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Una historia sobre Joylent

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Esta historia está basada en hechos reales.

Capítulo I. Qué mala es la curiosidad

Harry miró a su pantalla y suspiró. Lo hizo con cierta inquietud. Acababa de gastarse 65 euros en un pedido a Joylent.

—Qué ganas tengo de que llegue para probar de una vez —le dijo, no muy convencido, a su mujer.

—¿En serio te has gastado esa pasta en comida en polvo? —contestó ella estupefacta.

—Al final querrás probarlo, ya verás.

Sally no lo tenía tan claro. Había soportado con estoicismo todo tipo de caprichos friquis por parte de su maridete, pero aquello rallaba la estupidez. ¿A quién se le ocurre sustituir un buen chuletón, una sopa caliente o una ensalada fresca por una especie de batido Biomanán de dudosa calidad? Esa era la pregunta que muchos se habían hecho al leer algo sobre esa nueva tendencia de esa alimentación tan propia de Silicon Valley. Lo de los polvos para hacerse batidos nutricionales ahorraba tiempo y dinero, decían quienes lo defendían. Era aparentemente una solución perfecta para toda esa gente que no quiere o no puede cocinar, una que además era especialmente económica y cómoda.

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Harry llevaba tiempo aguantando la tentación, así que acabó siguiendo el sabio consejo de Oscar Wilde: “The only way to get rid of a temptation is to yield to it“. Aunque ambos vivían ahora en la invivible pero insustituible capital española, cuando citaban lo hacían en inglés cuando tocaba, como está mandado. Así que tocaba precisamente eso. Citar en inglés y caer en la tentación.

No tuvo que esperar mucho para saciar su curiosidad. Qué ad hoc lo de saciar, se dijo. Ocho días después recibía las 10 bolsas con el producto, y comprobó satisfecho cómo aquello tenía la pinta que tenía que tener. Como muy espacial. Muy rollo ‘El marciano’, se dijo.

No imaginaba lo espacial que sería todo en esa experiencia.

A la mañana siguiente comenzó el experimento. Tras despertarse a las 6:00 AM y fortalecer sus poderosos pectorales con una sesión de pesas de 45 minutos (esto no es una novela porno) a eso de las 8 ayudó a Sally a preparar a los niños, Ethan y Maggie. Lo hacían sin prisa pero sin pausa en aquella lujosa mansión aquel luminoso piso de uno de esos miniresort burgueses de las afueras de Madrid. Prefirió tomárselo con calma, así que dejó el desayuno para algo más tarde, con los niños ya en el cole y todo el tiempo del mundo para paladear la experiencia.

—Allá vamos —le anunció a Sally mientras sacaba la primera de las bolsas del armario donde las había colocado.

Ella no parecía muy convencida, pero lo cierto es que el llamativo aspecto de las bolsas con Joylent la tentó.

—Bueno venga, prueba y me cuentas, igual pruebo yo también.

Allí comenzó todo. Había comprado 4 sobres de sabor plátano, 4 de sabor vainilla y los 2 últimos de sabor mango. Aquella era una de esas apuestas que Harry solía hacer para demostrar que podía vivir su vida al límite. Había leído muchos artículos en los que la gente narraba su experiencia con Joylent o la versión original, Soylent, y en la mayoría de ellos parecía quedar claro que el plátano y la vainilla eran apuestas seguras. El mango, un nuevo sabor con el que habían querido renovar el catálogo, había aparecido hacía poco, y aunque las opiniones no parecían especialmente favorables él quiso comprobar qué tal sería aquello. “Total, solo son dos bolsas“, se dijo a sí mismo.

Pobre ingenuo.

La primera en la frente. Irónicamente en las instrucciones que incluía el envío de Joylent apenas había poco de eso. Instrucciones. Un pequeño desplegable parecía indicar que en la coctelera de plasticurri que te regalaban con cada pedido (valorada en 2,5 euros) había que depositar tres cucharadas y media de aquellos extraños e inquietantes polvos.

Aquello no tenía sentido. Si cada bolsa se supone que servía para tres comidas algo fallaba, porque tras abrir el precinto -muy espacial, volvió a pensar Harry- esas tres cucharadas y media parecían pocas. Muy pocas. Comprobó rápida y visualmente cómo en la bolsa quedaba para mucho más que tres comidas a ese ritmo, pero no quiso tentar demasiado a la suerte y prefirió seguir las reglas marcadas. Era un tipo obediente.

Siguió las escuetas instrucciones al pie de la letra: además de aquella cantidad de Joylent añadió medio litro de agua (dos vasos de IKEA según el Sistema Internacional) y tras cerrar la coctelera empezó a agitar aquello lo mejor que pudo. Treinta segundos después destapaba la coctelera y se echaba su primer vaso de Joylent de plátano.

Aquello no tenía un aspecto especialmente apetitoso, pensó. El batido parecía más bien aguadete, pero había llegado el momento de paladear aquella revolución que planteaba la llegada de la alimentación 2.0. Se tomó el primer trago y se concentró en aquel momento crucial de su vida. Estaba asistiendo a uno de esos eventos que podían efectivamente plantear un cambio en el mundo. Se tomó su tiempo. Tanto que Sally comenzó a ponerse nerviosa.

—Bueno, ¿me quieres decir de una vez qué tal está?

Lo cierto es que Harry no podía. Más bien no estaba. No estaba bueno, eso seguro, pero tampoco estaba malo. O más bien, no estaba asqueroso. No estaba, pensó de nuevo Harry.

—No sé qué decirte —contestó Harry. Lo que no podía expresar con palabras lo expresó con una mueca —Pshé —dijo, para seguir intentando descifrar a qué sabía aquel brebaje.

El sabor a plátano era leve. Era más un querer y no poder, pero Harry sospechaba que algo en aquello fallaba. Esos dos vasos no prometían demasiado, y cuando siguió bebiendo y poniendo cara de haba a Sally le quedó todo claro.

—Olvídalo. Creo que paso de probarlo.

Así acabó el experimento para Sally. Al menos el que afectaba a su propia alimentación, porque los efectos colaterales de la presencia de aquellos polvos y aquellos brebajes serían mayores -y más olorosas- de lo que cualquiera de los dos hubiera esperado.

Capítulo II. Un Nesquik, por favor.

Aquella primera prueba no solo no demostró demasiado en cuanto a si aquello estaba bueno: tampoco dejó muy claro si servía para no pasar hambre. Aquella primera prueba le recordó un poco a la comida de los chinos. Llena, pero no sacia durante demasiado tiempo. A la hora de comer sus tripas rugían, pero ahí adoptó una postura inteligente: experimentar está bien, exagerar es una chorrez. Así que cogió cuchara, cuchillo y tenedor y comió algo normal, lo que le reconcilió un poco con el mundo tras aquella primera experiencia y le preparó para posteriores pruebas. La cosa estaba clara: lo de desayunar, comer y cenar Joylent era una estupidez, y de hecho los propios responsables del producto declaraban que el producto está pensado para evitar molestias y llevar una alimentación adecuada, no para no volver a tener que comer normal (y quitarte el placer de hacerlo) durante toda tu vida.

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Aún así, Harry sabía que aún quedaba tiempo para entender realmente aquel fenómeno. Por la noche volvió a hacerse otro delicioso batido de plátano, y esta vez lo hizo con 4 cucharadas y media colmadas. Nuevamente se equivocó, sobre todo porque a la hora de cenar siempre ocurría lo mismo: que podía comerse tranquilamente 2 o 3 whoppers, lo que equivaldría más o menos a un menú completo para 8 personasen Le Cocó. Aquel batido le dejó silbando, así que tras el primer capítulo de la serie que se estaba viendo en ese rato acabó cayendo a la tentación y se hizo un delicioso -de verdad de la buena- Nesquik con galletas. Una cena digna de dioses comparada con el sabor que le había dejado aquel batido del que empezaba a temerse lo peor.

Aquella primera bolsa no le dio para los tres batidos que teóricamente debería haberle dado, sino para cinco. A medida que iba aumentando el número de cucharadas se producían dos sensaciones. La primera, que el maldito contenido no se acababa nunca. Y dos, que efectivamente al hacer los batidos más densos aquello, aparte de más grumoso, tenía más sustancia. El menú del chino era más copioso, podría decirse, porque la sensación de hambre desde luego desaparecía y era sustituida por un “he bebido demasiada agua” (que era más o menos lo que había pasado). Hasta le costaba tomarse los dos vasos y medio que acababan saliendo de esa coctelera, con un sabor que efectivamente se había intensificado con el aumento de cantidad de polvos pero que desde luego estaba muy lejos del típico batido -rico en azúcar y otras guarrerías igualmente ricas ricas- que uno se tomaría en una heladería.

Sally le contemplaba con una mezcla de pena y admiración. Harry, resignado, trató de mostrarse positivo tras esa primera fase del experimento.

—Lo he logrado. Me he acabado la primera bolsa de Joylent —dijo con una sonrisa .

—Pues no tienes muy buena cara —constató Sally.

—Estás equivocada. Me siento fenomenal, creo que estoy adelgazando y todo —mintió.

Por supuesto que era mentira. Sobre todo porque en dos de esas cenas había acabado sucumbiendo al citado y glorioso Nesquik, y porque el desayuno no le dejaba saciado durante las 5 ó 6 horas que transcurrían hasta la hora de comer. Había que picotear algo a eso de las 12, y tampoco era posible (ni necesario) aguantar desde las 2 hasta las 9, hora tradicional de la cena en ese hogar del miniresort burgués. Aunque en los tres días que llevaba con el experimento estaba claro que no estaba siguiendo una dieta de adelgazamiento, lo que había hecho con esa comida 2.0 era engordar un poco. La culpa, se dijo Harry, no era de Joylent, sino de su adicción al Nesquik. Maldición. Sin embargo afrontaba la segunda fase del experimento con ánimos renovados: tocaba sabor vainilla.

Tardó en hacer frente a aquella segunda bolsa. Un viajecito de esquí le permitió a Harry tener la excusa perfecta para ponerse en forma tanto en las pistas como en los desayunos y cenas. Es lo que tiene la media pensión, comentaban Harry, Sally y su pareja de amigos. Que te pones como el Quico.

Harry tuvo además el acierto de no estar andándose con milongas a la hora de seguir una dieta Joylent porque, sencillamente, no la seguía. Tenía claro -una vez más, qué tío más listo- que lo de decir “uy, no puedo comer nada de esa ración de jamón serrano, que estoy con una dieta de polvitos nutritivos” era otra estupidez derivada de esos experimentos por forzarse a probar algo de una forma para la que ni siquiera estaba destinado el producto. Por supuesto que comió jamón serrano. A tope. De hecho tuvo que esquiar aún más veloz de lo normal por las pistas para tratar de mantener un poco el equilibrio entre actividad física y digestiva. Eso casi le cuesta un disgusto, porque acabaría el fantástico viaje con la que sería la mayor castaña que se había pegado en unas pistas de esquí en toda su vida. Eso, se dijo, podría ser material para otra historia. Quién sabe.

Sea como fuere, volvió con su familia a su miniresort burgués henchido de felicidad y de jamón serrano, pero también dispuesto a afrontar esa segunda fase de su experimento. Llegaba la vainilla.

Capítulo III. Un nuevo estado para la materia.

Esta vez, no obstante, empezó el experimento con algo de ese sentido común que le esquivó en la primera bolsa de Joylent. Lo primero que hizo fue vaciar la bolsa cucharada a cucharada en un tupper. Lo hizo ante la mirada atónita de Sally, que había pasado de la pena y la admiración a la risa.

—… 22, 23, 24… y 25. 25 cucharadas colmadas, Sally. Estaba cantado que con esas raciones de tres cucharadas y media estaba haciendo el panoli —comentó Harry.

—Ánimo con ello maridete mío. Ahora sí que sí —contestó ella con su mejor cara de póquer.

En aquel desayuno cayó el primer batido bien hecho de Joylent. Ocho cucharadas y media en la coctelera tenían un aspecto amenazador. Aquello parecía demasiado.

—¿De verdad tengo que echar todos estos polvos? —le dijo a Sally, que de repente dejó de poner cara de póquer, la muy pilla.

—No te lo crees ni tú —bromeó.

Ambos rieron, pero a Harry la alegría no le duró demasiado. Echó un primer vaso de agua, cerró y agitó la coctelera, y volvió a echar el segundo vaso para comprobar cómo lo de agitar aquello a mano no tenía tampoco mucho sentido. “Vamos a hacer las cosas bien“, se dijo. Cogió la batidora, decidido a hacer un batido Joylent profesional. Tras 30 segundos de batir a toda pastilla, se sintió orgulloso del resultado. Al echar el resultado en un vaso, quedó confirmado que aquello sí tenía pinta de batido nutritivo, y no de aguachirle.

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Lo probó y… lo de siempre. Aquello no estaba ni bueno ni malo. No estaba, punto. Efectivamente había un ligero regusto a vainilla, pero lo que notaba sobre todo y ante todo era lo de que estaba especialmente grumoso, algo lógico a pesar de la batidora. Ocho cucharadas y media son muchos polvos, pensó. Tantos que ocurría algo curioso: era la primera dieta líquida de la que oía hablar -y que probaba- que en realidad había que masticar. O al menos que uno casi se sentía obligado a masticar, porque aquel líquido pastoso era sorprendentemente indefinible. “Quizás es un nuevo estado de la materia“, pensó.

—¿Qué tal? —preguntó la siempre paciente Sally.

— Pues más psché, me temo. Esto no sabe a nada Sally.

—Pareces toli, Harry. Pareces toli. Pues te quedan 8,66 bolsas de psché, majo —afirmó con precisión matemática.

Efectivamente. Quedaba un mundo de líquido pastoso para que se acabase el experimento. Y lo más gracioso del caso es que el efecto comida china volvía a hacer su aparición. A pesar de esas ocho cucharadas y media, de haberlo batido bien todo y de hacerse el primer batido Joylent en condiciones de la su historia, aquello no logró que no tuviera hambre a media mañana. La gusilla apareció, irremisible e inexorable. Y tuvo que aplacarla.

La decepción fue tal que tardó en volver al experimento. Una semana después volvió a tomar un batido para desayunar. Sally, paciente como la santa esposa del santo Job -si es que la tuvo, que supongo que no- le miraba de nuevo con pena, admiración, resignación y con cierta coña. Las emociones se agolpaban.

—Harry, ¿qué hacemos para comer? —preguntó tentando a la suerte.

—Pues voy a arriesgarme y a darlo todo. Voy a comer Joylent de nuevo. Son las 13:50 y está claro que esto es poco para mí, Sally, pero tengo que aguantar. Voy a por el segundo batido del día y así acabo la segunda bolsa.

—Pues yo me voy a hacer una ensaladita, maridete mío. A masticar la comida y disfrutarla como está mandado -dijo Sally con algo de mala baba.

—No me hagas eso Sally, por favor. No digas la palabra masticar. Por favor -suplicó.

—Masticar, mascar, morder, rumiar, tascar, deglutir. Comer, esposo mío. Comer —. Concluyó ella, inmisericorde.

Muchos hablaban en aquellos análisis de Soylent y Joylent de esas tensiones sociales al salir por ahí y no poder picotear para completar el experimento de la dieta 2.0 sin flaquear. Eso, pensó Harry, era de losers. ¿Aguantar esa dieta en casa mientras la parienta y los pequeños Ethan y Maggie comía normal delante tuyo? Eso sí que era una prueba de resistencia. Eso sí que era para supermanes.

En eso trataba de pensar para animarse, pero no le servía de mucho ver cómo aquella ensalada de canónigos con gulas condimentada con aceite y con vinagre de módena era paladeada por su mujercita. Aquello era como un videoclip a cámara lenta. Cada vez que cogía un poco con el tenedor sonaba el “We are the champions” y se mezclaban las imágenes reales con las irreales. Comenzaban las alucinaciones.

—Sé fuerte, Harry —se dijo a sí mismo —. El batido ya te está empezando a afectar demasiado.

Harry logró ser fuerte -no como otros- y comió ese batido para acabar con esa segunda bolsa de Joylent por fin. La prueba había sido demasiado dura, así que lo de ser fuerte no le duró demasiado. Por la noche dio buena cuenta de la nevera y se tomó un “Nesquik Special” acompañado de todo tipo de complementos que hicieron que una vez más recuperase la confianza en que la vida tenía sentido. Con un Nesquik la vida siempre lo tenía, se dijo.

—¿Cómo te estás poniendo, no? —apuntó Sally, siempre perspicaz y un poco puñetera.

—Calla si no quieres que te haga tomar un Joylent doble ahora mismo —contestó Harry entre la broma y la amenaza real como la vida misma.

—Harry, no sé si estarás adelgazando o no, pero el Joylent ese de las narices te está agriando el carácter y el ánimo -espetó.

Era cierto. Pero además es que tampoco estaba adelgazando. De nuevo no era culpa de Joylent. O tal vez sí, porque aquello no le saciaba, y acababa llegando a almuerzos, meriendas y cenas con más hambre que un calambre.

Y quedaban ocho bolsas. Ocho.

El pecadillo del día anterior hizo mella en Harry, que afrontó el nuevo día inaugurando la tercera bolsa de Joylent. De plátano, para más señas. Tras el fracaso de esos primeros batidos aguados el sistema de producción estaba pulido. El hermano gemelo de Harry, Larry -a sus padres les apeteció que los nombrecitos dieran juego-  trabajaba en el área del lean manufacturing y Harry estaba seguro de que hubiera estado orgulloso de aquel proceso en el que las técnicas kaizen de mejora continua habían demostrado una vez más su validez. Como Larry decía a menudo -aunque no sirviera de mucho en un recientefracaso hostelero-, “un problema es una oportunida de mejora”.  Y casi siempre lo era. Casi siempre.

Ocho cucharadas y pico de polvos, agua hasta el tope y a batir para tratar de aquello fuese mínimamente líquido. Harry pensó brevemente en técnicas de refinamiento que iban más allá: quizás montar un robot agitador y batidor con una Raspberry Pi que sometiese la mezcla 24 horas continuas a ese proceso hiciese que la mezcla estuviese más comestible, pero se dijo que bastante poco tiempo tenía como para andar haciendo el moñas con frikadas semejantes. “Que tienes 42 palos, alma de cántaro. A lo tuyo“, se dijo con convicción.

Dicho y hecho. Su primer batido de plátano Joylent en condiciones no estaba en condiciones. Estaba impecablemente preparado, desde luego (kaizen, kaizen, kaizen), pero aquello no sirvió de mucho, porque el sabor volvía a ser más bien inapreciable. De hecho, pensó, ni siquiera era tan distinto del de vainilla.

—¿Ahora mejor? —preguntó la inquisitiva Sally.

—Pues no sé decirte. Mejor que los batidos aguados del principio sí, supongo, pero esto no sabe a nada realmente. No sé si me gusta más o menos del de vainilla.

—¿Cómo es posible?

—Pues porque creo que ninguno de los dos me gustan. Creo que de hecho estoy empezando a odiarlos.

—Pues espérate a que llegue el mango, maridete mío —señaló Sally con un nuevo e involuntario toque puñeteril.

—Maldición. No lo había pensado —dijo Harry, apurando el primer vaso de aquella pasta tan 2.0.

Aquel aciago futuro que se acercaba inexorablemente hizo que Harry volviese a tomarse un nuevo descanso en su experimento. Necesitaba reponer fuerzas y ánimos con un pequeño receso en el que volvieron el Nesquik y todos los benditos alimentos normales que le permitían a uno masticar y saborear algo decente. Eso no ayudó en su dieta, pero al menos las 300 abdominales y los 15 kilómetros que corría a diario los divertidos -y viriles- partidillos de baloncesto y algún que otro partido de tenis o de pádel en el miniresort burgués le permitían hacer frente a la peligrosa curva de la felicidad.

Fue entonces cuando decidió hacer la prueba definitiva.

—Basta de farsas -le comentó a Sally mientras ella consultaba brevemente una web de cotilleos, cosa que rara vez ocurría.

—¿Por fin nos vamos a comprar el bajo con jardín? —preguntó ella por si colaba.

—Aún no me llega lo que tengo ahorrado en la cuenta de PayPal. Pero pronto, no te preocupes.

—Ja.

—Digo que ya está bien de mamonear con los batidos. Voy a intentar hacer dieta Joylent de lunes a viernes, a ver qué pasa. —de nuevo cara de póquer. O más bien, de pocha. Su convicción no llegaba a más.

—Pues qué va a pasar, Harry. Que se te va a agriar el carácter y no vas a aguantar. Caerás en el Nesquik. Te conozco como si te conociera desde que nos conocimos. Que fue hace mucho. —sentenció agorera.

—Joder, Sally, dame una chance. Un voto de confianza, por dios.

—Masticar, mascar, morder, rumiar, tascar, deglutir. Comer, esposo mío. Comer —respondió la muy puñetera.

—Qué jodía. Te vas a enterar.

Capítulo IV. La dieta de los estúpidos

Así fue como un Harry azuzado por una de las mayores y más extendidas motivaciones humanas -hacer que el otro tenga que cerrar su bocaza- se lanzó a su proyecto más audaz. Tocaba desayunar, comer y cenar Joylent. Tocaba ser un estúpido como aquellos de los que tanto se había reído por hacer experimentos igualmente estúpidos. Pero claro, había que acabar con la farsa, como el decía. O al menos, con las 7 bolsas y media de farsa que aún le quedaban por terminar.

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Así fue como empezó aquel martes: desayunó el último de los batidos de plátano que quedaban de esa tercera bolsa. Mientras lo hacía, sentado siempre frente al ordenador -de eso se trataba, de no parar de currar ni aun comiendo, decían los gurús de esta historieta- bromeó con Sally:

—No te rías tanto de lo de masticar, y mira —. Tomó un trago  de la pastosa bebida cuando ya quedaba menos y los grumos eran aún más numerosos, y masticó aquel producto infernal todo lo que cualquier producto infernal podría masticarse.

—Ya veo. Se te ve feliz. Como si nos estuviéramos comiendo un Whopper de aquellas, cuando costaban 200 pelas. ¿Te acuerdas?

—Que jodía —repitió Harry, al que los recuerdos se le agolpaban mientras trataba de tragar aquel infame batido de plátano que sabía a… a nada. Se imaginó compartiendo campo de prisioneros en alguna peli en la que lo de comer papilla era la norma. Seguro que aquello estaba mejor que esta bazofia, pensó. Seguro que al menos sabía a algo. Aunque fuera a rayos.

Las pullas no hicieron más que picar más a Harry, que empezó una nueva bolsa -la cuarta en total, la segunda de vainilla- para comer. La sensación comida china había empeorado, porque ahora daba la impresión de que estaba comiendo de chinos pero además con plato único, en plan arroz tres delicias forever. Harry no disfrutaba del batido y hasta lo pasaba mal para terminarlo. Llenaba demasiado rápido, y no quitaba el hambre durante mucho tiempo. De hecho fue esa tarde cuando cometió el primer pecadillo: acabó comiéndose algo de queso y una loncha de jamón serrano para no acabar tirando las 7 bolsas a la basura de una vez, que era lo que le pedía el cuerpo.

En la cena, otro batido de vainilla que para Harry fue casi como subir al Everest. Logró no comer nada más esa noche, y resistió la tentación de hacerse un Nesquik que en su mente parecía estar llamándole. Rollo Sauron y el anillo único, ya sabéis. Pero Harry se portó como un hobbitcampeón y resitió el envite. Se fue a la cama con una orgullosa sonrisa a la que Sally no correspondió. Ya estaba tupi, claro. Casi mejor, porque si no lo hubiera estado seguro que le hubiera recordado lo que llegaría al día siguiente: el mango.

Así fue. Acabó la cuarta bolsa con el desayuno en forma de batido de vainilla, y allí empezó a darse cuenta de lo que se le venía encima. En su mente se agolpaban más imágenes de podredumbre, fracaso y desolación.

—¿Y si no lo logro, Sally? —comentó, comenzando a oler la desesperación.

—Pues tiras los sobres a la basura de una vez y ya está. Además, estoy hasta las narices de ver los cacharritos en la encimera. Me desestabilizan —dijo Sally, cuya foto salía en la Wikipedia en la palabra “organización”.

—Pero si son tres chorradas. Si una cosa tiene de bueno esto es que se lava en un pispas —argumentó Harry.

—Pues no parece que lo hagas con mucha alegría. Además, los vasos siempre se quedan con el cerco ese de la parte superior. Hasta que no rascas no sale, no basta con enjuagarlos.

Era cierto. Te ponen como ventaja que apenas ensucias nada, pero el líquido pastoso deja rastro. Lavar la coctelera era sencillo: un poco de agua y a agitar bien, vaciar, volver a llenar, volver a agitar, y así hasta que uno estuviese mínimamente satisfecho. Harry acabó sintiendo mínimamente satisfecho cada vez más pronto, pero lo realmente asquerosillo era ver el cerco de los vasos. Eso no daba buen feeling. Para nada.

—Tampoco es para tanto —mintió—. El problema no es ese, sino que los batidos no me gustan, me cuesta tomármelos. No sé si voy a poder acabarlos.

—Bueno, si lo logras al menos podrás contarlo. Igual te forras en PayPal o Patreon y nos compramos el bajo con jardín —argumentó Sally, siempre práctica.

—Coñe, pues es verdad. Tengo que intentarlo. Al menos el esfuerzo de ayer ha tenido su recompensa. He perdido peso.

—Sí, ya estás igualito que Hugh Jackman —respondió avispadamente Sally.

—Qué jodía —contestó inevitablemente Harry.

Capítulo V. Mango, ventosidades y desesperación

Así fue como llegó la hora de la comida, y con ella, el debut del sabor estrella, el mango. La bolsa estaba menos cuidada en su diseño exterior -se ve que aún no habían acabado de decidir si seguirían produciéndolo- pero el funcionamiento era lógicamente el mismo. Cogió ocho cucharadas y las depositó con un pulso algo tembloroso en la coctelera. Tras añadir el agua y batirlo, se sometió a la prueba final.

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Como esperaba, aquello no estaba bueno. Era el peor de los tres sabores, con un regusto final -el sabor se notaba siempre al final, mucho más que al principio- que no era precisamente afrutado. Sí, sabía a mango, pero Harry pensaba que probablemente sabía en realidad a mango pocho. Aquello era demasiado: y acabó cediendo de nuevo a la tentación. Cuando acabó el batido se tomó un par de lonchas de jamón serrano y algo de queso para quitarse de encima aquel mal sabor de boca.

—¿Qué tal? —preguntó Sally.

—Mejor no preguntes. Todo sea por el bajo con jardín.

Harry cenó y desayunó batidos de mango en una nueva subida al Everest que no obstante le dejó exhausto. Aquel titánico esfuerzo por hacer el estúpido no tenía sentido. Había estado dos días con dieta Soylent estricta -salvo por las dos o tres lonchas de jamón y queso ocasionales- y preguntándose quién le habría mandado hacer un pedido de 10 condenadas bolsas.

No solo eso. Aunque un nuevo y escatológico efecto colateral había empezado a aparecer con los batidos anteriores, se acentuó peligrosamente con el batido de mango. De repente Harry se convirtió en una peligrosa máquina de producción de magníficos cuescos muy españoles. Muy rollo cocido o fabada, pero a lo bestia. Aquello no tenía sentido, porque los ataques aparecían en cualquier momento, sin aviso previo.

—¡¡Harryyyyy! ¡Qué ascoooo! -se quejó la ínclita Sally

—Oye oye, como decía Shrek, “mejor fuera que dentro“, ¿no?

—Además de idiota, eres un guarro, maridete. Lo que me faltaba. Cacharritos y bolsas ocupando un espacio precioso que desestabiliza mi orden establecido, y ahora esto.

—No soy yo, ya lo sabes, es el Joylent este, que saca lo peor de mí.

Pero era la gota que colmaba el vaso. No el de Joylent, claro. El vaso, en general. Ese del que se habla cuando uno ya no puede más. Claudicó ante Sally.

—Sally, claudico —dijo, buscando la compasión de su mujer mientras ésta se preparaba para una brutal sesión de gimnasia.

—Me parece bien, maridete. Tira las bolsas a la basura de una vez, de verdad, esto no compensa.

—¿Y nuestro bajo con jardín?

—Otra vez será. De verdad, no vale la pena.

A Harry se le pusieron los ojos vidriosos mientras contemplaba a su fantástica mujer, con su fantástico top deportivo, apoyándole incondicionalmente. La muy puñetera. No pudo darle más que una contestación.

—Ni de coña. Sigo con ello. Que por lo menos no sea porque no lo he intentado. Tendremos nuestro bajo con jardín. Algún día, al menos.

Sally no pudo resistir, y quitándose el top se le tiró al cuello para poseerle sin piedad. (Repito, esto no es una novela porno). Sally le miró fijamente a los ojos y le sonrió con dulzura.

—A por ello, campeón. Ale, voy a hacerme unos burpees.

Capítulo VI. Prueba superada

Harry continuó con aquel proyecto que ya se había convertido en uno de los mayores retos personales de su vida. De repente tenía que acabarse el Joylent de las narices. Aflojó el ritmo, eso sí: aprovechaba sobre todo los desayunos y alguna que otra cena, pero dejó de hacer el estúpido y fue raro el día en que no comió algo normal para ir agotando esas bolsas de forma paciente.

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Eso condicionaba buena parte del sentido del producto. En el sitio web oficial de Joylent le indicaban que las 30 comidas que había pagado por esos 65 euros (envío incluido, 10 bolsas a 3 comidas por bolsa) le salían a 2,16 euros por comida. Una ganga, cierto, pero hay que tener en cuenta que de las 3 (o más) comidas del día la que más cuesta económicamente suele ser precisamente la de la hora de comer, que es la que Harry casi nunca sustituyó por un batido Joylent. Le podía más masticar algo de verdad y reconciliarse una y otra vez con el mundo.

Sustituir desayunos y cenas -aquí el Nesquik era el rey, y solo variaba el acompañamiento, cereales o galletas normalmente- no era tan ventajoso, así que Harry se dio cuenta de que la ecuación no salía para alguien que como él teletrajaba.

—Sally, esto no es para tanto en tema pelas. Si uno trabaja en una oficina todavía, porque en lugar del tupper te llevas una bolsita con los polvos mágicos estos y listo —comentó Harry dubitativo.

—No tan listo: seguro que te conviertes en el bicho raro de la oficina viendo que el resto se va al menú del día o se lleva las croquetas o el cocido que les preparan sus madres.

—Cierto. Una vez trabajé con un chico que se llevó un cocido de al menos medio kg al trabajo acompañado de una barra de pan. Se lo comió entero. Y el pan, también.

—Lo que te duele es que no lo compartiese contigo —apuntó Sally.

—Por supuesto. Será glotón y egoísta. Así se le atragante.

—Pues eso, Harry. Imagina llegar con tu Joylent. Por muchos euros que te ahorres luego está la presión social. Igual no sale tan a cuenta estar aguantando las bromitas y los comentarios a tus espaldas.

—Bueno, a mí lo que piensen de mí me la refanfinfla.

Era cierto. Harry se había convertido en un tipo algo asocial en sus tiempos de oficina, donde tiraba de auriculares -a pesar de su oído de corchopan- para aislarse del mundanal ruido. Una vez alguien le dijo que al estar con los cascos todo el día puestos “no hacía equipo“. El que se lo dijo no era un trabajador precisamente ejemplar, pero Harry tuvo el acierto de no responderle como debía. Que era con un ‘es que yo vengo a la oficina a trabajar‘, claro. No lo hizo para no ofender a compañeros que sí curraban -aunque pudieran hacerlo asumiendo más distracciones- con los que no tenía problema en compartir algun que otro café.

Sally se desesperó.

—Eh, que te me vas. Siempre te pasa igual, empiezo a hablarte y noto que te metes en tu caja de la nada. Pay attention!

—Pero si te estaba escuchando. Algo de unas bromitas y de gente poniéndote verde.

—Ya. Bueno, lo que te decía, Harry. Da igual que a ti te la refanfinfle. El problema es que odias los batidos estos de Joylent —sentenció impertérrita.

—Cierto, esposa mía. Acabas de ganar esta discusión.

Efectivamente. Aunque las cuentas económicas salían -y podían hacerlo, si uno seguía la dieta de los estúpidos- y uno pudiera incluso notar efectos colaterales beneficiosos como adelgazar o incluso estar más sano por no comer guarradas (si es que esto no era en sí mismo una guarrada), el problema es que comer esto, se decía Harry, era un sinvivir. Volvían las imágenes de ‘Rambo‘ en el campo de prisioneros, o de Sylvester -que de lo que le machacasen en cárceles, campos de prisioneros, cárceles y demás sabía un huevo- en ‘Evasión o victoria‘, en aquel campo de prisioneros en el que por lo menos a uno le dejaban jugar al fútbol con Pelé. Que no es moco de pavo. También aparecían imágenes de películas de ciencia-ficción, claro. Uno veía a Charlton comiendo aquel soylent green en ‘Cuando el destino nos alcance‘, o a Matt papeándose el pollo liofilizado en “‘Marte (el marciano)‘ o a tantos otros actores que dejaban claro que lo de comer en el espacio debe ser bastante parecido en esencia a lo que era alimentarse con estos batidos de Joylent.

Mientras Harry reflexionaba sobre todo esto, los batidos iban cayendo. Cuando solo quedaban tres bolsas tomó una decisión medio inteligente, aunque con este producto lo más inteligente hubiera sido tirarlo a la basura. Se tomaría primero la de mango -que apuró en día y medio en un desayuno, una cena y el desayuno siguiente- y luego la de vainilla para terminar con el sabor que más le gustaba menos le disgustaba: la de plátano.

Así lo hizo. Los vasos con sus cercos radioactivos en la parte superior aparecían y desaparecían del fregadero y el lavavajillas, pero lo hacían ya con la vista puesta en el horizonte. Con un objetivo que incluso Sally empezaba a vislumbrar pese a echar pestes (las otras pestes seguía echándolas Harry por mucho que tratara de evitarlo) cada vez que veía en la encimera la coctelera, el brazo de la batidora o la cuchara para ir preparando los infames brebajes.

Y así cayó la última bolsa de mango, y luego la de vainilla, y por último la de plátano. Todas ellas confirmaron aquella idea inicial, que es lo que solía ocurrirle a Harry. Que las primeras impresiones eran las importantes. Las que perduraban. Aquello no cuajó desde el principio. Bueno, teniendo en cuenta el significado estricto de la palabra eso es lo que en realidad hacían precisamente los polvos de Soylent, pero daba igual.

Lo de Joylent no tenía sentido. O al menos, no para alguien al que le gustase mínimamente comer. Y dado que a todo el mundo le gusta comer, Joylent no tenía, en efecto, ningún sentido. Las ventajas eran a priori evidentes, se decía Harry. Es un producto barato (ni 7 euros/día por las tres comidas), es rápido y sencillo en su preparación (pero es recomendable, aunque no obligatorio, tener batidora), y puede que hasta sea más sano y te permita mantener un buen peso.

A posteriori, no obstante, casi todo son desventajas. Sobre todo porque con Joylent uno se da cuenta de lo mucho que se disfruta de comer. De masticar, saborear y disfrutar de la propia experiencia de esos productos que te gustan. Harry se lo explicaba a Sally tras aquel vaso y aquel trago final, uno que incluso grabaron en móvil para poder dejar constancia del momento final para sus descendientes y los descendientes de sus descendientes.

—No seáis estúpidos, hijos, nietos, bisnietos, etc —apuntó un Harry que volvía a ser el dicharachero que siempre frente a la cámara-, esto de los polvos para comer es una basura. Ni se os ocurra caer en mi error, para eso lo he hecho yo.

—Bueno, pero puede llegar a tener su aquel —apuntó Sally

—¿Lo cualo? —preguntó un Harry más sorprendido que nunca

—Bueno, tú yo no somos precisamente unos cocinillas, así que si uno tiene una prisa infernal, un batido de estos le puede sacar un poco las castañas del fuego.

—Puede, sí, pero creo que tras esta experiencia tengo claro que antes casi preferiría comer galletas con agua a palo seco si solo quedasen en casa eso y una bolsa de Joylent. Hasta me haría cualquier cosa y perdería esos 10 minutos extra para prepararme una ensalada o un filete zapatilla de esos que tan bien nos salen, Sally. Lo que fuera con tal de no acudir a la bolsa de Joylent.

—Sobre todo si la bolsa es sabor mango, Harry —sonrió Sally.

—Sobre todo si la bolsa es sabor mango, Sally. Cómo me conoces —más sonrisas. Ambos se miraron fijamente.

—TALT.

—TALT.


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