Tecnología

Fortnite a los 44 palos

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Seguramente unos cuantos recordéis aquel post en el que contaba la historia de cómo Harry era el peor jugador del mundo de Battlefield 1. Un año después, claro, la cosa ha cambiado bastante.

Me han fichado en un equipo de eSports No voy a poder dedicarme a ello profesionalmente, pero mi nivel es a estas alturas aceptable. Lo normal en aquel momento era que de los 32 jugadores en cada bando yo acabara entre los 4 o 5 últimos en puntuación. Ahora suelo andar en la mitad de la tabla, y en alguna que otra ocasión en la que la cosa se me da bien (y me junto con el típico equipo de pros por casualidad) acabe entre los cinco primeros.

Dudo que llegue mucho más allá —más sobre esto en el futuro, que hay experimento en marcha— pero sea como fuere estoy razonablemente contento de mi nivel, y cuando logro sacar algún ratillo me lo paso en grande con un juego que me ha devuelto ese singular ‘mono’ que provocan los videojuegos cuando enganchan. Ya sabéis: las horas se hacen minutos, y los minutos, segundos. Pero yo controlo, ¿eh?

El caso es que he asistido a la aparición de muchos FPS desde entonces, pero el que más curiosidad me provocaba era Fortnite. Ni siquiera sabía muy bien cómo funcionaba, pero tras ver a un sobrino jugar brevemente con sus coleguis —cómo me hubiera molado jugar online con mi chupipandi en tiempos del C64 o del Amiga— a sus 10 u 11 primaveras me quedé con la copla.

A todo eso se añadió ese potencial punto de inflexión que ha marcado Fortnite Battle Royale con sus versiones móviles, idénticas a las de PC/consolas, y sobre todo con su crossplay casi total, pudiendo un chaval con un iPhone jugar en un servidor contra otro que juega en su Switch o en un PC. Es el todo contra todos, pero a lo bestia, sin separación de plataformas aun cuando eso da ventajas a unos (ratón y teclado) y no a otros.

Total, que ayer tuve un rato muerto y me dije a mí mismo que quizás no estaría mal probarlo. Cualquiera puede hacerlo, porque al menos hasta donde yo sé puedes jugar a Fortnite sin pagar todo lo que quieras —hay compras en el juego, claro— y, además, online. Es algo que ya de buenas a primeras es alucinante, y que a mí me venía al pelo para unirme a toda esa generación de infantes, teenagers y no tan teenagers que inundan los servidores de este juego. En enero eran 40 millones, y estoy bastante seguro de que la cifra ha crecido unos cuantos milloncejos de usuarios más. Es tremendo.

El proceso es sencillo. Te conectas a la página de Epic Games, te descargas el instalador y a tirar millas con la tradicional descarga e instalación que ocupa, creo recordar, unos 20 GB en la versión de Windows. Hay que crear una cuenta de usuario en Epic Games para poder jugar, así que tras completar ese paso tenía ya todo preparadito en apenas 15 minutos.

Este chaval está ganando, dicen, 500.000 dólares al mes con su canal de Twitch. Y no juega mal, no 😛

Primera partida. Qué emoción, qué emoción. Me pongo a ello y lo primero, un menú con una estética muy Team Fortress, muy tirando a dibujos animados. Aquí nos encontramos con unos escenarios y personajes que ni quieren ser súper detallados ni lo intentan, y creo que eso es un acierto porque probablemente libera muchos recursos y hace que precisamente esas versiones móviles no se vean (demasiado) perjudicadas.

La mecánica, como descubrí rápidamente, es de lo más sencilla. Yo me puse partida individual —si juegas con amigos puedes jugar por equipos, algo que tiene que molar bastante— y tras unos segundos ya estaba todo en marcha. Tú y otros 99 jugadores sois arrojados en una especie de ala-delta/paracaidas a una isla en la que os tenéis que cepillar unos a otros. De partida tienes un arma básica (un hacha, un mazo, algo así) pero hay diversas armas repartidas por todo el mapa, y lo gracioso es que ese mapa va empequeñeciendo con el tiempo.

Eso significa que tras 30 minutos (creo) la partida se acaba y el ganador es el que queda vivo, y como el terreno se va haciendo cada vez más pequeño eso condiciona tus movimientos y los de tus rivales. Una vez te matan puedes ver progresar al tipo que lo hizo, aunque curiosamente no hay repeticiones de las muertes, algo que eché de menos en esas primeras partidas.

Al principio jugué en modo gorki. Ya sabéis, pululando por ahí sin enterarme mucho de qué iba la cosa. Cuando caí a las primeras de cambio (esto tiene que ver poco con Battlefield 1 por muy FPS que sea) me quedé viendo a los que iban matándose entre sí y me enteré de unas cuantas cosas, como esa curiosa capacidad de construir paredes y escaleras —si antes has recolectado madera, ladrillos u otros materiales— para protegerte o acceder a sitios elevados. La gente usa esa capacidad de una forma realmente prodigiosa, y aquí hay un toque Minecraft simpático que añade otro punto de estrategia muy curioso.

El caso es que tras 4 o 5 partidas entendí toda esta fiebre por Fortnite o por su claro rival, PUBG. ¿Cómo? Pues porque nada más morir estaba dándole como loco a salir de la sala para iniciar sesión en otra y volver a intentarlo. Sensación familiar: horas que se convertían en minutos, y minutos en segundos. Ese es el éxito inequívoco de un juego simple, resultón y sin exigencias especiales. Cualquiera puede jugar porque en 5 minutos le has cogido el tranquillo, y a partir de ahí, como siempre, todo es practicar y morir. Morir un montón.

Y en esas me quedé. Entendiendo ese fenómeno por el que los teenagers suspiran en estos tiempos. Ese que probablemente les quite alguna que otra hora de estudiar o de otro tipo de ocio ‘más sano’, pero que me reconcilia conmigo mismo y me provoca esa sonrisa de (humilde) suficiencia y de perro ya algo viejuno.

Lo hace porque, chavales, no hay nada nuevo bajo el sol. No si uno mira atrás un cuartito de siglo y recuerda aquellas Doomeadas de la Facultad de Informática en la UPM. Aquello era distinto, pero seguro me entendéis si os digo que en realidad era igual.

Las horas se convertían en minutos y los minutos en segundos.

Entonces, y ahora.


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