Tecnología

Harry & Sally en StreetXo

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Esta historia está basada en hechos reales.

—¿Seguro que es aquí? —preguntó Harry extrañado.

—Pues claro, Harry. Ya sabes que domino la calle Serrano al máximo. Estoy en mi salsa. Es por esta entrada de El Corte Inglés — afirmó Sally con seguridad, dejando atrás a Harry.

Lo cierto es que no pegaba mucho que un restaurante de moda estuviera en la planta alta de un centro comercial casposillo como ECI. Y tampoco pegaba mucho que un restaurante con ese rollo urbano-hipster se situase en esa zona. Si en el miniresort burgués el ratio de winners (y sobre todo, de aspirante a winner) por metro cuadrado era alto, aquí la cota era asombrosa.

Las azoteas madrileñas desde el punto de vista de alguien que espera la cola del StreetXo. Como Harry, por ejemplo.

Harry, que provenía del humilde Wisconsin, se sentía normalmente incómodo enfrentándose a tanta pose, tanta felicidad made in Yves Saint Laurent y tanto vendemotos trajeado.

—¿Qué haces ahí atontado? —preguntó Sally, inquieta.

—Perdona Sally. Estaba maravillado una vez más ante este ambiente. Me recuerda mucho a aquella noche en Winnerlandia.

—Pues claro —dijo Sally encantada—. Pues yo estoy encantada—confirmó—. En mi salsa, ya sabes. Venga, andando que es gerundio.

—Como desees.

—No empecemos.

Allí estaban, cogiendo el ascensor hasta una séptima planta en la que aparecería por fin el soñado deseado esperado curioso StreetXo. Pero… ¿cómo era posible que Harry & Sally, la Whopper-couple, se atreviese a aparecer en un restaurante de postín como este?

La razón no fue la comida como tal, sino la compañía. Y en concreto la de sus vecinos y amigos del miniresort burgués, Audrey y Travis. Esta pareja de Seattle hablaba un español perfecto con la peculiaridad de tener un marcado acento gallego —gallego de Santiago, ademais— que nadie sabía de donde procedía. Travis, ex-jugador profesional de la NBA, cumplía años ese día, y a Audrey se le había ocurrido llevarle al sitio de moda.

Sally, que hablaba un montón con Audrey, pensó que sería divertido que fueran los cuatro, así que se lo propuso tras consultarlo con Harry, que como la propia Sally tenía sus dudas:

—Por mí genial —dijo Harry tras conocer la idea sorpresa—, pero es un poco plan acoplator, Sally. Igual quieren estar de arrumacos galeguiños, caray.

—Bueno, a ver qué dice Audrey. Seguro que le encanta la idea.

Efectivamente, a Audrey le encantó la idea. Tanto que ni siquiera se le ocurrió decírselo a Travis. Ni tampoco les comentó nada a Harry y Sally sobre que Travis no sabía nada. Vamos, que entre unos y otros la ignorancia, una vez más, era la madre de todas las ciencias.

Al día siguiente los parcialmente ignorantes Harry y Sally cogieron un Cabify para llegar a tiempo a la comida. Una vez dentro, Sally le mandó un WhatsApp a Audrey, que había ido algo antes para coger buen sitio en la cola. En StreetXo no se podía reservar, así que si no te presentabas a una hora decente lo llevabas crudo.

—Audrey, ya vamos para allá.

Cinco segundos después, la respuesta.

—Pues envolveos de regalo, que sois sorpresa. No se lo he dicho a Travis.

—TE MATO —contestó Sally.

Harry se llevó las manos a la cabeza.

—¿Travis no sabe nada? Esto se pone interesante —dijo con un sudor frío recorriéndole sus perfectos pectorales la espalda.

La llegada

Y efectivamente, se ponía interesante. Quince minutos después aparecían en Serrano 52 en su lujoso Cabify, del que se fueron sin sacar la cartera. Era lo bueno de servicios de este tipo: precio cerrado, pago vía tarjeta de crédito o Paypal, cero estrés ante posibles atascos o ante las ganas de recorridos turísticos de los taxistas.

En esas estaba Harry, pensando en pros y contras del servicio —Sally estaba en otra guerra— cuando como veníamos diciendo se encontraron ante la entrada de El Corte Inglés y cogieron el ascensor a esa séptima planta que, eso sí, les permitió disfrutar de una buena vista de las azoteas madrileñas mientras subían.

¿Esto es todo?

La primera impresión del local fue más bien decepcionante. Una cola de unas 40 personas aguardaba a que el personal del restaurante fuera dándoles paso, y aquello tenía pinta de ser hasta pequeño. Audrey les recibió tronchándose de risa.

—¡Qué bien! ¡Llegásteis! —anunció con ese perfecto e inconfundible acento cantarín de Wisconsin Santiago de Compostela.

—¡Yo te mato! —gritó Sally—. ¿Cómo se te ocurre no decirle nada a Travis? ¡Nos va a matar cuando nos vea!

—¡Pero qué dices! Tú no conoces a Travis, le va a encantar la sorpresa. Acaba de llegar hace un minuto, pero ha ido al baño. Poneos delante y mirad al frente, ¡a ver si se da cuenta!

Los tres reían, pero la risa de Harry y Sally era más bien nerviosa. “¡En menuda nos has metido!”, le iban diciendo sin mirar atrás. “¡Te matamos!”. Al poco aparecía Travis, que tras un instante de sorpresa y confusión se puso a dar abrazos y besos por doquier.

—¡Felicidadeeeees! —gritaron Harry y Sally al unísono.

—¡Eyy! ¡Qué sorpresa! ¡Cómo mola que hayáis venido! —dijo Travis con lágrimas en los ojos emocionado.

—¿Has visto? —contestó Harry —. ¡Oye, qué bien lo has encajado! Ya le echarás la bulla luego a Audrey, ¿a que sí?

—¡Pero qué dices! ¡Estoy encantado! Ale, vamos a disfrutar del StreetXo este, a ver qué se cuentan.

Harry y Sally respiraron tranquilos. No habría muertes ese día, finalmente. A comer, pues.

La vida a 2X

Allí estaban nuestros protagonistas, comentando la jugada alegremente mientras esperaban cola. Empezaba la experiencia StreetXo, y lo hacía con un primer aviso de por dónde podían ir los tiros. En la cola tenías que estar de pie, como en cualquier cola, pero eso sí, si te apetecía podías pedir uno de los cócteles de la carta para amenizar la espera.

El panorama nada más entrar. Que viva el rojo pasión. Imposible transmitir en palabras el ambientillo hipster con música de garito (cómo no, hipster) nocturno.

Aguantaron sin ese primer cóctel, y tras unos 15 minutos de espera adicional (a los que se sumaban los 20 de Audrey) por fin accedieron al local, al que un camarero iba dando la opción de elegir entre terraza (más tranquila) o barra, donde podrías ver a los cocineros preparar todo en vivo y en directo. Travis lo tenía claro: vamos a ver cómo cuecen y enriquecen estos masterchef.

El local era, como se intuía desde fuera, pequeño. Chillón y pequeño, de hecho. Una especie de mezcla entre garito nocturno, tienda de ropa fashion y restaurante aún más fashion, Musicote de fondo (chunda-chunda light, el CD de éxitos de Zara y Springfield también triunfa en el garito de David Muñoz), y además a un volumen que dejaba hablar pero que rayaba en lo incómodo. No hables demasiado, no pienses demasiado.

Calla, come, bebe, paga y vete. Y hazlo rápido.

Ese podría ser el balance de aquella jornada gastronómica en la que todo pasaba como en el anuncio de Micromachines. A toda velocidad, con prisas. Nada más sentarse, Travis, Audrey, Harry y Sally fueron atacados frontalamente por Katie, que debía llevar el cotarro tanto por sus pinturris post-apocalípticas —ser alguien en StreetXo debe implicar no tener un aspecto convencional— como por su actitud. Decidida y directa. Katie sabía lo que tenía que hacer en cada momento, y caló a nuestros cuatro protagonistas nada más verles.

—Hola chicos, cócteles para todos, ¿no? —dijo Katie a ritmo de musicote y a velocidad 2X. Su propia forma de hablar hacía que uno tratase de contestar igual de rápido y con la misma decisión. Misión imposible.

—Eeehhhhmmm… yo quería una cerveza fresquita antes, que vengo seco, Katie —contestó tímidamente Travis.

—Qué cerveza ni qué niño muerto. Cócteles.

—Oye Katie, a ver. Cerveza primero, y luego pónnos los cócteles que te apetezca. —A Travis se le notaban los galones gallegos. Katie llegó a pestañear. Un segundo después de contemplar sus opciones, prosiguió.

—Cerveza pues, y luego cócteles. ¿Os fiáis de mí?

—Claro Katie. Debutamos.

A Katie le salieron chiribitas en los ojos, pero no precisamente de emoción. Eran más bien chiribitas con forma de euro. “Os vais a enterar, majetes”. Escenario mil veces repetido. Clientes bajo control.

—Ah, ¿es vuestra primera vez? Estupendo, estupendo. Bueno, os traemos los cócteles, y mientras id mirando la carta.

—No sabemos muy bien qué pedir Katie, ¿qué nos recomiendas?

—Bueno, si os fiáis de mi, creo que con seis platos para compartir tendréis suficiente. Si luego queréis más podéis ir pidiendo.

La conversación, que probablemente habréis tardado 20 segundos en leer como mucho, tuvo lugar en unos dos segundos. O esa era la sensación que tenían nuestros protagonistas, que se veían inmersos en ese formato de vida a muchas revoluciones que no era demasiado habitual en el mini-resort burgués.

—Venga, nos fiamos —añadió Travis, que miró a todos en señal de aprobación. Probablemente todos pensaron lo mismo. Que David Muñoz nos coja confesaos.

Mientras llegaban los cócteles Travis y Harry se pusieron a hablar de sus cosas y Audrey y Sally de las suyas, que eran muchas más. Eso dio tiempo también a disfrutar del espectáculo, porque lo era.

Las camisas de fuerza son ya seña de identidad del vestuario de los cocineros de StreetXo. Originales son, eso seguro.

Una docena de cocineros se agolpaban en una zona de preparación que podría definirse con un oxímoron en toda regla: un caos ordenado. Comandas que iban y venían a grito pelado, actividad frenética, concentración y, sobre todo, prisas. Prisas que lo dominaban todo.

—Buenochicosqueostraigoloscóctelesporaquíoslosvoyponiendo —anunció sin respirar un camarero con una bandeja.

El despliegue de cócteles fue singular, porque mientras iba indicando los nombres —sin pausas entre las palabras, en StreetXo está mal visto que te enteres de lo que te están diciendo— iba asignando los cócteles de forma totalmente aleatoria. Que era probablemente la mejor forma de repartirlos, porque daba igual el que te tomases: todos eran igual de raros. ¿Ricos? Los dos que Harry probó, no especialmente, pero su compañeros de festín parecían satisfechos.

Quizás porque el de Harry era especial. Era un cóctel con menene. La presentación ya era curiosa: una copa de cerveza con algo que parecía una cerveza pero que no era una cerveza (el fin último de la cocina de diseño es engañar a la vista y, si puedes, al resto de sentidos) y que estaba acompañada de un palitroque. En la base, la cabeza de una quisquilla. En el palitroque, ensartada, el resto de la pobre quisquilla, que además estaba bañada en una especie de salsa barbacoa que, por supuesto, no era salsa barbacoa. Harry se quedó estupefacto mirando aquello, sin saber muy bien qué hacer. Sus compañeros de mesa barra estaban igual de estupefactos, pero sonreían porque a ellos no les había tocado ese reto en forma de puzzle gastronómico. Afortunadamente el camarero le acabó rescatando de la situación:

— Estecóctel[cuyonombrenorecuerdo]setomachupandoprimerola cabezadelaquisquilla,remojandoelcuerpoconunavueltecitaenelcóctelcomiéndoteloyluegoabeberquesondosdíasmajo.

—¿Perdón?—respondió Harry confuso.

—¿Se lo vuelvo a explicar, caballero? —dijo el camareo, aparentemente satisfecho de haber logrado no haberse hecho entender.

—No no, ya me apaño. Era para comprobar si aquí mis amigos lo habían pillado.

Dicho y hecho. Harry chupó la cabeza de la quisquilla, revolvió el cóctel con el palitroque con su cuerpo, se comió esa parte y luego le dio un trago a su cóctel. Travis, Audrey y Sally le miraban expectantes.

—Pues no sé qué deciros. A mí esto me parece una guarrada.

Lo era. Mojar una gamba en un cóctel era una soberana guarrada, o al menos eso le habían enseñado a Harry durante toda su niñez. Pero ahí estaba David Muñoz para desafiar las reglas y para demostrar que una gamba se podía se debía mojar en un cóctel, fuera cual fuera la razón para hacerlo. Que no era, amigos lectores, la de que la gamba supiese mejor o peor al hacerlo. Sabía a lo que tenía que saber. A gamba mojada. Harry, no obstante, aceptó impertérrito su destino: donde fueres, haz lo que vieres. El cóctel, dulzón y fuerte, no era el mejor acompañante para una comida, pensó Harry, pero pegaba a tope con el musicote que seguía sonando. Oye, pues a lo mejor este es el rollete, pensó. Seamos uno con StreetXo.

Comandas que van y vienen y que los camareros van comunicando a los cocineros con una técnica poco hipster: a grito pelao. Lo raro es que los otros se enteren con tanto bullicio y el musicote ahí ambientando este festín culinario y de los sentidos. Por decir algo.

Así fue cómo Audrey, Sally, Travis y Harry comenzaron a asistir al despliegue de platos: En total siete, a cual más raro y curioso, que es lo que venden aquí y en cualquier restaurante de este palo, pensó Harry. Aburrirte no te vas a aburrir: como ocurre con el arte moderno, te puede gustar o no, pero lo que es seguro es que no te va a dejar indiferente.

Y los platos no lo hacían, como tampoco la presentación, que iba variando pero que a menudo se limitaba a una cartulina plástica (los famosos “lienzos”) sobre la que aparecían esas creaciones en perfecta distribución: en todas ellas, cuatro unidades, con las cuales luego podía haber pasos opcionales: rebañar el hoisin de fresas, envolver el “saam” de panceta en la lechuga, usar cuchara, palillos o manos al tuntún, y un sinfín de reglas no escritas que los camareros recitaban —siempre sin respirar, que es de mala educación— tras anunciar el nombre del plato, que de hecho era más largo que el que ponía en la carta.

De hecho incluso hablando sin respirar como hacían los camareros los nombres de los platos eran tan largos que 1) sería imposible recordar cualquiera de ellos y 2) sería imposible saber qué esperar de cada uno. El engaño a los sentidos empezaba por el oído, seguía por la vista y luego pasaba a tacto y olfato para acabar en el gusto. Podría gustarte más o menos lo que comías, pero ya no sabrías si era por una cosa, por otra o por todas en su conjunto. Luego llegaba el engaño máximo, claro. El engaño a tu bolsillo. O no, claro, según uno sea fan o no de un tipo de cocina en la que no solo no entiendes ni sabes lo que te comes, sino que no tienes tiempo para disfrutarlo y, además, no tienes tiempo para pensar si te ha gustado o no. En StreetXo, pensó Harry, tenían una estrategia fantástica para librarse de los clientes y aprovechar cada turno de una forma ultraeficiente. Lo dicho: calla, come, bebe, paga y vete. Y hazlo rápido.

El menú, destripado sin misericordia

Nota del autor: aunque la primera idea era la de hacer la crítica del menú adoptando el típico diálogo de Harry y Sally, no me encontraba con fuerzas a estas alturas del post (y de la noche, son las 2:04 AM ahora mismo) para seguir esa línea. Aquí vuelvo al más puro estilo crítico de Le Cocó: inmisericorde e inflexible con la tontuna gastronómica que nos rodea:

1. Dumplin pekinés. Oreja confitada y hoisin de fresas. Ali-oli y pepinillo. 14 euros (Pieza extra 4,5 euros). Deben venir 3 por defecto (no lo indican en la carta) porque nos cobraron 18 euros por este plato (nos perdonaron 50 céntimos). Se coge con los dedos, se rebaña a lo bestia y se come. Sabroso, rico, curioso de comer.

 

Seguimos con el dumpling por esta nota adicional: competición por rebañar y por acabar con un lienzo artístico que cualquiera podría enmarcar y colgar en su casa. La tapa sale a 4,5 euros por barba. Hasta aceptable, diría. Sobre todo teniendo en cuenta lo del cuadro gastronómico que te puedes llevar a casa. Al fondo, uno de los originales cócteles de StreetXo. No os podría decir cuál es, pero sí que te lo servían en una bolsa de plástico con una pajita. ¿Vasos? Paqué.

 

2. Zamburiña ahumada con mantequilla echire, kimchee casero cremoso de coco y salsa XO. 12,5 euros (pieza extra 4 euros). De nuevo tres piezas por defecto deben ser, porque nos cobran 16,5 por el plato, servido en otro lienzo de estos. Esta vez nos dejan usar cuchara. De nuevo sabor fuerte, y rico, pero sobre todo, fuerte. En una cucharada te la has ventilado, claro. A ciegas sería incapaz de decir que lleva cualquiera de los ingredientes que lleva. Y lo de la zamburiña me lo creo por la concha. Caro para lo que se disfruta.

 

Aquí un primer plano de la zamburiña en todo su esplendor. Nota adicional: cada tapita te cambian platos y si es necesario también te renuevan cubiertos o pack de servilletas. Ni la cubertería ni las servilletas son destacables. Parece que en este apartado no querían despistar, y el punto diferencial son los citados lienzos donde llegan muchos de los platos. O tapitas, vamos.

 

3. Sandwich club al vapor. Ricota. Huevo frito de codorniz, sichimi-togarashi. 13 euros (pieza extra 6,5 euros). Nos cobran 26 euros, así que cada plato lleva dos. Se come (si te manejas) con palillos, que hacen que la tapina se convierta en un pequeño desafío, porque es de todo menos compacta o rígida. Es como comer un buñuelo de crema o algo parecido, pero que en lugar de dulce sabe, una vez más, fuerte. Regusto agrio, quizás por esas salsas japonesas (o lo que sean). No me gustó, y además me parece que tiene un precio absolutamente desorbitado. Dos bocados y fuera. El peor plato del menú.

 

4. Laksa singapore con carabineros a la llama de robata. Crema de coco y pasta de huevo. 22 euros (extra carabinero 9 euros). Nos cobran dos platos, así que dos carabineros por plato. El plato que más me gustó por una sola razón: es imposible que los carabineros estén malos a poco que estén bien hechos. El sabor, igual que el de los carabineros que compras en el súper. La crema se comparte entre dos, ambos tirando de su cuchara, si eres escrupuloso mal asunto. Muy, muy fuerte y sabrosa, lo que (insisto) no es necesariamente bueno. Si no fuera por el carabinero, imposible salvarla, sobre todo por ese precio. Una vez más, desorbitado, por mucha llama de robata que le apliquen, sea lo que sea la robata. Que seguro que es premium a tope, ojo. Vámonos.

 

5. Civet blanco de jabalí. Noodles fritos al wok y bacon extraahumado. Huevo frito con puntilla. 19 euros. Ese plato que veis es para cuatro personas. Se come con cuchara, y la educación y la amistad que une a Audrey, Travis, Sally y Harry hizo que todos se cedieran amablemente el derecho a poder rascar un noodle frito más que los demás. Tocas (con suerte) a dos cucharadas de las que (con suerte) te toca un trozo de jabalí (tierno, eso sí), un poco de huevo y quizás algo de bacon, además de los noodles, que yo encontré algo tostados de más. Malo no está (como todo lo demás, sabroso y fuerte, que parece ser la consigna aquí), el problema es que yo solo hubiera podido comerme cuatro como este. Escasito, escasito. Carísimo. No sé a cómo estará el jabalí, pero a ver, que esto es un trozo de bacon con un poco de huevo y unos noodles, por dios. Vete cohete.

 

6. “Saam” de panceta ibérica a la brasa. Condimento de mejillones escabechados. Shitakes encurtidos. Salsa Sriracha y tártara “XO”. 16 euros (pieza extra 5 euros). De nuevo el plato por defecto debe venir con dos piezas, porque nos cobran una extra. Soy probablemente el mayor fan de la panceta del mundo, así que esto era éxito asegurado. La panceta con el mejillón se envuelven con la hoja de lechuga (o lo que sea que es) y después de ponerles las salsas que te apetezcan (“La roja pica. MUCHO”, comentó el camarero tras una pausa dramática) te lo comes todo junto en formato crêpe. Me salió del alma decir “Me vais a perdonar, pero a mí esto me sabe aWhopper”. Lo hacía al principio, porque al final la sensación es distinta, más fuerte, agria, y de nuevo, sabrosa. Que no mejor que un Whopper, porque nada sabe mejor que un Whopper. Al menos, no en el StreetXo. La panceta ibérica debe ser cara de narices, de nuevo, tapa carísima pero al menos resultona. Segundo clasificado del día.

 

7. Croquetas “La Pedroche”… Kimchi, leche de oveja, atún y te lapsang souchoung. 19 euros. Bromas inevitables aparte sobre el nombre del plato, los que ríen los últimos son David Muñoz y sus chicos (aparte de la Pedroche, claro), por supuesto. Ricas, muy sabrosas, como todo lo demás, y por supuesto con un sabor absolutamente indefinible. Podrías confundirlas con croquetas de jamón perfectamente. Probablemente tercer clasificado. Yo solo me hubiera podido comer 15 o 20. Como casi todo lo demás, excesivamente caras, si no fuera por el té lapsang souchoung que me han dicho en el barrio que está por las nubes. Venga-ya.

Tanta pasta dejes como prisa te provoque StreetXo

Todo lo que he contado y lo que digo aquí, que conste, es una opinión súper personal. Y fuerte, como mis opiniones… y como los platos del StreetXo. Aquí es donde toca decir verdades como puños sobre otro de esos restaurantes que no entiendo y que una vez más me confirman que no estoy hecho para estos sitios. Sobre todo cuando uno ve la cuenta para cuatro personas:

Acabé aturdido por el espectáculo de esos siete platos que al final lograron saciar mi apetito, pero quedé sobre todo aturdido por una experiencia en la que me sentí un poco conejillo de Indias.  Es como si formaras parte de un experimento de David Muñoz en el que éste se ríe (o quizás no) de los clientes presentándoles platos que pecan de varios defectos. En primer lugar, de nombres absurdos que vuelven a jugar al despiste. En segundo, de combinaciones de ingredientes que parecen hasta forzadas, aunque espero que no lo sean y que el tipo haya cocinado y probado muchas cosas asquerosas hasta dar con cosas pasables. En tercero, de que al final te encuentras con platos con dos características en común: todos tienen un sabor fuerte y todos son súper sabrosos. Lo cual, insisto una vez más, no significa que estuvieran todos buenos o malos.

El problema no es ese, sino que toda la experiencia está dominada por las prisas. Unas prisas que no son buenas consejeras y que hacen que una vez más el invento parezca un pufo. Uno en el que la expectación ante la fama de un local y el postureo vuelven a traicionar el objetivo final, que no es otro que disfrutar de la comida. Yo disfruté, pero no por la comida (normalita en general, lamentable si tenemos en cuenta la relación calidad+cantidad/precio), sino por la compañía, que es como siempre lo que importa. Lo demás, incluido el menú, es totalmente secundario. Como si al final te reúnes alrededor de unas pipas y unas cervezas. Ese plan para mí es difícilmente igualable, pero entiendo que debo ser la excepción cuando la gente sigue ensalzando cosas como StreetXo. Creo que jamás repetiría una comida aquí, o al menos lo tendría muy al fondo de una lista de sitios que sin tanto efectismo te plantean una experiencia distinta en la que comes aceptablemente platos sin truco, con precios sin truco y con otra cosa vital:

Sin prisas.

Por dios, qué sensación de nos quieren echar de allí cuanto antes. La cola para entrar. El musicote de garito nocturno ‘light’ que hace algo incómodo hablar. Los camareros que hablan como robots sin respiración. Las prisas por servirte. Las prisas para que te lo comas todo rápido. Las prisas por retirarte el plato y ponerte el siguiente. Las prisas por pagar. Las prisas porque te levantes del sitio para dejar que los pobres que esperan la cola tengan su oportunidad de experimentar esto… Demasiadas prisas por todos lados. Qué estrés. Como si no tuviéramos suficiente con el ritmo de vida normal, y nos meten prisa hasta para comer mientras pagas más de 50 euros por barba que personalmente hubiera invertido de otra forma muy distinta de haberlo sabido.

Lamentable, StreetXo. Lamentable.


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  • Portátil Huawei Matebook 13: atentos a este maquinón, versión “lite” del Mateboox X. Con pantalla de 13 pulgadas 2K (1440p), un Core i5-8265U, 8 GB de RAM, 256 GB de capacidad, una GeForce MX150 y lector de huella dactilar. Lo tenéis a 745 euros en AliExpress. La batería de 41,7 Whr es algo limitada quizás, pero es que claro, es súper delgado (14,9 mm) y ligero (1,28 kg).
  • OnePlus 6T: pantalla de 6,41”, Snapdragon 845, 8 GB de RAM, 128 GB de capacidad, batería 3700 mAh, cámara dual (20+16 MP), lector huellas integrado en pantalla, “mininotch”,una maravilla por 470 euros en Banggood con el cupón 62ca20

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18 comentarios en “Harry & Sally en StreetXo

  1. Miguel Angel dice:

    He disfrutado mucho leyendo tu “experiencia”, sobre todo a partir de la descripción del menú y de tus conclusiones (la primera parte no me ha gustado tanto), y estoy completamente de acuerdo con lo que dices. Bueno, con una excepción, que yo jamás iría a un sitio como ese.

    En mi ciudad “disfrutamos” de un restaurante de postín como ese. Bueno como ese no: no creo que sea tan incómodo como parece ese, ni tenga ese ruido ambiente, ni te metan prisas, ni te hagan gastarte de forma obligatoria 50€ en cócteles que no has pedido, pero si tienen la misma tontuna en la comida pero probablemente al doble de precio.

    Y digo probablemente, por que jamás he ido ni iré. Como tu dices hay otras formas de invertir el dinero.

    En fin….

  2. Vicent dice:

    Enorme el post. Me ha encantado.
    A mi lo que más me sobra de todo esto, precio al margen, son las prisas. Nada me pone mas nervioso que la sensación de sentarme a comer y que ya me estén sacando la cuenta.

    Que fotazas, por cierto !!!!

    • Gracias Vicent 🙂 Efectivamente, lo de las prisas es muy molesto en mi opinión, aunque supongo que habrá gente que hasta lo agradezca por su ritmo de vida. Los que seguro que lo agradecen son quienes hacen caja allí. Buen sistema para rentabilizar al máximo los turnos.

  3. Daniel dice:

    No he pisado todavía StreetXo y, visto lo visto, no creo que lo pise, jajaja. Pero lo que sí es cierto es que me lo temía. Llámame clásico, pero Dabiz y demás tropa siempre me han parecido humo y ruido. En fin, ¡sablazo épico! 😉

  4. Pingback: Harry y los chicos chulis | Incognitosis

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