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Servilletas de papel

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Teníamos que haberle hecho caso al tiempo. Ayer noche salíamos de cena con otras dos parejas de amigos y lo hacíamos a pesar de los elementos o quizás precisamente por su causa. El frío y sobre todo la lluvia hicieron que en toda nuestra urbanización hubiera un apagón de tres pares de narices, así que cuando salimos de casa sin saber qué luces habíamos dejado encendidas y cuáles no (maldición, la de la cocina quedó 6 horas dale que te pego), lo hicimos casi con la sonrisa detrás de la oreja. Qué bien que nos vamos justo ahora, somos los más avispillas, etc. Ja. 

bumpgreen1

La primera, claro, en la frente. El restaurante elegido por una de las personas del grupo -con la mejor de las intenciones, así que esto queda en secreto de sumario- era el BumpGreen, en el número 11 de la madrileña calle de Velázquez. Todo haría pensar que con la noche de mierda -metereológicamente hablando- a la que nos enfrentábamos habría poca gente que decidía salir al centro de Madrid. Pues no. Toda la maldita ciudad había decidido salir de marcha, así que 1) llegamos tarde a pesar de una conducción digna de los coches autónomos de Google y 2) tuvimos que aparcar en un parking de al lado (a precio de parking de al lado) porque no hubo tiempo de encontrar sitio en la calle. 

Una vez dentro, abrazos, besos y risas. Primer vistazo al local, y primer tortazo a la memoria. Qué bonito todo, qué in. Como ocurría en Le Cocó, aquí lo suyo era destacar por el tono absolutamente incosistente. Por un lado ladrillo visto sin más, por otro ladrillo visto barnizado, sillas y mesas cada cual de su padre y de su madre, y lámparas y decoración rollo colonial -me lo acabo de inventar, no sé si el calificativo es apropiado- que lograban el efecto deseado para todos los que estábamos allí: un despiporre para los sentidos. Un “uy, mira este detallito, es ideal“. El sitio, como poco, es original. Pero claro, cuando uno acude a 10 tiendas de decoración (o chatarrerías, que seguro que alguna cosa había en plan restaurada) y pone cosas de todas ellas aquí y allá, pasa lo que pasa. El ambiente, eso sí, era cálido y, desde luego, muy pijil. Muy fashion todo, incluido el tétrico arbolito rodeado de luces que se encontraba al otro lado de tres gigantescas lámparas de araña -o algo parecido- que no pegaban ni con cola salvo para conseguir precisamente eso, que todos pensáramos “¿y si realmente esto es lo que pega ahora?“. Todo una ferviente demostración de que estábamos en el barrio de Salamanca y de que aquí, como en otros muchos inventos de la hostelería actual, hay una mentalidad muy Apple: el diseño por encima de todo, aunque el diseño sea más que discutible. 

banyo

Aquí, por cierto, mención para el baño de caballeros -que es el que yo utilicé- y que era de todo menos cómodo. Atentos a la foto: lavarse aquí las manos era un ejercicio de malabarismo. Con ese despliegue de vegetación acceder al grifo era complicado, pero es que la vela colocada justo al lado del jabón -qué bonito todo, de verdad- hacía que uno se quemase la mano al intentar estar limpio. Literalmente te castigaban por no ser un guarro. Pero como digo, bonito a rabiar era. Fotogénico a tope.

Comenzamos a mirar la carta, que tenía un formato original y que a priori parecía hasta razonable en precios. Entrantes a precios de entre 6 y 10 euros, platos principales hasta 15 euros, y postres -aquí cuidado- entre 5 y 6 euros. La particularidad de este restaurante (además de tener servicio take-away– es que hacen cocina ecológica. Ellos dicen que es food with spirit en un despliegue marketiniano que a mí ya me auguraba lo peor y que se confirmaba con otros detalles. Por ejemplo, que (de momento) no tienen página web en la que obtener, por ejemplo, información de su carta. Esta gente ha abierto de la forma más in posible: con cuenta en Instagram para ir publicando fotos bonitas de todo lo que preparan y lo que hacen. Todo muy bonito, muy cuco, de lo más instagramero. Una perfecta fachada para una experiencia que probablemente aporta en lo visual, pero que desde luego no me aportó demasiado en lo que importaba: cenar a gusto. 

Como sucede supongo en todos estos restaurantes tan in de nuevo y viejo cuño, uno se toma a risa el hecho de que la carta esté escrita en un idioma desconocido para el ser humano. Es imposible elegir un plato basándose en lo que indican en la carta, porque es imposible saber si a uno le gustará. Es un juego de prueba y error en el que normalmente el que acaba perdiendo es el cliente, que pide algo pensando que es una cosa, para encontrarse con otra distinta. Aquí lo que mola es la creatividad de los nombres de los platitos, y de nuevo error mío no sacar fotos (aquí hay una que no sirve de mucho) porque había de todo y para todos. Si creías que conocías un plato te equivocabas, porque había que estar atento a los calificativos de cada ingrediente. Los spaghettis no eran spaghettis, eran spaghettis de calabacín, por ejemplo. Y el mascarpone del tiramisú no era mascarpone, era espuma de mascarpone. Pero uno esperaba que al fin y al cabo lo del calabacín o la espuma no influyeran tanto. Y vaya si lo hacían. Voy poniendo notas de 0 a 10 para cada cosa, siendo 0 la peor y 10 la mejor. 

La cosa empezó mal también al comprobar cómo se manejan aquí con las proporciones. Los dobles de cerveza (7/10) eran más bien cañas enriquecidas, y al menos tuvieron el detalle de ponernos una especie de tapa -por llamarla de algún modo- en forma de mini ración de cacahuetes ya pelados, quizás algo fritos, pero con un regusto raro. Como un poco pasado, no sé. No estaban mal (5/10). 

cocapizza

Aquello nos dejó un poco confusos, y como ya eran las 10:30 y teníamos más hambre que calambre empezamos compartiendo tres entrantes sin demasiada ambición. Recuerdo solo el nombre de la cocapizza, porque los otros dos eran una ensaladilla extraña tanto en nombre como en presentación y sabor y el último era un antojo que nos recomendó uno de los camareros -con un curioso deje carabanchelero que no pegaba mucho- y que otro, mucho más dispuesto a hacer recomendaciones y sugerencias -casi eligió él de hecho- no quería que cogiésemos. Se trataba de un boniato con humus, una mezcla curiosa que, atención, fue de lo mejor de la cena (6/10). El problema, como siempre, es que no teníamos que haber pedido uno, sino seis. 

La cocapizza era uno de esos inventos que uno no sabe muy bien cómo comerse y que era aún más complicado compartir también entre los que estábamos allí. Nos apañamos como pudimos con esas cocas saladas por encima de las cuales había berenjenas con alguna historieta más. El sabor no era malo aunque uno de nuevo se quedara un poco silbando (5/10). De la ensaladilla, muy bien presentada -como todo, pero de esto viven este tipo de locales- nada que decir. Y digo que nada que decir porque literalmente sabía a nada. Era como comer plasticurri muy ligerito, eso sí. Pero qué bonita era, la condenada (2/10). 

croca

Mientras la conversación discurría amigablemente y todos comenzábamos a temer los palos que nos caerían durante la cena llegaban los segundos. Un poco de todo aquí: dos tartar de salmón que estaban ricos -es difícil que algo con salmón no lo esté- en los que había quizás 50 g de salmón en forma de tropezones (7/10, lástima la cantidad), dos burger cangreburgers -no recuerdo el nombre exacto, pero sí que bromeamos porque el nombre se parecía misteriosamente a ese- y dos crocas. Os preguntaréis qué son las crocas. Yo también me lo sigo preguntando, porque lo que ponía en la carta -lo que yo leí me sonó a “entrecot de ternera gallega- y lo que nos dieron -de nuevo unos 50 gramos de carne muy normalita, dura a pesar de estar poco hecha y sin acompañamiento alguno (uy, miento, cenizas comestibles (ein?) y pimientos)- era muy distinto (5/10). Únicamente triunfaron las hamburguesas (6/10 según quienes las tomaron), pero con un margen mínimo: una de las personas que las pidieron tuvo el acierto de meter la patata como parte de la hamburguesa porque la carne de rabo de toro que habían puesto -y que no estaba mal, nos contaba- quedaba totalmente acongojada ante los panes gigantes (ver foto de cabecera) que parecían que aquello era mucho más de lo que era. El juego de aparentar funcionaba una vez más: la presentación era impecable, pero ni la cantidad, ni la calidad -luego hablaremos del precio- justificaban el recetón que llegaría al final de la cena. 

No contentos con ese despliegue de platos perfectos para la foto en Instagram nos lanzamos a los postres sin demasiada convicción. De nuevo nombres que sonaban a una cosa pero que eran otra. Qué error no tener por ningún lado fotos o información de la carta, porque de verdad que el que la creó era un artista. Los postres que pedimos, a continuación. En primer lugar, dos tiramisús que de tiramisús solo tenían el nombre y que de nuevo eran muy fotografiables (2/10). Un “tatín” de manzana con virutas de manzana que en ningún caso sabían a manzana, sino a anís, como nos advirtió el atento (en serio, lo era) camarero (2/10). Una espuma de chocolate -o algo parecido- con más mascarpone y cacahuetes por ahí triturados que no estaba mal (5/10), y otra especie de mousse de chocolate que era como una copa de estas de chocolate y nata pero en plan chupiguay (6/10). Minipunto como siempre para la presentación y desde luego para las cucharillas con las que te tomabas los postres. Lástima que de nuevo eso importe poco si lo realmente importante no cuaja. 

Ya habíamos cumplido con la parte I de la cena, y quedaban los cafés y las copas. Casi todos decidimos tirar por el gintonic -pocas cosas son ahora mismo más in-, preparado sin gracia alguna aunque eso dé igual: soy de los que piensa que hay tanta tontería en el mundo de los gintonics que casi prefiero que no se tiren 10 minutos preparando la copa en plan obra de arte. Al final los gintonics fueron probablemente lo mejor de la cena, y lo fueron por la sencilla razón de que eran precisamente eso, gintonics (8/10). Sin trampa ni cartón. 

Lamentablemente, ni siquiera pudimos disfrutar demasiado de ellos. El personal del restaurante tuvo el detalle de llevarnos la cuenta sin que la hubiéramos pedido a eso de las 12:30 de la noche cuando probablemente nos hubiéramos tomado un segundo gintonic ahora que había pasado lo peor y podíamos bromear e irnos preparando para el tortazo final. Nos estaban echando del local, literalmente, algo que nunca, nunca, nunca se debe hacer. Y lo sé de buena tinta porque como sabéis soy co-propietario de un 100 Montaditos, que por muy distinto que sea de este concepto de restaurante pijifashion, se asienta sobre el mismo principio: el de intentar tratar al cliente como a un pachá. 

dolorosa

¿Cuánto nos costó este derroche de platos de diseño, mobiliario de diseño y las famosas experiencias” Pues 35 euros por barba. No es que fuera un dineral (no es para tanto, realmente), pero cuando uno sale con ganas de tomarse un whopper por llenar el estómago la cosa canta. Eso sin contar que el rollo de cocina de diseño y lleno de frasecitas en inglés como Food with spirit o slowfood no hacen más que disfrazar el hecho de que una vez más aquí no se viene a comer, sino a experimentar. Pero los que experimentan son los chefs y el restaurante contigo, claro. 

Con todo el respeto del mundo para quienes intentan que algo así funcione -y para los que gustan de este tipo de cosas, que sé que son muchos-, jamás de los jamases volveré a comer aquí. Craso error. Y van dos. A ver si dejo de caer en la misma piedra una y otra vez. Que yo lo diga a aquí no significa mucho, porque como decía alguien del grupo, tampoco me sigue tanta gente, pero oye, mola eso de ser un poco la voz que va  a contracorriente cuando uno lee cosas como esta, preciosas y que nos encantaría creernos, pero con las que discrepo de principio a fin. ¿”Uso de ingredientes y recetas de toda la vida“? ¿”Extensa carta de postres“? Para gustos, los colores, claro.

Ah, me olvidaba de algo. Con esa presentación, ese buenrollismo y ese cuidado por los detalles hubo uno que me dejó especialmente frío. Lo decía muy al principio del post. 

¿Servilletas de papel para un menú de 35 euros? ¿En serio?

C’mon.


 

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24 comentarios en “Servilletas de papel

  1. Jorge Gosz dice:

    Para eso es bueno usar apps como yelp, TripAdvisor, foursquare, etc.
    Es compromiso, no te puedes safar, pero al menos puedes leer comentarios, seguro alguien te recomienda mejores cosas que los meseros. También puedes buscar fotos en esas apps, y por el concepto seguro en Instagram.
    Saludos

  2. Juan dice:

    Ya son varios posts en los que escribes criticando restaurantes de moda Madrileños de la lina LeCoco, etc… Lo que no entiendo es: si realmente quieres un whoper como dices, y el lugar te da igual a la vista de tu opinión sobre la decoración, ¿por qué sigues yendona estos sitios? En mi pueblo dicen que a un burro le hicieron obispo y todavia rebuznaba…

    De esta linea de sitios los habrá mejores y peores, pero precisamente los de LeCoco par cen funcionar realmente bien. Si la calidad y servicio fuesen tan malos como tu los pones, el publico que te aseguro no es nada tonto, no repetiría, y sin embargo no parece dejar de volver…

    • Efectiviwonder. Fui porque la cena surgió allí, pero este nuevo error (varios = dos) me ha convencido del tema. Este tipo de locales simplemente no son de mi palo. No pasa nada y lo he dejado claro en mis dos críticas: que a mí no me gusten o me parezcan un fraude no significa que otros muchos tengan otra opinión igual de respetable. Yo solo cuento mis impresiones, ojo.

  3. Litt (Fefo) dice:

    Anda que tu suegro iba a repetir una experiencia de este tipo con el buen comer que tenía 🙂

    Lo mejor es que el 40% se os fue en bebida… y sin poder tomar la segunda ronda que hubiera supuesto > 50%

    Abrazo

  4. ridri dice:

    En el apartado económico creo que no te puedes quejar (para un sitio de este tipo) porque viendo la nota, habeis repetido las cervezas y cada gin-tonic ya vale 8 euros. Te lo digo porque me ha tocado también sufrir alguna piji-cena en locales de “diseño” y pagar 50 euracos sin tomar ninguna copa. Y como en este caso salir con ganas de llenar el buche con un tradicional plato de huevos con chorizo y patatas fritas.

    • Cierto, pero sin contar las bebidas -que en este caso suponen una parte importante del total- yo me quedé silbing que te silbing, y sin que además la calidad de la comida fuera ni decente. Decepción absoluta.

  5. Uy ya siento que no te haya gustado. Yo tuve una bonita experiencia y todo lo que probé me gustó, pero también conozco a gente que no lo ha apreciado tanto como yo. Para gustos colores no?
    En fin, un placer conocer tu blog.
    Alejandra

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