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Harry & Sally y los torrenillos

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(Esta historia está basada en hechos reales)

El sol brillaba, los pájaros cantaban y a Harry le sobraba su abrigo QueFlipas™. Que era muy elegante y le hacía parecer un modelo de tallas grandes de El Corte Inglés, pero no con esos calores. El cambio climático le había vuelto a jugar una mala pasada.

—Qué calores Sally. Dejo mi abrigo en el coche, que me torro.

—Lástima, Harry. Estás estupendo con él. Póntelo, anda, qué más da.

Harry captó la ironía.

—Pues que sepas que estoy estupendo con y sin él —dijo tras dejarlo en el coche—. Pero es por no ir cargando con él con este solazo. Ale. Te quedas sin verme por la pasarela.

La pasarela daba igual. El sol seguía brillando, los pájaros seguían cantando y Harry y Sally se dirigían a comer a La Cumbre para celebrar el día de Pi. Que para eso era su día, como bien sabían sus allegados.

—Nunca me acuerdo de si se dice La Cumbre o Las Cumbres, Sally.

—Es la Cumbre. Y no pienso pedir torrenillos. Como los de Soria, ninguno.

Sally siempre le decía a todo el mundo que era soriana. Era mentira. Por mucho DNI que empezase por 16 millones. Sus padres, que sí eran sorianos y habían emigrado a Wisconsin, habían hecho trampa. Decidieron pasar unos días en Soria para hacerles el DNI a sus retoños y que pudieran presumir, como ellos, de su rancio abolengo soriano.

—Sally, que están muy ricos, pero los de La Cumbre igual más.

—Imposible. Los de Soria son los mejores del mundo. Como todo lo demás de Soria.

—Qué fijación. Si tú no eres de Soria. Eres de Wisconsin.

—Yo soy más de Soria que el Numancia.

Y Sally, como siempre, se puso a recitar ‘Campos de Soria‘: «Gentes del alto llano numantino, que a Dios guardáis como cristianas viejas, …«. Harry la cortó.

—Sally, que Machado tampoco era de Soria. Era sevillano.

—Pues como si lo fuera. Menudo era. Seguro que comió torrenillos a dos carrillos.

—Torreznillos, Sally. TorreZnillos —Harry sabía que Sally saltaba como un resorte ante aquel crimen lexicográfico.

—¡Harrrrrryyyy! —la tersa tez de Sally empezaba a adoptar un peligroso tono violáceo.

—Vale, valeee. Torrenillos de Soria a tope, pero vamos a probar estos, anda.

—No sé. Bueno, ya veremos —concedió.

Y así fue como Harry y Sally llegaron a aquel templo de la hostelería de Pozuelo, muy cerca del mini-resort burgués donde los días seguían pasando plácidamente. Confiados, felices, seguros de sí mismos y, sobre todo, de su capacidad para devorar platos y platos sin descanso. Nada más llegar, Harry se fue al WC brevemente y al volver, un primer buen detalle: les habían dejado una tapa con paella por las buenas.

—He pedido un par de cervezas con limón, Harry —dijo distraída hojeando la carta.

Esto empieza bien, pensó Harry. Así era. La paella estaba bastante digna para ser de batalla, y enseguida llegaron las cervezas con limón, fresquitas y estupendas. Tras hojear el menú, decidieron.

—Yo ya sabes lo que quiero Harry. Una ración de pimientos de Padrón.

—Igual va a ser mucho. Quizás media, ¿no? Y se me ocurre que para acompañar podríamos pedir dos torreznos y media de tortilla de salmón y cabrales.

—Qué manía. Y mira, aquí lo ponen mal, ¿lo ves? —dijo señalando esa gran Z de los ‘TorreZnos Ibéricos del Jefe’. En fin, vamos a probar que para eso son famosos. ¿Ensalada entonces nada, maridete?

—Hemos venido a jugar, Sally.

—Sea.

Mientras esperaban, como siempre, dimes, diretes y risas. Los intercambios de mensajes en WhatsApp con sus amigos Eddy y Rose amenizaban el rato, y en estas apareció el encargado, o al menos uno de esos camareros que se nota que son camareros por vocación y no por obligación.

Hablaba muy rápido.

—Hola, ¿lsñrshndcddoya?

—¿Perdón? —contestó Harry desconcertado.

—Si los señores han decidido ya.

—Ah, sí. Queríamos media ración de pimientos del padrón.

—Mbn. ¿Qmás?

—También queríamos media tortilla de salmón y cabrales.

—Mdsmcho. Lstrgmjrnpcho.

—Sí, media tortilla, perfecto —dijo Harry, tratando de sonar seguro de sí mismo. No lo estaba en absoluto.

—No, caballero. Le decía que mdsmcho, qlstrgmjrnpcho.

—¿Perdón? ¿Qué ha dicho? —Harry miraba a Sally, que estaba a punto de llorar de la risa.

—Harry, caray, que no te enteras. Dice que media es mucho, que nos trae mejor un pincho.

—Aaaahh. Vale vale, pues nada, un pincho —dijo Harry. Continuó, nervioso — y para terminar, dos torrenillos —dijo mirando a Sally, que sonreía satisfecha.

—¿Perdón? ¿Un par de torreznos, dice Vd.? —Ajá, pensó Harry. Te pillé.

—Sí, eso es.

—Dssmchos. Lstrguno.

—¿Lo cualo?

—Harry, a ver —intervino de nuevo Sally —. Que dos son muchos. Que nos trae uno.

—¿Pero ustedes ganan dinero aquí? Traemos hambre, de verdad.

—No se preocupe —dijo sonriendo como quien ha oído esa frase un millón de veces. (Destripe: la había oído un millón de veces.)

El camarero, profesional como él solo, salió tan rápido como les había dicho todo. Sally reía mientras miraba al pobre Harry, cuya seguridad y confianza se habían derrumbado por completo.

Pero daba igual. Allí estaban ambos, con sus dimes, sus diretes y sus risas. Y mientras estaban en ello, empezaron a llegar los platos.

Los pimientos de Padrón en primer lugar. Estaban estupendos, con sus patatas fritas por debajo, salados pero sin pasarse. Quizás algo menos pasados por la sartén de lo que le gustaba a Harry. Daba igual. Sally se los devoraba.

—Podría comerme un kilo, Harry.

—Lo sé —dijo él disfrutando.

A continuación, la tortilla. Harry había probado ya alguna de las célebres tortillas de La Cumbre en el pasado, pero no recordaba que aquello fuese tan espectacular para que un pincho fuera suficiente para dos personas. Y entonces llegó. El pincho. No. EL pincho.

Aquello era un monumento a la tortilla, desde luego. No parecía mucho para dos personas, pero cada bocado les demostraba a ambos que por la boca muere el pez. O en este caso, el avispillas. Aquella tortilla era, aparte de una bomba calórica, densa. Tan densa que tras acabarla —el acompañamiento verde ni lo tocaron, pero quedaba bonito— Harry se sintió sin fuerzas para continuar.

—Pues yo con esto ya me retiraba —dijo, derrotado.

—Y yo. No te preocupes. Seguro que el torrenillo es una pijada.

No lo era.

El platito parecía poca cosa. Aquel torrezno de La Cumbre no tenía mucho que ver con el torrenillo de Soria. Este estaba como muy cocinado, con un rebozado importante. Comparado con aquel, el de Soria casi parecía totalmente crudo. Sally miraba con desconfianza y Harry cogió un trozo y lo cató. No tenía demasiadas expectativas, pero aquello le dejó anonadado.

—Bueno, ¿qué? ¿A que los torrenillos de Soria son mil veces mejor?

—Esposa mía, que sepas que te quiero hasta el infinito y más allá.

—Harry, no lo digas.

—Eres la mejor. En todo. La mejor.

—No. Por favor.

—Sally, lo siento. Están QueFlipas™.

—No es verdad Harry. Yo confiaba en ti.

—Lo siento. Están estupendos. Crujientes por fuera, jugosos por dentro. Flipantes.

— ¡No me lo creo! Ven acápacá —dijo Sally cogiendo uno con el tenedor.

La tensión se mascaba. Como los torrenillos. O los torreznos. O lo que fuera aquello.

—¿Y bien? —preguntó Harry impaciente. Sally no mostraba emoción alguna.

—Pues no son para tanto, Harry.

—Hay que ver, Sally. Es bueno admitir las derrotas. Están alucinantes. Que los torrenillos también están ricos, pero estos están alucinantes.

—Bah, no son para tanto —dijo mientras cogía otro torrezno.

Harry sonrió. Aquel era un momentazo, y siguieron disfrutándolo hasta que tras haberse comido la mitad del platillo de ese solitario torrezno no pudieron más.

—Definitivamente me rindo, Sally. No puedo más.

—Ni yo. Pues nada, que nos lo pongan en un táper y ale, vuelta al trabajo.

Así lo hicieron. Les cobró otro camarero y se levantaron, pero antes de irse, Harry quiso darle las gracias al encargado por su buen ojo.

—Gracias, acertó usted, no pudimos con todo.

—De nada, caballero. Vlvncndqrn.

—No no, gracias a usted —contestó Harry, una vez más, seguro de sí mismo.

Sally no dijo nada hasta que llegaron al coche.

—No te has enterado de nada de lo que te ha dicho al final, ¿verdad?

—Pues no. ¿Qué ha dicho?

—Que los torrenillos de Soria son los mejores.

—Ajá. Y voy y me lo creo. TALT.

—TALT.

Fin.


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24 comentarios en “Harry & Sally y los torrenillos

  1. Kazu dice:

    ¡¡Ostras!! Además de historia de Harry y Sally recomendación gastronómica que me apunto, que me queda cerca. Con lo que le gustan los torrenos (yo siempre he dicho torreznos…) a mi mujer seguro que triunfo XD
    ¡Gracias JaviPas!

  2. Fefo dice:

    Javi, soy fiel seguidor de los torreZZnos de La Cumbre (y siempre digo Las Cumbres, jajaja)

    Estos abrieron en el Equinocio, en la parte de abajo, un restaurante que fue el primer sitio donde los probé. Fue cuando se inaguró el Equinoccio hace casi cientos de años.

    Si quieres probar otros torreznos top tienes que ir al Mesón Jamonero Canete en Boadilla dle Monte. Bar pequeño pero con unos torreZZnos brutales también.

    Abrazo

  3. Angelito dice:

    Como bien sabrás, la madre de Sally nació en Logroño, no en Soria. Y como bien dices, era soriana. Igual que Sally (y su hermano, ya de paso), aunque nacieran a 227 Km…
    No te olvides de llevarte un tupper de torreZnos de esos a los Sanjuanes de este año… Sally (y su hermano) no querrán compartir los auténticos torrenillos 😉 😉 😉

    Feliz Pi día!

    • Madrid, 1986. El padre de Sally tocaba la guitarra alegremente cuando la pequeña se acercó a preguntarle algo que siempre le rondaba la cabeza.

      —Papá, ¿yo soy soriana?
      —Pues claro Sally. Tienes DNI que empieza por 16 millones y todo.
      —Pero papá, yo he nacido en Madrid.
      —Recuerda esto, hija: si un perro nace en un gallinero, ¿es perro o gallina?
      —Pues… es un perro, claro.
      —Exacto. Pues lo mismo contigo. Tú eres soriana. Recuérdalo siempre.

  4. Jean dice:

    Una pregunta colombiana: ¿Qué diferencia habría entre un torrezno y un chicharrón? Cotejados en Google Imágenes, parecen ser lo mismo, pero tengo mis dudas.

Comentarios cerrados