Antes de ponerme a escribir esto le pedí hace un momento a Claude que me escribiese una historia de ficción sobre jóvenes y redes sociales. Intento no pedirle muchas historias a Claude ni a otras IA porque me doy cuenta de que cada vez escriben mejor y eso me inquieta, y una vez más mis miedos se confirman. La historia es bastante maja si queréis leerla.
Pero primero, mi reflexión. Una lógica en un tema que me toca muy de cerca, porque el Gobierno de España se propone prohibir las redes sociales a los menores de 16 años y yo tengo dos niños de 15 (Lucía) y 13 (Javi Jr) que están justo en el público objetivo al que afectará la medida. Y la pregunta, claro, es:
¿Deben prohibirse las redes sociales a los menores de 16 años?
Mi visión está dividida y soy incapaz de dar una respuesta demasiado contundente. Quienes me leéis desde hace tiempo sabéis que no soy yo muy fan de las redes sociales. Todas empezaron con buen bien y buenas intenciones, y todas han acabado corrompiéndose. Y ahí, queridos todos, tenemos tanta culpa nosotros como las plataformas. Que sí, que Facebook lo ha hecho fatal con la privacidad y que TikTok e Instagram tiene un algoritmo que nos hace adictos al doomscrolling, pero todo ese contenido lo generamos nosotros, que compartimos opiniones, imágenes y vídeos que en lugar de sumar, restan. Lo hacemos por todo tipo de motivos, y lo hacemos además con ese superpoder que se ha convertido a la vez en la cara y la cruz de estas redes y de internet: el anonimato.
Yo vivo ese dilema desde la perspectiva de un padre con adolescentes, pero intento ponerme en su lugar. Si lo hago, me digo a mí mismo «¡qué fuerte, cómo me van a quitar mi insta y mi tiktok!». Pero como padre, entiendo la intención oficial: las redes son implícitamente tóxicas porque su propia naturaleza las lleva a eso, así que representan un peligro real. Uno que está provocando problemas de salud mental en jóvenes porque las redes son catalizadoras de todo lo que vivimos en nuestro mundo.
Así que por un lado tenemos buenas noticias, porque potencian cosas buenas que tenemos los seres humanos. Cosas como la creatividad, imaginación, inspiración, expresión, talento, descubrimiento, comunicación, participación o solidaridad. Esas cosas las vemos en redes y nos emocionan, pero el problema es que son un bien escaso. Lo que realmente se ve, lo que más se suele ver, son las cosas malas. Las envidias, los odios, las soberbias, los orgullos, los rencores, las codicias, las inquinas, las furias, las rabias, las arrogancias y los desdenes.
Yganan todas esas cosas malas. Por goleada. Y el problema es saber manejar todo eso. Ya es muy difícil hacerlo cuando eres adulto, así que no imagino poder hacerlo con menos de 16 años, cuando las inseguridades y los complejos pueden acabar haciéndotelo pasar muy mal. Y veo a mis niños, que usan TikTok (Javi no, lo tiene prohibido en su móvil) y aman YouTube, y de cuando en cuando les cotilleo, y respiro porque ven (creo) chorradas inofensivas. No solo eso: ven cosas creativas: aprenden a dibujar mejor, o a hacer postres, o a hacer algún baile, que no es que sea algo que yo valore especialmente pero que es un entretenimiento inocente. ¿Me gustaría más que mis niños leyesen algún ensayo estupendo como ‘Suscriptocracia‘? Pues claro. Uy, espera: Lucía ya se lo ha leído y le ha gustado bastante (aunque no esté al nivel de su biblioteca romantasy).

Pero les veo pegados a las pantallas y me digo: «es que yo en esta época hubiera estado igual». Esto todo demasiado fácil, demasiado cómodo, demasiado que viva la dopamina. Aquí creo más en el argumento de educar bien y poner límites siendo un poco Rottenmeier que en prohibir y censurar. Intento darles herramientas para que tengan un poco de visión crítica, y por supuesto les pongo límites al uso del móvil o el iPad gracias al maravilloso Family Link y a los controles parentales. Pero claro, tienen demasiadas alternativas: si el móvil se acaba, tienen el iPad, y si no el ordenador o en última instancia la tele. Vivimos inundados de pantallas, así que al final no hay control parental que valga. Lo que se impone es un «Fuera pantallas, niños» para que se pongan a leer, o a dibujar, o a jugar al pádel —mira que les he dado clase, pero no me van a jubilar, me parece—.
Pero insisto, creo que prohibir no es el camino. De hecho ese argumento de los Estados de «hacemos esto para proteger a los jóvenes» a mí me sonó rancio desde el principio. Esto no se trata de proteger a los jóvenes, como antes el argumento tampoco era en realidad el de protegernos contra el terrorismo. El verdadero argumento es el de siempre:
Control.
Que es lo que quieren los países. Porque si al final cae ese sistema de verificación de edad, tendrán una potencial herramienta fantástica para crear perfiles de usuario aún más precisos con los que influir o censurar o —quién sabe— arrestar. La distopía de ‘1984’ y de otras tantas novelas y películas y series vuelve a presentarse ante nosotros inevitablemente, y aunque la medida fuera realmente «pura» y solo se dedicase a eso, no estoy seguro de que votara apoyándola. Y desde luego no votaría a favor de eliminar el anonimato, aunque cuando eso tenga desventajas claras en la toxicidad de la red de redes.
Pero no creo en la dictadura de las redes. Ese sistema nunca ha funcionado políticamente, y dudo que lo hiciera en internet. Internet está mejor siendo anárquica, aunque sea una anarquía ilusoria porque las Big Tech están ahí manejando los hilos. Y los reguladores y el sistema judicial (¿afortunadamente?) por encima aún más de esas empresas. No es el esquema ideal, pero funciona y se ajusta.
Las analogías con el alcohol o el tabaco o el coche son fáciles de hacer aquí. Los menores no tienen acceso a ninguna de esas cosas hasta que cumplen cierta edad porque tienen riesgos, así que deberíamos plantear mecanismos similares para las redes sociales, ¿no?
Pues sí pero no. Es casi instintivo equiparar las redes sociales con el tabaco y, por tanto, apoyar esa potencial prohibición. Pero hay una comparación aún mejor. Igual las redes sociales no son como el tabaco. Igual son más como la comida basura. Es justo lo que propone un texto bastante majo de The New Yorker del que cito un pequeño párrafo bastante revelador:
«La cuestión ahora no es si estas plataformas son perjudiciales para los niños (lo son) o incluso si se deben tomar medidas (se deben tomar). En cambio, tenemos que decidir si, para los niños, las redes sociales son más como una Big Mac o como un Marlboro
[…]
Los cigarrillos merecen ser prohibidos porque tememos que su consumo durante la infancia pueda conducir a una adicción de por vida, aumentando los riesgos de cáncer de pulmón, enfermedades cardíacas y otros problemas de salud. El consumo de comida basura, por otro lado, parece una actividad que pueden controlar los padres y que, con moderación, podría causar daños permanentes de forma menos directa.».
Estoy bastante alineado con esos dos párrafos y creo que lsa redes sociales pueden (y deben) ser controladas por los padres en el caso de los menores. Si la educación y el control parental (no el de las apps, el nuestro) es buena, el daño —que puede haberlo— debería tener consecuencias más leves. Dejar eso en manos de las leyes es, creo yo, querer ponerle puertas al campo. Y no le le pueden poner puertas al campo.
No sé. Yo lo del carné de redes sociales no lo veo.
Y a continuación, por cerrar y por si os apetece, la historia que le pedí a Claude. Que no está mal del todo, diría.
Mi prompt: escribe una historia sobre una chica que usaba bien las redes sociales de forma creativa y que conocía a un chico que las usaba de forma adictiva, estaba súper metido en ellas. Luego llega el Gobierno de su país y limita el acceso a los menores de los 16, así que tienen que dejar de usarlas. Qué es de sus vidas?
Sin filtros
Marta tenía dieciséis años cuando el mundo digital todavía era suyo.
No de una forma obsesiva. De la otra forma, la buena, la que poca gente sabe exactamente cómo describir. Usaba Instagram para documentar las baldosas hidráulicas del barrio antiguo de su ciudad, esas que nadie miraba ya. Tenía una cuenta con cuatro mil seguidores —no mucho, pero todos reales— donde publicaba una vez a la semana una foto sin filtros, con una frase corta que ella misma escribía. Cosas como «esto lo pisó alguien en 1931 y no lo sabía» o «la ciudad tiene capas, como las personas». Le gustaba el proceso tanto como el resultado. La búsqueda, el encuadre, la espera de la luz correcta.
Las redes eran una herramienta. Como un cuaderno, pero con audiencia.
Daniel era otra cosa.
Lo conoció en el instituto, en una clase de Historia donde él llegó tarde porque se había quedado dormido. Dormido, porque había estado hasta las tres de la madrugada en TikTok. Tenía quince años y el teléfono era una extensión de su mano, literalmente: había desarrollado una pequeña callosidad en el pulgar derecho de tanto hacer scroll. Seguía a cuatrocientas cuentas. Publicaba stories que desaparecían antes de que nadie las procesara. Vivía en ese estado extraño de haber consumido doce horas de contenido al día sin poder recordar nada concreto de lo que había visto.
No era mala persona. Era solo… poroso. El algoritmo lo atravesaba.
Se hicieron amigos de esa manera rara en que se hacen amigos los adolescentes: sin decidirlo, sentándose juntos en el recreo tres días seguidos hasta que ya era costumbre. Marta le enseñó una baldosa especialmente bonita en el suelo del patio. Daniel le mandó un meme relacionado con baldosas que había encontrado en Reddit. Era una forma de comunicación.
La ley llegó en enero, como suelen llegar las cosas importantes: de golpe y con meses de ruido previo que nadie había tomado en serio.
El Gobierno aprobó la restricción de acceso a redes sociales para menores de dieciséis años. No era una sugerencia. Era verificación real por documento de identidad, acuerdos con las plataformas, multas para las empresas que no cumplieran. Australia lo había hecho antes. Otros países lo estaban debatiendo. Ahora era el turno de este.
A Marta le afectaba. Tenía quince años y diez meses.
Se lo tomó con una irritación tranquila, que era como se tomaba la mayoría de las cosas. Exportó sus fotos, guardó los contactos de las personas que le importaban, escribió una última publicación: una baldosa rota a medias, con la frase «todo lo que empieza tiene una textura distinta al final». Cuatro mil personas le dieron like. Luego cerró la cuenta.
Le quedaban dos meses para los dieciséis. Podía esperar.
A Daniel le afectaba de una manera completamente diferente.
La primera semana fue clínica. No en sentido figurado: su madre lo llevó al médico porque no dormía, tenía ansiedad, se quedaba mirando el techo. El médico dijo que era normal, que era abstinencia de dopamina, que pasaría. Daniel no estaba seguro de que pasara. Las noches eran largas de una forma que no había experimentado antes, llenas de un silencio que no sabía cómo llenar.
Lo llamó a Marta. Por teléfono. Llamada de voz, algo que ninguno de los dos hacía casi nunca.
—¿Qué haces cuando no tienes el móvil? —le preguntó.
—Ahora mismo estoy mirando por la ventana.
—¿Y?
—Y nada. Solo mirando.
Hubo una pausa larga.
—Eso suena horrible —dijo Daniel.
—Al principio sí.
Lo que pasó después fue distinto para cada uno, y eso era lo interesante.
Marta cumplió dieciséis años en marzo y volvió a las redes con su cuenta nueva, reconstruida desde cero. Había pasado dos meses sin ellas y había descubierto algo que ya sospechaba: que lo que echaba de menos no eran las plataformas sino el proceso de mirar. Así que había seguido mirando. Con una cámara analógica que le dejó su padre, sin poder publicar nada, sin saber si alguien lo vería. Había algo liberador en eso. Cuando volvió, publicaba diferente. Más despacio. Con menos necesidad de respuesta. Los cuatro mil seguidores se convirtieron en cinco mil en seis meses, pero eso ya le importaba menos.
Daniel tardó más.
Los dos meses obligatorios se convirtieron en una especie de reinicio forzado que, al principio, odiaba profundamente y que, hacia el final, había empezado a entender. Había leído tres libros —no muchos, pero tres más que en el año anterior—. Había aprendido a hacer pan, que era una actividad ridícula pero que requería atención real, atención que no se podía dividir. Había descubierto que podía aburrirse y sobrevivir al aburrimiento, que al otro lado del aburrimiento a veces había una idea propia, generada por él, no sugerida por un algoritmo.
Cuando cumplió dieciséis y pudo volver, tardó dos semanas más en hacerlo. No por principios. Solo porque estaba en un momento bueno del pan.
Volvió con una cuenta nueva, siguiendo a treinta personas en lugar de cuatrocientas. La callosidad del pulgar fue desapareciendo.
No se hicieron novios, porque la historia no va de eso.
Se siguieron viendo en el instituto y luego, cuando acabó el instituto, de esa manera intermitente en que se ven los amigos que se quieren pero no se necesitan constantemente. A veces Marta le mandaba una foto de una baldosa. A veces Daniel le mandaba un meme sobre baldosas. Era una forma de comunicación que había sobrevivido a todo.
Años después, cuando alguien le preguntaba a Daniel qué había cambiado en él, decía que la ley le había hecho un favor que él no le habría pedido nunca. Que a los quince años no tienes los mecanismos para salir solo de según qué pozos, y que a veces necesitas que alguien tape el pozo desde fuera.
Marta, cuando le preguntaban lo mismo, decía algo diferente.
Decía que ella no había cambiado mucho. Que el problema nunca había sido el pozo, sino saber para qué bajas a él.
Que las herramientas no son buenas ni malas.
Que depende de las manos.
[FIN]
Vuelvo yo: la historia no está mal del todo, ¿eh? Ays.

