mujercita.

—¿En serio? ¿Y eso? —preguntó Harry temiendo la respuesta.

—Perdón. Quería decir que tu barriga parece feliz.

Bam. Ahí estaba el ataque definitivo.

—Oye maja, no estoy tan mal.

—Yo te voy a querer siempre, ya lo sabes —dijo Sally —, pero deberías cuidarte un poco más, que luego llega el verano y me echas la culpa a mí. “Es que nunca me pones freno“, “¿Por qué me dejaste seguir la dieta del chuletón?“…

—Es que es verdad. Mira, justo ahora me iba a meter un chuletón y una tableta de chocolate con leche.

Sally ni siquiera escuchó la palabra chuletón. No podía. Sus ojos se pusieron de color rojo Nestlé. Chillón.

—Trae esa tableta pacá.

Era la única forma de engañar a Sally, que hacía meses había iniciado su particular camino hacia el atletismo profesional. O al menos hacia el deporte cuasi-profesional, porque de repente le había dado un flus de lo más apolíneo y había comenzado a cuidarse. Un montón. Entre las caminatas mañaneras, las clases de pádel, las sesiones de gimnasia con una profesora (atleta profesional, ella sí) mata-marujas y las salidas a correr y hablar (correr solo no, por favor) con una vecina estaba que no paraba.

Harry, mientras tanto, hacía lo que podía. Había pasado la barrera de los 40 con cierta dignidad, pero sin poder tirar cohetes, desde luego. Y eso a pesar de que mantenía una actividad física decente: seguía jugando al tenis y al baloncesto con regularidad, y de cuando en cuando caía algún pádel. Y luego estaba el FIFA.

—El FIFA no es un deporte de verdad, Harry. Se supone que tienes que moverte —apuntaba siempre Sally cuando él la picaba con aquel recurso infalible.

—Muevo los dedos de la mano. Y vibro con cada gol que le clavo a los niños rusos de 15 años —afirmaba Harry con solemnidad. Todo lo que rodeaba al FIFA era solemne.

—Me rindo.

Harry, por supuesto, sabía que el FIFA no era un deporte de verdad, aunque fuera el que más le gustaba practicar con diferencia. Y entonces se le encendió la lucecita. “Espérate un momento, Harry. Tienes una fantástica Xbox One con una suscripción a Xbox Live Gold. Además tienes una Kinect de esas que Microsoft obligaba a comprar con la Xbox One. Así pues, ¿por qué no volver a probar aquello de Xbox Fitness?” El tráiler oficial, que había aparecido en 2013, era desde luego prometedor.

No parecía mala opción, pero primero quería comentar la idea con Sally, la cuasi-atleta profesional.

—He tenido una idea brillante: hacer deporte en casa con Xbox Fitness.

—¿Lo cualo?

—¿No te acuerdas? Lo usé alguna vez por trastear con Kinect cuando me compré la consola. Es como hacer gimnasia con Eva Nasarre, pero rollo 2.0. Lo puedo hacer en casa y no me cuesta un duro: ya estoy pagando Xbox Live Gold, que incluye varios programas de entrenamiento —Harry había puesto la directa. Modo vendemotos on.

—Anda, pues parece chulo Harry. Ánimo con ello. Ale, me bajo a correr.

—Sally, ahí fuera estamos a 3 grados centígrados.

—Da igual. Es empezar a correr  y a darle a la sinhueso y ni nos enteramos.

Era cierto, pero en realidad lo de no enterarse de nada tras empezar a hablar era una de esas prodigiosas virtudes de Sally que Harry jamás lograría entender. No era la primera vez que veía algo así -su propia madre había demostrado un talento sin parangón en ese ámbito- pero seguía sorprendiéndose como un infante cuando esa capacidad sobrehumana de comunicarse se manifestaba. Harry, un tipo normalmente callado y reflexivo, solo tenía un remedio cuando su autonomía en modo EstoyEscuchandoYEntendiendoTodoLoQueDices se agotaba. Acudía a su caja de la nada.

Al menos, hasta que Sally le pillaba y le daba una colleja, claro.

***

Aquella vez no hizo falta. Sally salió a correr y Harry pudo probar su teoría. Se puso las mallas su ropa de deporte, zapatillas incluidas, y se dirigió al salón de aquel piso en el miniresort burgués. Era lo suficientemente amplio para hacer el experimento, aunque tuvo que hacer espacio para preparar el invento. Tras el momento redecora tu vida, encendió la consola y cargó Xbox Fitness. Navegó por los menús y eligió uno de los programas de entrenamiento MOSSA que combinaban ejercicios convencionales con un poco de técnicas de las que supuestamente utilizan los luchadores de artes marciales mixtas o MMA. “He hecho boxeo durante 5 años. Esto va a ser pan comido“, pensó Harry.

En pantalla de repente apareció un grupo de apolíneos entrenadores profesionales, muy americanos ellos. Dos chicos mazaos y una chica atlética, todos con sonrisa profidén y una perfecta tableta de chocolate. La misma que Harry quería para sí mismo. La sonrisa no, que blanquearse los dientes costaba un pastizal. La tableta de chocolate, el six-pack, esos abdominales rollo Men’s Health que todos esos chavales de 20 años creían —ingenuos ellos— que iban a poder conservar mucho más tiempo.

Se puso en marcha. En la consola aparecía en primer plano el vídeo de los tres entrenadores alternándose para según qué ejercicio, mientras que en la parte derecha aparecía una imagen “infrarroja” de ti moviéndose con zonas calientes con las zonas que se iban potenciando en los ejercicios o la puntuación que ibas consiguiendo en cada sección. En la que aparecían mensajes informativos que podían animarte o hundirte a partes iguales, porque eso de irte comparando con la media de hombres de entre 36 y 45 y ver que estabas poco mejor o peor que ellos a menudo podía ser la peor noticia. “Maldita máquina. Yo no estoy en la media, por dios. Qué me estás contando, Kinect“, pensaba Harry en esos momentos. “Debe estar mal calibrada. Esto no me está siguiendo bien los movimientos“.

La sesión, aún así, estuvo realmente bien. Empezaba flojita, era casi como para niños, pero la intensidad iba creciendo y había momentos en los que a Harry, antiguo prodigio atlético, le costó seguir el ritmo. Sobre todo con las flexiones: sus antaño poderosos bíceps se habían convertido en Blandiblub. O Slime, que era como se llamaba ahora aquel invento maravilloso para niños. El caso es que a duras penas aguantó aquella parte del entrenamiento, en la que solo sacó una estrella de las cinco posibles. “Definitivamente está mal calibrado“, pensó convencido mientras sudaba a chorretones.

Tras la sesión de 45 minutos, 40 de ellos en actividad bastante intensa, Harry estaba hecho una sopa. Calado por el sudor se dirigió satisfecho a la ducha, de la que salió convencido de que aquello era un inventazo. Al poco llegó Sally, igual de satisfecha tras la carrera combinada con el marujeo. Harry la saludó y luego se quedó quieto de pie, mirándola.

— ¿Qué te pasa, Harry?

— ¿En serio no notas nada diferente en mí?

— Que te has duchado. Breaking news.

— No mujer no. Ya he hecho mi primera sesión con Xbox Fitness y he sudado a lo bestia. Debo haber perdido dos kilos, ¿no me ves más delgado, como más apolíneo?

— Ahora que lo dices, sí que te veo más atlético, maridete mío —Sally, avispada como pocas, se dio cuenta de que si quería que Harry siguiera debía animarle con mentiras piadosas.

— ¿A que sí? —dijo Harry sonriendo como un niño con zapatos nuevos.

— Sí. Oye, pues cuanto más me fijo más se nota Harry. Caray.

— Sally, te estás pasando. Que ya sé que quieres que siga haciéndolo, no seas lista.

— Ay Harry, cómo me conoces. Bueno, me parece fantástico que hayas empezado, seguro que te viene genial. ¿Te ha molado?

— Sí. Además me pone que tengo una puntuación por encima de la media de los hombres de 36 y 45 años que usan Xbox Fitness.

— Habría que ver al tipo de hombres que siguen el invento este.

— Sallyyyy…

— Ups, perdona. Eres un campeón Harry. Ale, ahora no desfallezcas. A batir récords. Ya sabes que tienes que ganarles a todos.

Así era. Harry venía de vivir una infancia en la que entre los valores inculcados por su padre estaba el de la competitividad. Aquello de que lo importante era participar no formaba parte de la filosofía de la familia. Había que ganar, aunque fuera a las chapas. O a Xbox Fitness, ya puestos.

— Por supuesto. Ganar o morir en el intento —dijo Harry.

— Eso. ¿Existe el dolor en este dojo, Harry? —dijo Sally, aludiendo a uno de las películas míticas de la historia del cine (para Harry).

— ¡No, sensei! —gritó Harry, poniéndose un poco burro.

— Oye Harry, que estaba bromeando. Tranquilito y a por la tableta.

— Claro, claro Sally, yo también estaba bromeando —dijo Harry. En cuanto Sally se dio la vuelta, eso sí, hizo una reverencia en honor a William Zabka, el verdadero Karate Kid.

A aquella primera sesión le siguieron otras muchas. Al principio espaciadas en el tiempo, eso sí, porque al menos durante los primeros días Harry recordó (y sufrió) lo que eran unas agujetas de campeonato. Aquello era buena señal, se dijo: sus músculos estaban despertando. Poco a poco le fue cogiendo el tranquillo a esos entrenamientos, y probó otras sesiones para ir alternando el tipo de ejercicio. Lo de Xbox Fitness, confirmó, era un inventazo. Era una forma cómoda y rápida de mantenerse en forma o al menos de intentarlo, y esa gamificación de la que hacía uso el juego con aquellos mensajes, las puntuaciones, las estrellitas y las estadísticas no hacían más que animar a Harry y a otros usuarios a ir compitiendo entre sí. La idea era estupenda.

Harry, eso sí, no logró la tableta de chocolate. Logró la otra tableta, claro, que estaba a poco más de un euro en el Supercor de al lado de casa y que disfrutaba de cuando en cuando con Sally mientras se veían alguna serie, pero lo del six-pack era una utopía teniendo en cuenta que a aquellas sesiones de entrenamiento le solían seguir estupendos homenajes culinarios.

Parte de la culpa de aquel fracaso, no obstante, lo tuvo Microsoft. Cuando Harry llevaba ya unos meses utilizando Xbox Fitness, Microsoft decidió cerrar el servicio de golpe y porrazo. En julio de 2017 el servicio dejó de estar disponible sin que Redmond ofreciera alternativas, y Harry nunca entendió del todo por qué abandonaron una idea como aquella que por fin sacaba partido del malogrado Kinect y que realmente mejoraba la vida de la gente. Harry acabaría dedicándose al tenis, al basket y al pádel.

A eso y a las tabletas de chocolate. Con leche. Las de Nestlé.


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4 comentarios en “Harry y la inalcanzable tableta de chocolate

  1. Trufeitor dice:

    Una auténtica lástima. Creo que Kinect tenía posibilidades (y eso que nunca me suscitó gran interés), pero o no se dio con la tecla o no se lo apoyó suficientemente, y no me refiero a su adquisición obligatoria, que eso rara vez conduce a nada bueno. Ahora ya está claro que el abandono por parte de Microsoft es total. La gran mancha del proyecto XBox junto con la presentación de concepto de la One, que creo que hundió sus posibilidades iniciales.

    Para este tipo de cosas o juegos de baile tenía un potencial inmenso. Supongo que si hubieran puesto recursos y talento en el proyecto hubieran salido más cosas.

    Luego están los cadáveres que Microsoft está dejando en el camino para centrar su proyecto de entretenimiento: ya no se venden instrumentos para Guitar Hero o Rock Band, que es cierto que la moda de este tipo de juegos se ha venido abajo, pero quien le guste y se le rompa le costará encontrar repuestos o cosas incomprensibles, como que no vendan canciones bajo demanda para Lips, cuyo soporte también se ha abandonado y no creo que tuviese un coste muy alto mantener las canciones y venderlas a un euro con pingües beneficios. Y seguro que alguna cosa más que se me escapa porque no me ha tocado.

    Una pena.

  2. Trufeitor dice:

    Por cierto, la historia de Harry muy entretenida, como de costumbre.
    😀
    Yo he tenido una gran suerte con eso y hace cuatro meses tuve la oportunidad de cambiar de rumbo en lo que respecta al ejercicio y le estoy dando muy duro. Espero que de aquí al verano el cambio será bien patente.

    Animo con esos michelines!
    😉