Incognitosis

Hogar, dulce hogar

No sé si os pasa, pero yo suelo tener morriña de la rutina. Probablemente sea absurdo, pero a mí esa rutinilla me mola y me hace sentirme cómodo y seguro. Puede ser mucho más aburrida, sin duda, pero para romper un poco con ella a lo largo del año al menos tenemos los findes (si uno quiere aprovecharlos así). Igual es que estoy mayor, porras.

El caso es que por eso me ocurre lo de la morriña vacacional. Es fantástico estar por ahí de viaje, pero está claro —al menos para mí— que lo de tocarse las narices también puede llegar a cansar. Me ha ocurrido otros años, y desde luego también ha sucedido en estas vacaciones que han sido algo más largas de lo normal porque como ya sabéis era como si no hubiera mañana.

Ya está bien de tanto atardecer inigualable, de tantas palas en la playa, de tanto salto del tigre —a ver si alguien es capaz de averiguar dónde es el de la imagen—, de tanta gaita y de tanta sidra con cabrales. Hombre por Dios. Y no solo está eso: los niños también tienen su propia morriña: querían volver a ver a sus amigos, y hasta Javi comentó que a ver si el cole empezaba de una vez. Manda narices.

El caso es que los últimos días se iban acrecentando las ganas de volver al miniresort burgués e incluso —perdonadme— a trabajar un poco y dejar de tocarse los güitos. Cuando era pequeño y volvía de vacaciones con mis padres recuerdo perfectamente esa sensación de abrir la puerta de casa de nuevo tras las vacaciones: esa misma sensación fue la que tuve ayer al volver. La del célebre hogar, dulce hogar. La de lo familiar y lo conocido.

Y una vez de vuelta, las dudas. ¿Me acordaré de dónde están las teclas del teclado? ¿Habré estado demasiado desconectado y el mundo tecnológico me superará con novedades futuristas? La primera pregunta tiene respuesta afirmativa: me acuerdo de escribir —hoy he empezado ya a publicar en Xataka— y de la posición de las teclas. La segunda, como esperaba, tiene respuesta negativa. Puede que la tecnología avance rápido, pero no tanto para que en apenas tres semanas el panorama haya cambiado.

Y no es que no lo haya intentado: han sido unas vacaciones con una desconexión especialmente especial. Me llevé el portátil por si las moscas y lo usé solo para ver series con mi mujer y mis niños (recomendación: retomad ‘Verano azul’ en HBO Max/RTVE Play si podéis y tenéis niños). Aquí pequeño mensaje para los señores dueños de hoteles y de Airbnbs: por favor, dejen ustedes de poner teles de 14 pulgadas al fondo de la habitación y del salón donde se ven más pequeñas que el móvil: no estamos en 1980 y las teles de 43-50 pulgadas están a precio de moco.

Si alguno se pasó por aquí notaría además que también estuve desconectado del blog y de los Incognichollos, que solo actualicé uno de los días. Me di descanso total en eso también. El móvil lo intenté usar para leer pero fracasé con las dos lecturas que escogí y a las que intentaba volver como convenciéndome de que algo tenían que tener si tanto éxito habían tenido. La primera, ‘El guardián invisible’, de Dolores Redondo, me pareció pesada hasta el extremo. La segunda, la viral ‘El mar, el mar’ de Iris Murdoch —que descubrí en un post de Antonio Ortiz—, me horrorizó por su prosa y ese «modo diario». La aguanté aún menos que la primera, de la que consumí una tercera parte. Y como me sucede siempre con las novelas que se me atascan, no soy lo suficientemente listo para cortar rápido y pasar a otra cosa mariposa. Les doy varias oportunidades porque soy un poco idiota. Lo que sí hice bien fue librarme de cacharritos. Antes de las vacaciones pensé incluso en llevarme la Steam Deck, pero al final no lo hice y creo que acerté: tampoco la hubiera utilizado mucho, me da a mí, porque estaba también en un curioso rollo contemplativo. Tener el mar cerca es lo que tiene.

Tampoco estuve muy al tanto de la actualidad tecnológica. He paseado por Twitter con indiferencia, y al contrario de lo que ocurría en otros periodos estivales vengo con muy pocas ideas para escribir aquí —alguna hay— y con una especie de empapuzamiento mental de tanto descansar, comer y volver a descansar.

Igual es por eso que echaba de menos esta rutina. La de aporrear un poco al teclado, la de volver a quedar con amigos y familia, y la de convertirme de una vez por todas en jugador del World Pádel Tour. Lo último está complicado, pero oye, por intentarlo que no quede.

Hogar, dulce hogar.

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5 comentarios en “Hogar, dulce hogar

  1. Land-of-Mordor dice:

    «…(recomendación: retomad ‘Verano azul’ en HBO Max si podéis y tenéis niños…»

    Anda que irse a HBO Max para ver una serie que se puede disfrutar (como otras tantas) en RTVE Play gratis XD