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Mariposas Blancas

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De esos días había tres al año en Tapia, decían las gentes del lugar. Soleados, luminosos, cálidos. Hace muchos años aquel 16 de julio, día de la Virgen del Carmen, amaneció justo así. José Manuel ya tenía claro lo que iba a pasar ese día aunque fuera con temporal, pero aquello hacía todo aún más especial.

Con el pueblo en fiestas, fue a recoger a Agustina y la llevó a dar un paseo. Enfilaron el muelle del faro, donde había pequeños asientos de piedra, y se sentaron en el séptimo. Tras hacerlo, le pidió que se casara con él.

Ella dijo que sí.

Así comenzó una nueva vida para ambos. José Manuel habría querido ser artista y ver mundo -sacaba matrículas en dibujo en el colegio, contaba-, pero en la posguerra aquello era una ilusión: su familia le necesitaba en casa, donde además tenían tierras y algo de ganado. El sustento y el trabajo estaban asegurados en su pueblo mientras media España pasaba hambre.

Aún así en aquellos años pudo hacer algunos viajes de juventud con amigos: conoció las fiestas de San Fermín o la Feria de Abril además de ciudades como Madrid, Pamplona, Sevilla, Málaga o Cádiz. Vio un cachito de España, y con ello, un cachito de mundo. Luego, eso sí, volvía a su hogar y a sus obligaciones.

A José Manuel no le gustaba especialmente aquello, pero lo aceptó. La cosa cambió cuando conoció a Agustina, a la que él veía pura, inmaculada. Tras casarse tuvieron un niño y una niña y vivieron felices muchos años. José Manuel era trabajador y buen vecino: pronto llegarían nuevas oportunidades, y acabaría trabajando en la Caja Rural del pueblo además de seguir llevando los asuntos de sus tierras. «¡Pero si solo sé sumar y multiplicar!», le dijo al amigo que le ofreció el trabajo. «Tú vente, aprenderás el resto», respondió el otro.

Así lo hizo. En la primera reunión con sus compañeros de trabajo no dijo ni una palabra. Abotargado, apenas sí se enteraba de lo que estaban hablando. En la segunda y tercera reunión pasó lo mismo: no dijo nada. Le apodaron ‘el mudo’.

Luego llegaría una reunión más. Comenzó a decir algo. Para cuando quisieron darse cuenta, ‘el mudo’ no dejaba hablar a nadie. «¡Pues no me decís el mudo!», reía él, «ahora os vais a enterar». José Manuel hizo mucho y bueno en la caja rural, sobre todo porque como dice, «las cajas rurales sí tenían ese nombre por algo en aquella época», y ayudaban a las gentes del campo. De eso él sí sabía, y aquello le llevó incluso a ser el alcalde de su pueblo durante mucho tiempo.

Agustina, mientras tanto, se ocupaba de la casa. Para José Manuel era «como una mariposa. Una mariposa blanca. Cuando una mariposa se posa en una planta y llega el ser humano, ésta no se enfrenta. Se va revoloteando. Cuando el humano se va, la mariposa vuelve revoloteando a la planta y sigue con lo que estuviera haciendo».

Así era Agustina, cuenta. Era imposible discutir con ella y nunca criticó o dijo nada malo de nadie. Si alguien trataba de enfrentarse a ella -José Manuel trataba de picarla sin éxito de cuando en cuando- revoloteaba a otro lado y luego volvía allí a seguir con lo que estaba. Como una mariposa blanca.

Entonces llegó el cáncer. Agustina se sometió a una operación que logró darle quince años más de vida. Los últimos cinco fueron especialmente malos. Agustina, impedida en una silla de ruedas y sin poder hablar, quedó al cuidado completo de José Manuel, que jamás había cuidado así de ella. «Que una mujer cuide a un hombre es normal. Que pase al revés, no tanto». Aprendió a cambiar pañales, a bañarla junto a él, a hacer la comida, a intuir todo lo que necesitaba con una mirada, antes incluso de que esa mirada se produjese. Estuvo con ella hasta el final aunque eso acabó suponiéndole malvender aquel negocio ganadero que iba mejor que nunca pero para el que ya no tenía tiempo. El tiempo era para Agustina.

Todo acabó un 16 de julio, día de la Virgen del Carmen. El mismo día que muchos años atrás se había producido aquella petición de mano, Agustina se fue. Revoloteando.

José Manuel y sus hijos asistieron a la misa fúnebre y al entierro, destrozados, junto a familiares y a amigos. En la ceremonia se produjo aquel rato extraño y absurdo en el que tras introducir el ataúd en el nicho, los obreros comienzan a tapiarlo con ladrillo con parsimonia. José Manuel rompió a llorar desconsolado, pensando que había perdido a Agustina para siempre.

De repente, una mariposa blanca apareció revoloteando delante de él. «Fue como un limpiaparabrisas, dejé de llorar al instante. Ella estaba conmigo», contaba.

Las mariposas blancas nunca dejaron de acompañarle.

Hoy José Manuel sigue recordándola. Le hubiera gustado escribir su historia y sus recuerdos, pero «escribir es difícil». En lugar de eso, expresó aquellos recuerdos y aquella historia de una forma distinta. Desbrozó una parcela de sus tierras y comenzó a construir un bosque de recuerdos: aprovechó troncos y ramas con formas caprichosas para dar forma a diversos animales en un peculiar zoo vegetal. Un pavo real, una jirafa, unos flamencos, un caracol. Llenó el bosque de creaciones artísticas -otra matrícula para él, años después- que dedicó, cómo no, a su Agustina. Había allí tres mariposas también representadas.

«Me queda hacer la cuarta», decía. «Una gran mariposa blanca».


Epílogo: parece increíble, pero conocimos a José Manuel el pasado 16 de julio de 2020. El día de la Virgen del Carmen. Una señora del lugar nos vio paseando con los niños y nos recomendó dar un paseo por el bosque de los recuerdos de Tapia de Casariego -no sale en las guías- Llegamos a ese lugar sencillo, y lo cierto es que aunque era curioso no parecía gran cosa. Entonces llegó José Manuel en su coche para regar las flores del lugar y empezó a hablarnos y contarnos todo. Fue entonces cuando ese lugar sencillo se convirtió en algo especial. Es curioso cómo el contexto lo es todo. Cómo las pequeñas historias pueden ser grandes historias. Antes de irnos nos dijo una cosa más. Aquella mañana había ido a dejar unas hortensias al banco número siete del muelle.

Evidentemente, fuimos allí al día siguiente a verlo.

Las hortensias estaban allí.

Era también un día soleado, luminoso y cálido. De esos de los que dicen que hay tres al año en Tapia.

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34 comentarios en “Mariposas Blancas

  1. Hector dice:

    Me acabas de recordar el lugar precioso.
    Mi padre es de Tapia de Casariego y esta hospitalizado ahora mismo. Cuando salga, si todo va bien, iremos juntos al bosque.
    Le debo mucho e intentaré devolverle algo.

  2. Las mariposas simbolizan el alma de las personas (mariposas blancas) y su alegre revoloteo la entrada al plano de la felicidad eterna (mariposas amarillas). El vuelo de las mariposas es señal de paz y amor infinito .

  3. Yair José dice:

    «Las mariposas amarillas invadían la casa desde el atardecer. Todas las noches, al regresar del baño, Meme encontraba a Fernanda desesperada, matando mariposas con la bomba de insecticida. «Esto es una desgracia -decía-. Toda la vida me contaron que las mariposas nocturnas llaman la mala suerte.» Una noche, mientras Meme estaba en el baño, Fernanda entró en su dormitorio por casualidad, y había tantas mariposas que apenas se podía respirar. Agarró cualquier trapo para espantarlas, y el corazón se le heló de pavor al relacionar los baños nocturnos de su hija con las cataplasmas de mostaza que rodaron por el suelo. No esperó un momento oportuno, como lo hizo la primera vez. Al día siguiente invitó a almorzar al nuevo alcalde, que como ella había bajado de los páramos, y le pidió que estableciera una guardia nocturna en el traspatio, porque tenía la impresión de que se estaban robando las gallinas. Esa noche, la guardia derribó a Mauricio Babilonia cuando levantaba las tejas para entrar en el baño donde Meme lo esperaba, desnuda y temblando de amor entre los alacranes y las mariposas, como lo había hecho casi todas las noches de 105 últimos meses. Un proyectil incrustado en la columna vertebral lo redujo a cama por el resto de su vida. Murió de viejo en la soledad, sin un quejido, sin una protesta, sin una sola tentativa de infidencia, atormentado por los recuerdos y por las mariposas amarillas que no le concedieron un instante de paz, y públicamente repudiado como ladrón de gallinas»

    • No me acordaba de ese pasaje de «Cien años de soledad», pero el estilo de García Márquez es inconfundible. Me temo que me da casi vergüenza que lo incluyas: estoy muy, muy lejos de algo así. Qué maravilla, y solo es un trocito.

  4. Overcorp dice:

    Uno viene al blog a leer que Apple hizo algo mal no a que nos hagas llorar. Me encantó, te felicito y espero ta vayas animando a escribir más este tipo de relatos.

    Saludos

  5. Jaens dice:

    Xd Javi, que lo tuyo es esto y no te has enterado, deja ya a Apple y todo lo relacionado y ponte con este tipo de historias, o sácale un minisección en el blog que seguro te forraras…, bueno quizá no te hagas rico, pero seguro que tus lectores habituales disfrutaremos muchísimo y hasta algo de orgullo del bueno sentirás por esas creaciones que se salen un poco de lo tecnológico.

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