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Harry & Sally y las azoteas

— Cómo mola Conil, Harry —dijo Sally extasiada.

Ciertamente molaba. pensó Harry. Al menos desde que pasaron por debajo de la Puerta de la Villa y entraron en el maravilloso mundo de luz y color del Conil más turístico y cuco. Fuera, claro, estaba el otro Conil, el de todos los días. El de los conileños y conileñas que no viven todos los días de vacaciones. El de los coches normales, las calles normales y los comercios normales.

Pero traspasada la puerta, magia potagia. Todo era estupendo y fantástico, todo molaba. Terrazas a un lado y otro de la Plaza de España (que tenía más de calle que de plaza) y callejuelas estrechas en las que los reclamos para los sentidos y el bolsillo eran constantes.

Aquel paseo con sus pequeños estaba siendo estupendo. Mientras el pequeño Harry Jr. lo toqueteaba todo y la pequeña Lucy jugueteaba con su hermano Harry y Sally toqueteaban y juguteaban pero en plan mayorcitos.

Y de repente, un sitio curioso. “Degustación de especialidades con atún en nuestra azotea, 30 euros por persona”, rezaba un cartel muy Instagram escrito con tiza sobre una pizarra. Aún era pronto para cenar pero aquello prometía, así que Harry se acercó a preguntar y a echar un vistazo a la azotea.

El sitio estaba cuco, pero lo de la azotea era un poco engañoso. Era cierto que había azotea (de hecho, había dos a distintas alturas), pero lo que uno espera de una azotea es que se vea algo alrededor, y en esas azoteas, sobre todo en la más baja, no se veía ni un pimiento. Aún así, se dijo Harry, quizás no estaría mal probar el famoso atún rojo de almadraba salvaje del que tanto habían oído hablar ese día.

Se quedaron con la copla y siguieron su paseo. Y pasearon, y toquetearon, y juguetearon un poco más con sus pequeños. Hicieron la visita obligada a la Iglesia de Santa Catalina y subieron con los niños a la Torre de Guzmán. Harry, mientras tanto, sorprendía a su mujer con su sabiduría.

— Mujercita mía, este emblemático edificio de Conil fue edificado por un señor llamado Alonso Pérez de Guzmán, más conocido por su estación de metro en Madrid, Guzmán el Bueno —dijo con solvencia, como si tal cosa.

—Anda, qué bueno Harry. ¿Wikipedia? — respondió Sally con la misma solvencia.

— No, listilla. Lo ponía en ese cartel de ahí —señaló Harry—. Te inundo de sabiduría, y mira cómo me respondes.

—Que no maridete mío, que no. Parece mentira que además de estar estupendo y morenito seas tan sabio —dijo zalamera.

—Pues sí que estoy morenito, sí. Y mira mi six pack.

—No te pases, Harry.

—Vaaale.

Para celebrar las vistas y el paseo estupendo se volvieron a acercar a la turística Plaza de España, que se empezaba a animar de verdad con toda la gente que volvía de la playa. Se tomaron un par de turísticos mojitos y desde allí volvieron a buscar alguna terraza para que los niños, que entonaban al unísono la universal canción del “Tenemos hambre”, pudieran picotear algo.

Así fue como acabaron de nuevo en la Plaza de Santa Catalina, donde se sentaron frente a una de esas estupendas fachadas con macetas muy Instagram —pocas o ninguna vieron en esa otra Conil del día a día— para que sus canijos probaran unos típicos flamenquines que tuvieron bastante éxito. Allí se produjo el debate.

— Bueno, qué hacemos, ¿cenamos en la azotea esa? —preguntó Harry.

— Yo creo que sí, Harry. Llama a ver.

Harry llamó y tras una breve conversación, más debate.

—No hay problema, me dicen, salvo por una cosa: hay que reservar para las 21:30 o para las 23:00.

—Porras. A las 21:30 nos perdemos la puesta de sol, con lo estupendo que había sido cazarlas todas estos días, Harry.

— Sí. Y te aseguro que desde la azotea no vamos a verla.

— Bueno, pero la degustación tiene buena pinta, y yo creo que no pasa nada por perdernos una puesta de sol.

— Ea. Voy a reservar.

Dicho y hecho. Harry bromeó con la chica que le atendió: “Nos vamos a perder la puesta de sol, pero seguro que merece la pena cenar en la azotea, ¿a que sí?”, y ella respondió un “Eso espero” con una risa algo nerviosa que Harry se tomó a broma y que quizás debería haberse tomado más en serio.

Poco después llegaban al restaurante, y a pesar de haberle cogido los datos 15 minutos antes, ni rastro de complicidad. Les subieron y sentaron en la primera azotea, en la que no se veía un pijo del pueblo o el mar. Bien por la decoración de los muros con macetas y por estar al aire libre, pero poco más. Una vez allí les dejaron la carta de vinos (Ribera del Duero forever) y la carta con los platos, en la que había una nota curiosa.

Si querías pedir la degustación de atún (30 euros, platos con estupendos nombres en los que siempre se incluía la palabra ‘atún’) o la degustación normal (24 euros, platos con estupendos nombres sin la palabra ‘atún’) tenías que hacerlo ‘a mesa completa’.

—¿Los señores han decidido ya? —preguntó una camarera que debía ser bastante jefa.

—Pues verá, queríamos probar una degustación de atún y otra normal, pero no sabemos lo que es “a mesa completa”.

—Me temo que no pueden. Tienen que pedir los dos la degustación de atún o la degustación normal, pero no se pueden mezclar. Por eso lo de “a mesa completa”.

Zasca.

—Oh, ya veo. Bueno, vamos a darle una vuelta, denos un minuto, por favor.

—Claro. Que sepan que además de los platos indicados en la carta tenemos platos fuera de carta. Exquisitos todos ellos, les voy a decir la lista de carrerilla aunque no se enteren de nada y además como se los nombro fuera de carta no les voy a indicar los precios de esos platos: cuestan un pico, pero lo de preguntar el precio es muy cutre así que si cuela me los pedirán directamente y ya les clavaremos en la cuenta.

La camarera no dijo así esa última parte, pero es justo lo que oyeron Harry y Sally. Qué manía de hablar de platos fuera de carta a toda carrerilla, como si fuera posible intuir si están bien o no y sin indicar precios.

Tras marcharse la camarera, el debate.

—Estupendo. Bueno, pues dos degustaciones de atún me parece demasiado, me apetecía probar la otra degustación también, Sally.

—Y a mí, Harry. En fin, podemos probar dos o tres platos de atún y listo. De los platos fuera de carta mejor no hablamos.

— Mejor no, Sally de mi vida y mi corazón. Correctísimo. Vamos allá.

Tras un nuevo vistazo a la carta, la selección consistió en un tartar de atún rojo de almadraba salvaje (100 gr, 13,50 euros), un lingote de atún con hummus (21 euros) y lomo de atún a la mantequilla de anchoa (16 euros).

Media hora después, Harry y Sally salían del restaurante silbando. No silbando de alegría o silbando una alegre tonadilla andaluza, no. Silbando de hambre.

Bueno, pues una vez más, otro Le Cocó, maridete mío.

—Manda narices. Y que siempre nos pase lo mismo, una, y otra, y otra vez.

Así era. La decepción perseguía a Harry & Sally cada vez que intentaban unirse a la prole de amantes de la comida 2.0. Sitios Instagram con comida Instagram. Todo muy fotografiable y potencialmente viral. El problema, claro, era que para Harry & Sally el postureo gastronómico era un fraude.

Aquella cena fue otra demostración más de aquella sensación. El servicio era correcto para un sitio efectivamente tan fotogénico como la comida, aunque una vez más sobre la mesa ondearan las servilletas de papel cutre que desentonaban con el precio de los platos.

De los platos, además, solo se salvó por sabor el lingote de atún con hummus y pepitas de jengibre. Muy rico y sabroso, ciertamente, aunque los cuatro trozos de atún para dos personas sabían a poco. El bocado te salía a 5 euros, y la cosa no era para tanto. En sus otras dos elecciones la cosa fue peor. El tartar era correcto pero una vez más algo escaso, mientras que el atún con mantequilla de anchoa —tres trocitos para dos personas, un detalle incómodo que no llego a entender— era un mazacote insulso, más propio de ser servido como plato en un viaje en avión. Así de triste era el plato.

Tras tanta servilleta de papel, tanta azotea y atún de medio pelo y tanto plato fuera de carta Harry & Sally decidieron que ya era suficiente. Salieron de allí, como comentaba, silbando.

Un nuevo fracaso culinario, pensó Harry, que cada vez tenía más claro que aquello no era para él.

— Esto no es para mí, Sally.

— Ni para mí, maridete mío. Que vivan los whoppers.

— Que vivan. El sitio era medio cuco, pero es que vaya tela. Igual los que fallamos somos nosotros, fíjate, en TripAdvisor le ponen 4,5 de 5 y hay más de 1.000 opiniones.

— Sí, pero míralas: muchas hablan de que el sitio cuco, pero la comida cara y escasa.

— Pues no entiendo esas puntuaciones. Igual están infladas, como el sitio en sí.

— Bueno, ahí queda eso Harry. Por intentarlo que no quede. Algún día acertaremos.

— Correctísimo. Silbemos pues.

Y así emprendieron el viaje de vuelta a casa. Silbando.

Epílogo

La cosa cambiaría para Harry y Sally un día después. Tras pasar el día en la playa de Bolonia y Tarifa, encaminaron sus pasos a Vejer, apuesta segura para dar un paseo fantástico.

— Bueno Harry, los experimentos con gaseosa. Venga, vamos a tomarnos una cerveza mientras vemos la puesta de sol.

— Pues está difícil la cosa. No veo más que sitios cuquis y con nombres de platos que ocupan como poco dos líneas.

— Uy, mira esa terraza de ahí, no tiene mala pinta.

Efectivamente, no tenía mala pinta. The Cabin Beer Bar, rezaba el letrero. Fuera, una terraza correcta, con mesitas algo canijas —más para dos que para cuatro—. Por dentro, detalles boxísticos (hasta un punching ball antes de los baños, Harry pudo recordar su pasado de pugilista amateur) y ambiente sencillo y sin demasiada trampa ni cartón. Harry y Sally no tenían mucha habmbre y sus peques habían merendado algo, así que tras pedir las cañas, otearon la carta sin mucha confianza.

— ¿Desean algo los señores?

— Pues quizás la ración de Nachos.

— ¿La normal? ¿No la media? —preguntó el camarero —. Les advierto que la normal es bastante grande. De hecho al lado han pedido una media que ahora podrán ver cómo es.

— Bueno, no creo que sea tan grande —dijo Harry crecidito. Nachos a mí —, pero ok, vamos a cotillear la que traen ahora y decidimos.

De repente apareció otro camarero con la susodicha ración. Harry y Sally la miraron y se miraron. No hizo falta más.

— Camarero, por favor —dijo Harry al mismo camarero que les había atendido, haciendo una seña.

— Dígame.

— Pues va a ser la media ración. Madre mía —dijo Harry sonriendo. Sally también sonreía. —Gracias por el aviso.

— De nada, suele pasarnos —comentó sonriendo el camarero.

A los 10 minutos, por fin tenían la ración de Nachos en su mesa. Una ración espectacular por cantidad y calidad. La Xiaomi de las raciones de Nachos. Precio/prestaciones (9,5 euros, dobles de cerveza incluídos) increíble. No era, además, una ración de Nachos al uso: había sorpresa con una curiosa mermelada de tomate que le daba al plato un sabor especial, distinto al de las típicas raciones de Nachos grasosas.

Harry y Sally apenas hablaban. Disfrutaban derritiéndose —como el queso de los Nachos, todo muy poético— de amor por sus canijos, que jugaban felices mientras el sol se ponía. Y el sol se puso, y Harry & Sally se terminaron la ración, y apuraron las cervezas.

Y se retiraron felices a casa. Ni un silbido se oyó en todo Vejer.

Qué felicidad.


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11 comentarios en “Harry & Sally y las azoteas

  1. Land-of-Mordor dice:

    Conil se ha vuelto un sitio tan “in” que ya ni parece lo que fue. En temporada alta los lugareños de las provincias de alrededor ni pensamos poner un pie allí normalmente. Personalmente me gusta más Zahara de los Atunes y Barbate y la playa que las conecta (zona militar, cuidado con hacer camping). Si llego a saber que bajabas con la family te hubiera hecho alguna recomendación, aunque si todavía andas por el sur del sur dale una oportunidad a Medina-Sidonia y al retinto. El atún en manteca tampoco está mal como tapa si lo encuentras por ahí, pero básicamente se ha convertido en un artículo de lujo todo lo relacionado con esos bichos que pueblan las latas de la mayoría de supermercados.

  2. Pingback: Harry & Sally y los espetos | Incognitosis