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Cuando pagábamos por ir a las bibliotecas

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En las últimas tres semanas he leído dos libros. Uno de ellos lo compré con ilusión, pero acabé algo decepcionado -mejor no lo mento- y no me gustó mucho. El otro, ‘Sabotaje‘, de Arturo Pérez-Reverte, lo cogí prestado en una biblioteca y me lo leí en dos patadas porque disfruto como un enano de las novelas de mi pequeño referente literario. Por cierto, la biblioteca no era física. Era una digital, porque donde vivo hay una plataforma llamada eBook Pozuelo que permite acceder a un buen catálogo de libros y revistas de forma totalmente gratuita.

La única desventaja de esa biblioteca digital, como ocurre con las físicas, es el hecho de tener que esperar por los libros que quieres leer. Ya ves tú. Big deal, como dirían los sajones. Te puedes apuntar a la reserva y te avisan cuando los que están delante terminan la novela o se les acaba el préstamo (18-20 días creo), a partir de lo cual puedes leer la novela o bien en la aplicación o bien descargarla para leerla con Adobe Digital Editions.

Lo gracioso de todo esto, por si no os habéis fijado, es que pagué por la novela que no me emocionó y no lo hice por la que me dejó entusiasmado. Milagros modernos. No tenía muy claro de qué escribir hoy, pero tenía esta idea apuntada en borradores y un viaje estos días me recordó la reflexión: pasé un rato en un pueblecito que era normalito en casi todo menos en su plaza central, absolutamente estupenda por su pequeña iglesia, su parque lleno de vida (kiosko de música incluido) y, atentos, una biblioteca que parecía como que no pegaba porque era estupenda, con una mezcla de parte antigua y parte nueva con una gigantesca cristalera y una escalinata de madera fantásticaque me llamó muchísimo la atención.

Investigando un poco he descubierto que el edificio era antiguo y significativo de esa villa, y que el ayuntamiento invirtió un dinerito para adaptarlo y convertirlo en esa joya. Una joya, por cierto, en la que no vi a nadie dentro, y a la que nadie pareció acceder durante el rato que estuve allí. Qué desperdicio.

Lo es entre otras cosas porque si hay algo milagroso de las bibliotecas es esa función de regalarte conocimiento y entretenimiento así, por la cara. Eso no fue siempre así: hubo un tiempo en el que la gente pagaba por poder coger prestado un libro. Los alquilaban. La gente alquilaba libros y pagaba por ese privilegio. De hecho lo siguen haciendo.

Locos.

Lo contaban hace tiempo en la BBC al hablar una biblioteca llamada Bromley House Library que, atención, sigue cobrando a sus usuarios. «Mientras que las bibliotecas públicas en todo el país han cerrado o han perdido miembros en los 10 últimos años, esta ha visto duplicarse su número de usuarios, y las bibliotecas con una suscripción están viendo un aumento de su popularidad».

Para los que la usan, esta biblioteca es algo así como «un hogar fuera del hogar», un sitio en el que sentirse a gusto y escaparse un rato de la rutina diaria. En el Reino Unido una ley de 1850 comenzó a declarar la mayoría de bibliotecas como servicios públicos, pero hay algunas que siguen cobrando esa suscripción y tratan a sus miembros casi como accionistas. En Liverpool, menciona el artículo, el Ateneo tiene un precio de nada menos que 795 libras al año para los miembros de «categoría A», que supongo tendrán acceso a ciertos privilegios. Eso, diría, es impensable para la mayoría de la gente.

Esa situación me recuerda en cierta medida al estado de los medios hoy en día y a ese «todo gratis» que impera en blogs y periódicos de pequeño, mediano y gran tamaño salvo excepciones. Y entonces pienso que quizás acabe ocurriendo lo mismo -está ocurriendo ya- y la información esté siempre libremente disponible por las buenas y solo algunos locos paguen por ella. Y recuerdo que no hace mucho las bibliotecas eran esos lugares -junto a los bares o ciertas empresas- en los que poder leer el periódico sin pagar. Quién nos hubiera dicho entonces que hoy en día pagar por un periódico sería casi un anacronismo.

Y entonces me digo que no puede ser. Que algo tiene que cambiar. Que los medios necesitan un cambio –no el que propone Apple News, que tiene poco de «News»- y también lo necesita la gente.

Y también me digo que debería visitar de vez en cuando alguna biblioteca. Parece mentira la suerte que tenemos: cuánto conocimiento y cuánto entretenimiento a nuestro alcance -fuera de las pantallas o incluso en ellas cuando se trata de libros- y ahí estamos, empapuzados con el Fortnite, el FIFA o el Battlefield de turno.

Que de todo puede haber, desde luego. A ver si me aplico el cuento y equilibro un poco la balanza. Estas últimas semanas lo he logrado. A seguir.

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4 comentarios en “Cuando pagábamos por ir a las bibliotecas

  1. Lambda dice:

    Buen post. Me parece que el éxito de esas bibliotecas británicas reside, en parte, en que damos valor a lo que se paga si eso nos sastiface con creces. Y ya que estamos, si te gusta algo ligero de leer, Kokoro de Natsume Soseki, o La Sombra del águila de A. Pérez Reverte. Leídos hace poco, me gustaron 😉

  2. Francisco Branch dice:

    No está mal darse un garbeo de vez en cuando por las bibliotecas. Y mejor aún, enseñárselas a las nuevas generaciones, que hay niños que no han visto una ni en pintura.
    Las pantallas nos absorben.

Comentarios cerrados