Tecnología

Stan Lee y los gigantes

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Aquello sucedía un día tras otro. Mi hermano y yo volvíamos como siempre del cole, y tras dejar la ruta doblabábamos la calle Antonio López por Esteban Arteaga. El kiosko estaba en la otra esquina, pero cruzábamos felices esos metros de más porque aquel tipo de establecimiento, hoy casi desaparecido, era como un gran catálogo de sueños y aventuras. Era en muchos sentidos el internet de hoy: una puerta a la información y el entretenimiento. Ambos, eso sí, controlados por grandes grupos editoriales. Ambos, por cierto, de pago.

Supongo que todo comenzó así, porque ni siquiera lo recuerdo.No sé siquiera cómo descubrimos el inicio de Cómics Forum, pero intuyo que fue a raíz de esas visitas al kiosko.

Lo que sí recuerdo es comprar aquel primer número de Spiderman por 95 pesetas -0,57 euros al cambio, toda una fortuna para niños de 10 años en el 83- y alucinar con las aventuras de un superhéroe terrenal. Un chaval que tenía los mismos problemas y preocupaciones que podíamos tener cualquiera de nosotros, pero que además se dedicaba a salvar al mundo —o parte de él— por 95 pesetas y cada quince días cómodamente en su kiosko más cercano.

Aquel fue el principio de una etapa de 5 o 6 años en la que básicamente devorábamos tebeos cómics. Nuestros ingresos eran escasos porque el dinero de los domingos daba para lo que daba, pero yo diría que invertíamos un mínimo del 80% en comprar cómics. Siempre caía Spiderman, pero fuimos compatibilizando aquella colección con números de Daredevil, Los Vengadores y, sobre todo, la Patrulla X, que acabaría siendo nuestra colección predilecta durante buena parte de esa etapa. Hubo algún escarceo más con miniseries —Secret Wars I y II—, o con series paralelas como Los Nuevos Vengadores, Los Nuevos Mutantes, o Factor X, pero por lo general las opciones por defecto eran Spiderman y La Patrulla X.

Seguimos teniendo esos cómics. No recuerdo cuántos hay, pero deben ser unos 300. Llegamos como al 130 de Spiderman y al 110 de La Patrulla X, por ejemplo. No son demasiados, pero lo realmente importante es que cada uno de ellos —unos más que otros— nos trasladó de una manera mágina e inolvidable. Lo hacían una y otra vez, porque era fantástico releerlos continuamente aun sabiendo cómo acabaría la historia.

Y un día, dejamos de coleccionar. Quizás nos aburrimos, no sé. Recuerdo que los hilos argumentales empezaban a hacerse algo rarunos, sobre todo en La Patrulla X. Pero sobre todo tengo la sensación de que considerábamos que a nuestros 15 o 16 años seguir coleccionando cómics era un poco de niños pequeños. Queríamos hacernos mayores y lo de los cómics como que no pegaba.

Qué estupidez.

Tardaría bastante en descubrir que aquella pasión por los cómics se había transformado en algo más para mucha gente que los vivió mucho más que nosotros y que seguía gastándose el nuevo dinero de los domingos —su nómina— en mantener colecciones enormes. Para entonces mi interés por el mundo de los cómics era testimonial, y aunque tuve la oportunidad de leer algunas cosas —incluidas novelas gráficas serias que eran para mayores, oiga usted—, comprobé que aquello simplemente ya no me llamaba la atención. Apreciaba el formato, pero prefería otros hechos de ceros y uno.

Aquel redescubrimiento de los cómics —o más bien, de los que los coleccionaban— coincidió con un acontecimiento impensable cuando éramos niños. Recuerdo haber ido a ver ‘Superman’ al cine de niño, y recuerdo lo mucho que me impactó la película. A medida que me hacía (algo) más mayor y empezaba a coleccionar cómics pensaba: «vamos a ver, Javi«, —lo de Javipas llegaría más tarde— «¿cómo es posible que nadie esté haciendo pelis de superhéroes a gogó?«. Para mí era un filón desaprovechado, pero evidentemente las productoras no veían futuro a aquello o no podían poner en marcha proyectos que necesitaban de unos efectos especiales inabarcables en los años 80 y lo 90. Hubo escarceos bastante pobres con Batman e intentos aún más lamentables (‘Howard el pato’, ‘Teenage Mutant Ninja Turtles’) hasta que por fin a alguien se le encendió la bombilla y en el año 2000 se estrenó ‘X-Men’.

Ostras, aquello molaba. Y los estudios se dieron cuenta, porque todos comenzaron a sacar películas de superhéroes como churros. Algunas más afortunadas que otras —sigo pensando que Spidey se merece algo más—, desde luego, pero todas confirmando aquella reflexión que tuve de adolescente y que demostraba claramente que ya entonces era un visionario. Diría que la cosa se les ha ido un poco de las manos tanto a los de Marvel Studios como a los de DC Films, y lo normal es que la superproducción de turno cumpla dos requisitos: 1) uno o varios tráilers alucinantes que ya te cuentan todo lo que había que ver 2) un desarrollo que te confirma que no hacía falta pagar porque valía con seguir el punto 1). Hay excepciones —me gustó bastante ‘Avengers: Infinity Wars’, por ejemplo— pero en general mi opinión es la de que una vez más las productoras han hecho lo que otras en el mundo de la tecnología: fijarse más en la forma que en el fondo. En este caso, mucho efecto especial y poca historia.

Y aún así, qué privilegio haber podido vivir todo eso (y criticarlo).

Qué suerte he tenido, leñe. Qué época absolutamente mágica de creadores que han podido crear y hacernos soñar, y cuántas horas de entretenimiento puro y en muchos casos inocente. Ni la violencia era demasiado violenta en aquellos cómics: era una época luminosa hasta en eso. Hoy está más de moda ponerlo todo en oscuro —y si no que se lo digan a un Batman que ha ganado a tope con ese envoltorio—, pero aún así todo tiene su punto si uno quiere y puede cogerlo.

Insisto. Qué suerte he tenido. Qué potra.

Para alguien que no cree demasiado en la suerte eso es toda una revelación, claro. Pensándolo fríamente, no tuve suerte en absoluto. Todo fueron casualidades que se unieron. El destino, lo llaman algunos. La casualidad de nacer en un país desarrollado, de tener dinero de los domingos, de pasar por un kiosko a la vuelta del cole, de tener 10 maravillosos años en aquel momento, de ser muy niño y querer seguir siéndolo, y sobre todo de tener muchas ganas de soñar.

Y la casualidad de que al otro lado hubiera un mundo de gigantes. Gigantes con nombres como John Romita Sr y John Romita Jr, Sal Buscema, John Byrne, Art Adams, Andy Kubert, Chris Claremont, Steve Ditko, Jack Kirby, Bill Sienkiewicz, Todd McFarlane y tantos y tantos otros que se me olvidan por el camino y que estuvieron o llegaron después. Ahí estaban todos, nada más abrir el cómic, con sus nombres con aquella maravillosa tipografía inconfundible. Y probablemente por encima de todos, él.

Stan Lee.

El gigante de gigantes. Alguien imperfecto que logró vendernos un montón de sueños. Debo reconocer que tras la muerte de Stan Lee esta semana no sentí una pena especial. Mi percepción de él estaba contaminada por algo para mí imperdonable: el hecho de que —que yo sepa— jamás tuvo el detalle y la honestidad de reconocer que se había apoyado en otros muchos gigantes, sobre todo al principio. Pocas fueron las veces que concedió cierto crédito (atentos a esta lectura) a Jack Kirby o Steve Ditko. Puedo estar equivocado, pero mi sensación de nuevo es la de que aunque Stan Lee trabajó incansablemente —y lo hizo— para poner el mundo de los cómics al alcance de todos, lo hizo sin dejar de aprovechar jamás una oportunidad para salir en la foto. Era el primero en los créditos de los cómics, y el que siempre tenía que hacer un cameo en las películas de Marvel. Me avergüenza ver cómo tantos y tantos medios se han limitado a hacer un repaso de esos cameos para atraer visitas fáciles, porque la colosal contribución de Stan Lee fue mucho más que eso.

Esperaba ver algún homenaje de verdad a alguien que ha significado tanto para tanta gente. En lugar de eso la mayoría de medios se ha dedicado a hacer un triste y breve repaso a su biografía, a juntar los cameos de moda o a incrustar algunos mensajes en Twitter o Instagram con lo que las celebridades decían tras el fallecimiento de Lee. Nadie en los grandes medios (generalistas o no) debe haber leído jamás un cómic. Qué triste.

No todo está perdido, afortunadamente. Hay un homenaje en toda regla que de hecho no es de ahora, sino de 2016. El artículo de Vulture, titulado ‘It’s Stan Lee’s Universe‘, era y es una verdadera maravilla que quizás os apetezca leer si queréis conocer un poco al personaje y hacerlo además a través de una visión crítica.

Yo no llego a ese nivel y este post no lo intenta. No lo hace porque ni siquiera es un homenaje específico a Stan Lee. Este post va muy especialmente por él, pero también va por todos esos gigantes gracias a los cuales nos trasladamos y seguimos trasladandonos a mundos fantásticos. Va por Spidey, por la Patrulla X, e incluso por Superman o Batman.

Va por todos aquellos que hacían de aquel kiosko un lugar tan especial.


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6 comentarios en “Stan Lee y los gigantes

  1. Overcorp dice:

    A mi me da cierto sentimiento de melancolía ver como llega esa época en que los héroes de mi infancia empiezan a morir, vaya que uno se va haciendo viejo tan de apoco que no lo vemos venir.

  2. Lambda dice:

    Qué cosas. De repente, leer esto me ha traído al momento en el que estaba en el polvoriento trastero de un aula de dibujo, y encontrar un pequeño volumen de la Patrulla X, con Stan Lee en los créditos de guión, ahí. Estaba abandonado literalmente en un recóndito estante, pero la curiosidad infantil pudo más que el frágil equilibrio de malabarismos para llegar. Yo creo los X-men se hicieron un huequecito aquel verano en mi cabeza, aunque no siguiese leyendoles…

    Me alegro que el buen Stan sea tan recordado y querido. La obra de él es ingente, la verdad.

  3. Manuel dice:

    Yo abandone el comic de superheroes al regresar de América con 10 años, pues a principios de los setenta por aquí no había nada de eso, pero ello me permitio descubrir la linea clara y el comic europeo, y empece a soñar con las aventuras de Tintín, Astérix, Barbarroja, Blueberry y compañia.
    Y en cuanto al cine de superheroes, yo lo llama cine de escombros, y visto los primeros escombros, todos los demas son iguales. A Hollywood solo le interesa la pasta.

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