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Harry y los chicos chulis

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—Esa nécora tiene un ROI muy bajo, Jake —dijo Joe, viendo a Jake luchar por sacarle algo de partido al crustáceo que decoraba su plato.

—Pues sí. La concha de su madre… —maldijo Jake, a quien su procedencia argentina le delataba una y otra vez.

Allí estaba Harry, disfrutando —un poco pedete, todo sea dicho— de la compañía de los chicos chulis. Joe, Jake, Mason y Travis le acompañaban en su periplo por tierras gallegas esos días.

Y en aquel momento, por supuesto, todos ellos estaban igual de pedetes que Harry.

Bueno, todos no. Travis —reciente compañero de expedición en otra aventura gastronómica—, se sacrificó por el grupo y paró de pimplar Ribeiro a tiempo. Sus compañeros brindaron por su determinación, y siguieron celebrando estar en Santiago, estar sin las mujeres y sin niños, estar juntos, estar disfrutando de una mariscada del carallo y además estar pedete.

O lo que es lo mismo, estaban celebrando la vida.

Aquel viaje había empezado en realidad mucho antes, cuando tras alguna reunión de la llamada comuna —igualmente selecta, pero que englobaba a varias familias— los chicos chulis se dieron cuenta una vez más que lo de reunirse estaba muy bien y que podría estar aún mejor si lo hacían además en plan escapada. Las cervezas y los vinos actuaron de perfectos catalizadores, las perezas desaparecieron, la exaltación de la amistad triunfó y aquella noche todos fijaron fecha y destino. Santiago de Compostela, la tierra de Travis, les esperaría con los brazos abiertos.

Así fue como llegó el día D y la hora H. Cinco de los chicos chulis —hubo alguna ausencia por compromisos ineludibles— se metieron en el potente Buick Envision de Travis. Que potente era un rato, pero no estaba hecho para cinco hombres hechos y derechos, a pesar de que entre las filas de ese grupo se contasen triatletas experimentados como Jake. El pobre Mason, más adaptable que los demás, soportó con estoicismo ir en el asiento de en medio de la parte de atrás, mientras que Joe (“Big Joe”, para entendernos) se acomodaba en el asiento del copiloto y Jake y Harry flanqueaban a Mason.

El viaje, para qué negarlo, se hizo largo. Travis conducía a la velocidad del rayo, pero el hecho de que el Bluetooth de aquel Buick no funcionara se unía al hecho de que hiciera un calor del carallo (en este post sonará mucho esa expresión, pensó Harry). Eso y las estrecheces en la parte de atrás agravaron el sacrificio de Jake, Mason y Harry. Estos dos últimos al menos disfrutaban de la tralla que Joe le metía a Jake.

—Tú no puedes disfrutar haciendo triatlón, Jake.

—Por supuesto que disfruto, chicos chulis. Es una sensación inigualable, es la posha —dijo Jake con absoluta convicción.

—Estás mintiendo vilmente. Tú no disfrutas corriendo 20 kilómetros, nadando 2 y montando en bici 90. Tú sufres.

—No, no, yo disfruto.

—Es imposible. Te concedo que al final de ese castigo te sientas satisfecho y orgulloso de haberlo logrado, pero lo único que has hecho las 6 horas anteriores es sufrir. Sufrir corriendo, sufrir nadando y sufrir en bici.

—No no, de verdad, yo no sufro. Y la satisfacción es tal al final…

—Mandangas —cortó Joe— tú sufres.

Jake, que veía cómo el resto de sus compañeros de viaje se reían con cada ataque de Joe, iba cediendo en su convicción.

—Ustedes no saben lo que es eso, no tiene ni idea —dijo algo menos seguro de sí mismo.

—Yo me divierto al pádel, al basket, al ping pong. Corriendo con una pelota en juego. Y sobre todo, ganándole a alguien.

—Eso no es lo que shena. Lo que shena es ganarle a uno mismo —dijo Jake. Joe, por supuesto, tenía la respuesta perfecta preparada.

—Pamplinas. Lo que shena es ganarle a otro y que se shoda. Eso sí que es la posha.

La discusión había terminado. Travis, Mason y Harry disfrutaban (como cuando disfrutas de ganar a alguien al pádel o al basket) a carcajadas del contundente final del alegre debate, aunque tuvieran aún que aguantar unas horas de viaje. La cosa prometía.

Unas horas más tarde estaban instalándose en casa de Travis, aliviados por salir al fin del coche y repartiéndose las camas, sofá y colchón hinchable. Aquello era una escapada en condiciones, y una vez más el pragmatismo masculino —cómo de bonito quedara el salón con el colchón y el sofá era secundario— ayudó a que en apenas 15 minutos estuvieran todos aseados y dispuestos para la verdadera recompensa del viaje: la ruta gastronómica que comenzaba esa noche en Santiago.

Travis había hablado con sus contactos en los bajos fondos compostelanos y había reservado mesa en un céntrico restaurante en el que tenía dos certezas: una, que iban a cenar del carallo y dos, no menos importante, que no les iban a timar como podría ocurrir en modo guiri.

Allí empezó el despliegue de manjares, que fue un repaso a algunos de los clásicos de la gastronomía gallega. Primero, un par de raciones de polbo á feira y de pementos de Padrón regadas con la primera de las cinco botellas de Ribeiro que se tomarían durante la cena. Luego irían llegando el resto de platos de rigor: navallas, cigalas, percebes, ameixas y zamburiñas.

No era mes de marisco por más que Harry y sus compañeros de batalla trataran de demostrar que estaban en pleno mes de jurnio, pero parecía dar igual, porque todo aquello, una vez más, estaba del carallo. Travis, eso sí, les aconsejó pasar de las centollas (“no serán de aquí, seguro, y nos van a clavar“, advirtió), aunque Jake, que como buen triatleta necesitaba mayor aporte calórico, sí consiguió que le dejaran pedirse una nécora.

A esas alturas y con cuatro botellas de Riberio entre pecho y espalda, les iba dando a todos bastante igual todo, pero cuando los camareros le sirvieron la nécora a Jake, éste, que debutaba en esa plaza en concreto, se las vio y se las deseó para disfrutarla. Más bien parecía como si una vez más hubiera extendido su práctica deportiva a aquella mesa. Estaba sufriendo, o al menos no estaba disfrutando como lo había hecho con el resto de los platos. Joe, siempre al quite, se lo señaló con aquella frase con la comenzaba este relato.

—Esa nécora tiene un ROI muy bajo, Jake.

Una vez más, risas. A esas alturas, en realidad, provocarlas ya no era demasiado difícil. Los temas algo más serios y educativos habían dado paso al despelleje y a las conversaciones algo más directas. Jake y Joe solían llevar la batuta mientras Travis, Mason y Harry participaban ocasionalmente y disfrutaban del espectáculo. Y entre risas, verdades como puños y conclusiones geniales, barquito en el plato del polbo á feira que te crió, y, por supuesto, nuevo trago de Ribeiro.

Aquella había sido una cena magna, una oda al buen comer. Por 45 euros por cabeza habían jamado (y bebido) como reyes en esa terracita compostelana. Harry por fin respiraba aliviado tras aquel exitazo gastronómico. Quedaban atrás aquellas pesadillas culinarias en Le Cocó, BumpGreen o StreetXo y aquella experiencia discreta del Five Guys. Así sí, se dijo.

—Esto sí que es pipi-friendly—comentó Joe, como leyéndole el pensamiento y utilizando aquella expresión que era la analogía chulis de las tres estrellas Michelín en el mundo de Harry.

—Ya lo creo, Joe, ya lo creo.

Lo curioso es que casi todos ellos pensaban que aquello acababa allí. Jake no. Llamó a uno de los camareros y le echó un órdago a sus compañeros de viaje.

—Chicos chulis, bien los entrantes, pero sho creo que sha es hora de pedir el chuletón.

Jake no bromeaba. Quería el chuletón. Mason, Travis, Joe y Harry le miraban estupefactos. Travis, que conocía el percal, trató de mediar en aquella tensa situación.

—Jake, yo creo que estamos todos satisfechos. Postre y copas, ¿no? —preguntó dirigiéndose en realidad a todos. A excepción de Jake, todos parecían estar de acuerdo. Jake no se rindió.

—Son la posha, chicos. Bueno, da igual. A ver, camarero, ¿y medio chuletón podría ponernos?

Esta vez el estupefacto fue el camarero.

—Señor, me han pedido cosas raras en mi vida, pero como esto del medio chuletón, nunca —contestó con ese simpático acento cantarín que también se gastaba Travis.

—Pues nada, está bien, pero que sepan que me quedo con hambre, chicos chulis —dijo Jake rindiéndose a la evidencia— .Ale, a por los postres.

Los postres, como el resto de la cena, fueron espectaculares. Cuatro generosas porciones de tarta —una de ellas, cómo no, tarta de Santiago— que acompañaron con una última botella de Ribeiro. Y a esa tarta y esas copas, el epílogo: un chupito de licor de café. A esas alturas los chicos chulis ya brindaban por cualquier cosa. La cuestión era brindar.

Qué cenorrio.

La noche no acabaría allí. Travis les guió por algunos de los garitos nocturnos típicos, donde tuvieron la ocasión de tomarse un par de copazos a precio compostelano (un precio bueno del carallo) y de reirse aún más y mejor. Travis mantenía la compostura mientras que sus cuatro acompañantes disfrutaban de ese punto chisposo que se sitúa justo al otro lado de esa fina línea que te sumerge en la categoría de chuzoboda. Hasta en eso acertaron los chicos chulis.

Se retiraron algo más tarde tras dar un paseo por la Plaza del Obradoiro con un ánimo claramente menos recogido de lo que sugería aquella maravilla del catolicismo, pero daba igual: muchos habían hecho lo mismo antes, y muchos lo harían después. Tras el breve paseo, tocaba de nuevo meterse en el coche para llegar pocos minutos después al hogar de Travis, donde todos se dirigieron casi sin dilación a sus aposentos, a dormir la mona tras la noche triunfal.

***

Amanecieron casi a medio día, y tras rememorar la noche anterior se dirigieron al centro de Santiago de nuevo para un desayuno frugal y un pequeño recorrido turístico. Les esperaba, cómo no, el interior de la Catedral de Santiago de Compostela —botafumeiro, botafumeiro— y una visita obligada a la mercado de abastos, donde no pudieron resistir la tentación. Compraron un par de centollas (kg y medio, 30 euros) para darse el capricho que no pudieron darse el día anterior, pero se quedaron con ganas de comprar unas cuantas cosas más. Se lograron aguantar, porque Travis había encargado un par de cazuelas en una casa de comidas que conocía desde hacía tiempo. De hecho advirtió de nuevo:

—Yo no digo nada, chicos chulis, pero las cazuelas estas son de padre y muy señor mío. Hay comida para aburrir.

—Tonterías —interrumpió Jake —. Nos comemos las dos centoshitas como entrante y luego nos zampamos las dos oshas esas. ¿Qué somos, hombres o pajaritos?

Harry tenía bastante claro que en Galicia muchos hombres habían presumido de serlo y acabaron quedándose en pajaritos. Prefirió no decir nada porque como buen macho ibérico, cuando se trataba de comer el optimismo en la capacidad de uno era máximo.

Tras aquella vuelta rápida por Santiago, vuelta al hogar, donde se repartieron tareas. Mientras Mason, Joe y Jake iban cociendo las centollas, Harry se fue en el coche con Travis a por las cacerolas. La casa de comidas estaba un poco retirada, pero aquello pintaba a descubrimiento desde el primer momento. Nada más entrar, una enérgica anciana de unos 190 años aproximadamente les presentó las dos cacerolas con unos 5 kilos de comida cada una. Harry y Travis se miraron pensando en una misma cosa: pajaritos.

Pagaron la cuenta (de nuevo precio ridículo teniendo en cuenta que tenían pulpo y ternera guisada para 50 pesonas aproximadamente) y se volvieron a casa, donde la mesa estaba puesta y a las centollas sólo faltaba darles el toque final. Cuando entraron con aquellas ollas, todas las miradas se fueron encontrando para certificar la eterna osadía del ser humano y sobre todo del macho ibérico a la hora de afrontar una comida. Mucho ruido y pocas nueces, pensó Harry.

La comida una vez más fue opípara, aunque el esfuerzo de la noche anterior se dejó notar. Las centollas no estaban mal, pero el ROI, observaron todos, volvía a ser más bajo de lo que esperaban. De hecho Joe y Mason pasaron rápido a degustar el pulpo guisado, que estaba tan espectacular como podría esperarse de una señora que lleva preparándolo durante 150 años. Harry, Travis y Jake disfrutaron igualmente, pero tras aquel primer plato Harry se rindió a la evidencia: aquello era demasiado, y prefirió retirarse tras catar la centolla y un plato de pulpo. Sus compañeros, que repitieron pulpo y probaron algo de la carne guisada, tampoco desafiaron demasiado a sus estómagos.

—Bueno, nos hemos puesto como el Quico —comentó Mason, que no había servido los platos ni había podido calcular la magnitud de aquellas ollas—. Travis, ya no debe quedar prácticamente nada, ¿no?

—Pues sí queda, sí —certificó Travis—. Un poquito. Yo diría que nos hemos comido un 10% del pulpo y un 2% de la ternera guisada.

—Mientes como un bellaco —terció Joe.

—Mirad y llorad.

Todos se levantaron a echar un vistazo a las ollas. Eran como el bolso de Mary Poppins. Allí había más o menos la misma cantidad de comida que hacía media hora. Su orgullo ibérico se vino abajo, e incluso Jake tuvo que aceptar la derrota, que Joe certificó con un rápido comentario para desviar la conversación a temas más dulces.

—¿Alguien quiere un heladito?

—Venga —dijo Harry.

La comida no dio para más. Los chicos chulis habían sido aplastados por dos cacerolas de pulpo y ternera guisada, así que se fueron a llorar por los caminos. O más bien, se fueron a echar una siesta reparadora: no pesaban los kilos, se dijeron, pesaban los años, y los excesos de la noche anterior pasaban factura.

Dos horas después volvían a amanecer para poner rumbo a un destino simpático, la ría de Noia, donde se encontraba una playa que Travis les había recomendado. Media hora más tarde estaban allí: eran las ocho de la tarde. Vaya horas para aparecer en una playa, pensó Harry. Esto lo intentamos con las mujeres y los niños y perecemos. Pero claro, las mujeres no estaban, así que aquel pequeño desafío a las normas establecidas fue refrescante. Estaban casi en modo perroflauta. Perroflauta madurito venido a menos. Sin flauta y sin perro, pero oye, con ese rollo hippie que hacía que los horarios fueran los que les dictaba el ritmo de cada día.

Lo de la hora al final dio un poco igual, porque el día, caluroso a más no poder —lo de la lluvia o el fresquito de Galicia era una leyenda ese fin de semana—les permitió disfrutar de esa playa a tope. Para empezar se dieron un bañito que les permitió recuperar la circulación del flujo sanguíneo en zonas que no sabían que tenían ese flujo. Travis, acostumbrado a las gélidas aguas atlánticas, se quedó rezagado mientras sus compañeros de viaje cumplían con su deber de macho ibérico. Vacilante, Travis acabó bañándose.

—Travis, una pregunta. ¿Si todos los chicos chulis no nos hubiésemos tirado al agua de cabeza, lo habrías hecho? —preguntó capcioso un Harry empapado.

—Ni de coña —contestó en un milisegundo Travis —. La duda ofende, Harry.

Al baño le siguió un breve y bucólico paseo por la playa. Hubo hasta tiempo para que Harry impartiera una clase magistral de fotos de saltos, una disciplina que dominaba con una solvencia total a pesar de que todos los chicos chulis se quejaban de lo mismo.

—Joder, Harry —dijo Travis— yo flipaba con tus fotos del salto del tigre hasta que vi el making of. No te levantas ni 30 centímetros del suelo.

—Pero qué dices Travis, mira, atento al ejemplo. Dale a la ráfaga cuando haga la patada —le dijo Harry a Joe, que capturó el momento. Todos estaban expectantes.

La ejecución, como siempre impecable, era engañosa. Es cierto que parecía que Harry no se elevaba mucho del suelo, pero una vez elegida la foto óptima de la ráfaga (bendita ráfaga), el resultado era inenarrable.

—Ostras, cómo mola Harry. Parece mentira con la mierda de salto que has dado. Venga, enséñanos anda —comentó Travis.

Aquel ratito fue divertido, sobre todo porque sirvió para demostrar que lo de hacer el salto de marras no era tan sencillo. Los chicos chulis se esforzaron, pero fue el joven Mason —Mason “El niño”, bromearon durante el viaje— el que destacó claramente con unos brincos asombrosos a los que no obstante les faltaba algo de definición final.

Travis, Joe, Mason y Jake en el curso intensivo de saltos.

Harry estaba orgulloso de sus padawans, y tras unos saltos finales celebraron el final del curso intensivo con unas estrellas de Galicia —Harry optó por una Radler—, pan y un poco de chicharrón que habían comprado por la mañana. Otro momentazo inenarrable que todos compartieron en silencio, en parte por la puesta del sol, en parte porque tenían con qué llenarse el buche, y en parte porque cuatro amazonas que no le daban mal al voley-playa estaban entrenando a 50 metros de allí. Los chicos chulis miraban lascivamente inocentemente el entreno y volvían una vez más a disfrutar del momento.

El momento playa iba acabando, así que Travis sugirió dos opciones: o iban a Santiago y asistían al concierto de Siniestro Total, o se quedaban por allí en una terraza cercana con unas vistas espectaculares y unas raciones de pulpo. Tras mirarse brevemente todos llegaron a la conclusión obvia.

Ganaron las raciones de pulpo.

Así fue cómo los chicos chulis acabarían el día. Con una cena que casi podría considerarse como “light”. De nuevo polbo á feira, de nuevo pementos do Padrón, y alguna que otra opción como unos calamares o un plato igualmente tradicional por aquellas tierras, el raxo, lomo de cerdo adobado que también estaba de toma pan y moja.

Tras disfrutar de la puesta de sol y de alguna que otra cerveza —esta vez con un ritmo mucho más pausado— se retiraron de allí a eso de las doce. La penúltima, como siempre, esperaba en casa de Travis, donde cerraron el día acompañados de unos gin tonics y, por si fuera poco, de unas pipas. ¿Qué más se le podía pedir a la vida?

***

El finde gastronómico terminaría a lo grande. Mientras Jake aprovechaba para correr unos kilómetros y Travis hacía una pequeña visita familiar, Joe, Mason y Harry recogieron la casa y lo dejaron todo preparado para abandonar aquel pequeño paraíso temporal. Les dio tiempo a desayunar unas tostadas y café (cola-cao en el caso de Harry) en una cafetería cercana, donde se acabaron reuniendo con Jake y con Travis. El plan, comentó este último, era cerrar ruta como estaba mandado.

—Ahora iremos a visitar a mis suegros en Ourense chicos. Nos pilla de paso para volver por allí y comeremos con ellos en un sitio bastante espectacular.

Todos asintieron y aceptaron su destino. Travis había estado inmenso en todas sus elecciones aquel fin de semana, así que ya confiaban ciegamente en su criterio. Poco después y tras un breve repaso a la casa, salieron de allí rumbo Ourense. Llegarían una hora más tarde al pequeño pueblo en el que vivían los padres de Audrey, que eran más majos que las pesetas y que entre otras cosas —así, como si todo el mundo lo hiciera— producían su propio Ribeiro a pequeña escala. Para alguien que como a Harry le costaba diferenciar una cebolla de una patata en un huerto, aquello parecía igual de sencillo que la fusión nuclear.

Les tenían preparados de hecho un pequeño refrigerio, pero no se quedaron mucho allí, porque el camino de vuelta era largo. Había que ir a comer rápido para reemprender la marcha. Así es como salieron todos hacia ese restaurante tan singular que tenía una y sólo una especialidad: el polbo á feira. Harry y los chicos chulis esbozaron una sonrisa con un pelín de malicia: si había alguna forma adecuada de cerrar el viaje, era esa.

Así es como los suegros de Travis y los chicos chulis volvieron a cebarse sin piedad con unas raciones de pulpo espectaculares. El restaurante —pelín clandestino, pensó Harry para luego confirmarlo con Travis— hacía honor a su fama, pero es que tras cebarles con el pulpo acabaron con unas filloas igualmente asombrosas, y todo regado con un tinto de la tierra potente y dulzón que esta vez tuvieron que rebajar: el calor volvía a ser insoportable, así que la casera y la coca-cola sirvieron para convertir aquello en refrescantes calimochos y vinos con casera.

Los suegros de Travis, además, no les dejaron pagar, y a pesar de que los chicos chulis lo intentaron, la batalla estaba perdida: los paisanos del restaurante conocían a sus suegros de toda la vida y no iban a permitir que unos mindundis pagaran la cuenta. Los mindundis, agradecidos y felices, se despidieron de los suegros de Travis cariñosamente. Tocaba emprender la marcha de nuevo, pero esta vez el bueno de Jake compensó lo de no recoger por la mañana sacrificándose en el asiento de en medio de atrás. Nunca sabremos si disfrutó (o sufrió) tanto como cuando hacía sus triatlones, pero daba igual. El viaje de vuelta se hizo igual de largo que el de la ida, pero todo había compensado. Eso hacía que la vuelta al mini-resort burgués se hiciera mucho más llevadera. 

Fin.


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10 comentarios en “Harry y los chicos chulis

  1. Sesaru dice:

    Joder, como te cuidas!! Así que no escribiste nada en el finde X-D

    Eso si… resulta que de los restaurantes malos nos das hasta la posición GPS de los baños, pero de los buenos na de na… suelta prenda, para que en visitas a Santiago tenga uno idea de donde ir 🙂

  2. Daniel dice:

    Je, Galicia queda un poco a desmano, pero lo que es vivir, aquí se vive de PM! 😉

    Menos mal que el marisco es ligero, si no a ver cómo os metíais en el coche los cinco de vuelta…

  3. ¡Justo has venido a Galicia el fin de semana más caluroso de la historia! (Y casualmente a mí me ha pillado de vacaciones fuera).

    Veo que lo has hecho muy bien. Nivel profesional avanzado, de hecho.

    Enhorabuena : D

    • Fue increíble lo del calor, sí, pero en Madrid la cosa fue aún peor…. elegiste bien el momento vacaciones 😉

      Y el mérito ya sabes que es de Travis. Tener a alguien que conozca bien el lugar marca la diferencia. Gracias Uxío!

  4. Tomás dice:

    Qué magnífico relato. Lástima que me rugió el estómago durante toda la lectura.

    Muy muy muy agradable, me encantó esta entrada. Y excelentes las fotos. Abrazo!

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