Tecnología

Oda a la impuntualidad

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Son las 12:14 de la mañana. Una empresa ha convocado a los medios para asistir a la presentación de cierto producto del que ahora mismo no os puedo hablar. No porque sea confidencial, no. Es que apenas sé de lo que va esta convocatoria en particular. Y aquí de momento no han contado nada. Pero deberían.

Y deberían porque la convocatoria era a las 12:00. No es que mi foto salga en la definición de “puntual” en la enciclopedia, pero cuando se trata de temas de trabajo, siempre llego antes. Siempre. Me parece una falta de profesionalidad (además de de educación) llegar tarde. Y hoy no ha sido una excepción. A las 12:10 he puesto un tuit, pero viendo que la cosa iba a más, me he puesto manos a la obra. Toma post.

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Pero en nuestro país y al menos en el ámbito de los medios, llegar tarde es casi una regla no escrita. Una que no consigo aprender. Llevo más de 15 años asistiendo a ruedas de prensa, y no recuerdo ninguna -ninguna, insisto- en que la presentación empezara a su hora.

12:21. Sigo escribiendo. Estoy sentadito mientras la gente charla animadamente y se toma el refrigerio mañanero -he visto canapés en la zona demos-. Igual soy yo, que no le saco partido a estos eventos. Ahora va a resultar que me habían invitado a un brunch -ya no se dice aperitivo o, dios nos libre, piscolabis- y no me había enterado.

12:23. Ahora somos 12 personas sentadas en la sala. Esto se anima. La gente entra relajada, y, supongo, satisfecha. No por la presentación, claro. Por haber tomado el aperitivo de las narices.

12:25. (Era un espejismo. No hay movimiento en la sala. Sigo.) Y mientras otros lo único que queremos es que la gente cumpla para poder seguir cumpliendo. Valoro demasiado mi tiempo como para soportar estas cosas. Una cosa es que amigos, familiares y conocidos lleguen tarde una y otra vez. Uno se acostumbra e incluso mide tiempos. Quedas antes para que la gente llegue a la hora que pensabas en un principio -regateando la hora de llegada, qué cosas- o haces lo que hace todo el mundo, llegar tarde tú también, pero al menos hacerlo “coordinado” con los impuntuales de turno.

12:27. Pero al menos estás en tu tiempo de ocio, claro. Pero yo aquí no vengo a charlar o a tomarme un canapé -no al menos cuando debería estar escuchando a alguien hablarme de su libro- sino a trabajar. Y el tiempo que estoy perdiendo aquí -en este caso al menos me sirve para escribir una oda a la impuntualidad- lo podría utilizar en otras muchas cosas productivas.

12:29. Al fin empieza. Ni una disculpa. Fantástico. Imposible no asociar para siempre a esta marca con la impuntualidad. Imposible no ser subjetivo.

15:34. Epílogo. Hubo gente que llegó a las 12:44 con una sonrisa estúpida de gilipollas falsa hipócrita. Resulta que antes del evento no había refrigerio, así que la satisfacción era, yo diría, por poder charlar animadamente con los compañeros de los medios. Que luego siguieron charlando, porque por lo visto a lo que iban es a charlar, escuchar la charla sobre el libro de esta empresa en cuestión -los ponentes, por cierto, muy bien, todo hay que decirlo-, y luego charlar más, pero con la ayuda de unos canapés. Y unos vinitos. Que ha sido una jornada muy dura, caray.

 

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4 comentarios en “Oda a la impuntualidad

  1. Vero dice:

    Totalmente de acuerdo. Odio esa impuntualidad. De hecho, lo he dicho en varias ruedas de prensa a ver si alguien se da por aludido. Pero en este país se valora más al que llega tarde y es un graciosillo que al que es puntual y hace su trabajo. Así es de triste.

Comentarios cerrados