Tecnología

Historia de un Apple IIc

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Esta historia está basada en hechos reales.

—Y esto, tío Max, es Snapchat —dijo Harry, no demasiado satisfecho.

—Pues no me entero, Harry. No es por el hecho de que me parece una estupidez: es que no hay manera de aprender a usar esto. No sabría por cómo empezar. Oye, ¿quieres un poco de helado de menta con chocolate?

—Pues sí, genial. Y sobre Snapchat, a mi me pilla mayor, tío, así que no puedo imaginar cómo te pilla a ti.

—Te has quedado sin helado, chispillas.

Harry toció el gesto, pero sabía que su tío Max bromeaba. En realidad le encantaban esas charlas tecnológicas con su tío, que había vivido la prehistoria informática en España. Ya sabéis: aquella época en la que las tarjetas perforadas dominaban el mundo, la gente usaba el ordenador con bata de doctor o, como poco, traje, y la mili se hacía con lanza. Eso le permitía al tío Max tener otra perspectiva, claro. La de alguien que sabía que para llegar donde habíamos llegado había tenido que llover mucho. Un porrón.

—Ya en serio, tío Max. La verdad es que a mí también me parece una estupidez, y no entiendo cómo no hay ningún tipo de ayuda en Snapchat. Aprendes dándote tortazos, y ni por esas. Se premia la experimentación, que como concepto es muy cool, pero hay mucha gente a la que los experimentos, con gaseosa y ya. ¿Qué les costaba hacer una pequeña guía introductoria?

—No siempre fue así —El tío Max se recostó mientras encendía un canuto Lucky Strike. Eso solo podía significar una cosa. Modo abuelo cebolleta on. Pero es que el modo abuelo cebolleta de su tío Max molaba.

—Verás, Harry —que estaba concentrado en la historia mientras paladeaba su helado —, hubo una época en la que los ordenadores te enseñaban a usarlos. Sus creadores entendían que aquellas eran máquinas extrañas y maravillosas para sus usuarios, y también que darles algunas pautas podía ser clave para el éxito de sus productos.

—Recuerdo que eso lo hacían también algunos juegos. Lo siguen haciendo, de hecho. Me parece una forma genial de enganchar al usuario: si no sabes hacer nada, puedes frustrarte y abandonar el tema más rápido de lo que yo me estoy comiendo este helado.

El tío Max no sonrió. Estaba a lo suyo. Le dio otra calada al cigarrillo y prosiguió con su historia.

—Cierto, cierto, pero como imaginarás los sistemas de los que hablo son bastante más antiguos. Uno de los que recuerdo con especial cariño era el de mi Apple IIc.

—¿Un Apple IIc? —Harry empezó a temblar.

—Así es. Cuando Apple lanzó en 1984 el Apple IIc lo hizo como plan B: a pesar de haber apostado prácticamente todo al mítico Macintosh, parte de sus directivos creía que la familia Apple II que nació en el 77 seguía teniendo sentido, sobre todo en esa época en la que el IBM PCjr quería conquistar a cierto sector de usuarios. Aunque pretendían que fuera una especie de portátil (la «c» era de «compact«), la máquina era bastante contundente. Y aún así tenía su encanto, pero claro, no tenía nada que ver con la era Mac.

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Harry recordaba haber leído algo sobre el tema. Jobs empezaba a hacer de las suyas en aquella época y tras el fracaso de Lisa quiso cambiar de tercio con un ordenador distinto. El Macintosh era la apuesta de futuro, pero los mandamases de la empresa -esos que acabarían echándole por listo- creían que la competencia real era IBM, el gigante que avanzaba con paso firme y con un horroroso MS-DOS que ya había hecho muchimillonarios a los chicos de Microsoft, que aún estaban en un discreto segundo plano. El Apple IIe lanzado en enero de 83 había sido el exponente de una época que tenía sus días contados en Apple, pero esos directivos seguían creyendo en esa línea de ordenadores «empresariales» y aburridos a más no poder.

—Toc, toc, ¿hay alguien en casa McFly? —preguntó el tío Max. A Harry le había pasado lo de siempre. Se había quedado lelo pensando en sus cosas.

—Perdona tío Max. Me había quedado lelo pensando en mis cosas.

—Sally tiene razón, Harry. Eres un ejemplar magnífico del moderno hombre monotarea.

—Sally siempre tiene razón, tío Max. Siempre.

—Pues claro. A lo que iba. Cuando compré aquel Apple IIc lo hice además con su correspondiente disquetera de 5,25, y entre los discos que ofrecía la tienda que me lo vendió estaba uno con una guía introductoria para aprender a manejar el invento. Fue lo primero que hice. De hecho creo que sigo teniéndolo en el trastero.

—¿En serio? —a Harry se le iluminaron los ojillos. —vamos a verlo, ¡por favor!

El tío Max sonrió mientras apuraba el peta cigarrillo. Le gustaba que su sobrino fuera un friqui confeso, y le gustaba aún más que supiese apreciar precisamente todo lo que había evolucionado la tecnología para llegar a donde estaban entonces.

—Pues no es mala idea —concedió. —Vamos a ello.

Ambos se levantaron de sus asientos para acceder al trastero de aquella casa que, como todos los trasteros, tenía el perfecto aspecto de trastero español e incluso de trastero internacional. La capacidad humana de guardar trastos seguía sorprendiendo a Harry, que era más de la filosofía de si en un año no lo he usado, punto limpio que te crió. O Wallapop.

En aquel trastero, no obstante, había algo curioso. Una especie de caótico orden: su tío había tenido el detalle de reservar una zona para guardar todo lo referente con esa prehistoria tecnológica de la que siempre le hablaba. Además había usado plásticos de burbuja y cajas de plástico para cuidar aquellas joyitas, algo que dejaba claro que para él aquello no eran precisamente trastos.

—Mi tesssoro —bromeó el tío Max al acceder a aquel museo improvisado.

Harry sonrió complaciente, pero también complacido. Aquello era un verdadero tributo al pasado. Había muchas historias allí dentro, pero había que centrarse. El tío Max rebuscó un poco y sacó el Apple IIc, el monitor, la disquetera, los disquettes y los cables, todo cuidadosamente protegido. A los 5 minutos todo estaba preparado para volver al pasado. Y no precisamente en un DeLorean.

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—Cómo mola. Aún siendo de Apple, quiero decir —dijo Harry con su sorna característica.

—Qué tonto eres, sobrino mío. Pero sí, mola. Y eso que el Apple IIc era bastante castaña aun para su tiempo. En Cupertino se metieron en una camisa de once varas con un concepto que no entendían. Afortunadamente tenían el Macintosh, claro. Pero eso es otra historia.

—Cierto. Venga, enciéndelo. A ver si aparece Steve Jobs en un holograma saludando.

—Te estás pasando. Voy a decirle a Sally que se suba para que disfrute de ti y de este momentazo —. A Harry se le pusieron los ojos como platos.

—Deja a Sally tranquila, que está dándole duro a Instagram y haciendo Likes por doquier.

Se oyó un rumor lejano.

—¿Estáis hablando de mí? —dijo Sally. Su sentido del oído era sobrehumano.

—Sí, mi pequeño radar andante —dijo Harry. —El tío Max comenta que igual te apetece ver un Apple IIc de los 80 funcionando. Ya sabes, aquella máquina con un CMOS 65C02 a 1,023 MHz que pretendía revolucionar el mundo de los portátiles en los 80.

—Va a ser que no, Harry, pero gracias. Perdonadme, pero Instagram está que arde con los nuevos modelitos de la Leti en el Palacio de Marivent.

—Qué fantástico Sally. Disfruta. —dijo Harry.

El tío Max asistía divertido a esos pequeños momentos conyugales. Sin embargo sabía que si le daba un poco de cuerda a Sally no podría presumir de su Apple IIc, así que tomó la iniciativa y tras mirar a Harry con actitud aprobadora, encendió el monitor y luego aquel maquinón para enfrentarse a su pasado.

Lo que ambos vieron -y oyeron- les dibujó a ambos una amplia sonrisa en la cara.

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El sonido de aquel Apple IIc era inconfundible. Te trasladaba a los viejos y buenos tiempos, y de hecho parecía como si de repente estuvieses metido de protagonista en la peli «Exploradores». Esa en la que unos imberbes River Phoenix y Ethan Hawke -del tercero nadie se acuerda- usaban precisamente el Apple IIc para hacer virguerías impensables en aquella máquina.

Joder Jolín. Es como en Exploradores —comentó Harry, leyendo la mente del narrador de esta historia.

El tío Max seguía sonriendo. Más que su sobrino. Tenía derecho a ello.

—Jajaja. Me temo que no vamos a poder hacer tanto como el amigo River, querido Harry. Pero en realidad no hace falta: lo que te quería enseñar era el disco introducción. Ahí lo tienes.

Efectivamente, ahí lo tenía funcionando. Un scroll horripilante hoy en día -pero seguramente impresionante para la época- mostraba un teclado virtual en pantalla que preparaba al usuario para entender cómo manejar el teclado físico del Apple IIc.

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Aquel disco comenzaba enseñándote cómo moverte por el teclado, y de hecho iba pidiéndote que pulsases alguna que otra tecla para confirmar que ibas cogiéndole el tranquillo al tema. En un momento dado hasta te preguntaba el nombre.

—Venga Harry, dale. Pon tu nombre.

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—¿¿»JaviPAS»?? ¿Quién es ese? —preguntó extrañado su tío.

—Es mi pequeño alias. Se me ocurrió un día mientras me afeitaba. Como a Nick Rivers. —bromeó Harry. —Ya en serio, tío, quería tener un alter ego y se me ocurrió que ese podía ser un buen nombre.

—Pues qué quieres que te diga. ¿Cómo se pronuncia? En nuestro inglés de Ohio es un poco chungo, sobrino mío. ¿Suena rollo «heavypass«?

Harry no había pensado en eso. Su alias español -había estudiado el idioma de Cervantes en el cole y lo hablaba casi mejor que su idioma nativo- era demasiado complicado para ese modo chicle con el que hablaban sus compatriotas yanquis.

—Ehmmm… más o menos. A ti te dejo que me sigas llamando Harry.

—Ok, heavypass.

—Maldición.

El tío Max sonrió. Ya tenía material para meterle pullas de cuando en cuando. Se apuntó el tanto pero rápidamente se centró en el tema.

—No te enfades, hombre. Era una broma. Sigamos, ¿te parece?

—Claro. Esto es la pera. Desde luego los que hicieron el disco de introducción al Apple IIc se lo curraron. Es impresionante cómo va haciendo ese recorrido básico por el manejo del teclado y luego va pasando a funciones «avanzadas» con los cursores, la tecla SHIFT o incluso una pequeña introducción al lenguaje binario. Y todo con ese lenguaje entretenidillo. En realidad no pega con el tipo de orientación que tenía este ordenador, ¿no te parece?

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—Bueno, es que ese disco no solo estaba pensado para este Apple IIc, sino para otros modelos de la familia que también comenzaban a utilizarse en entornos domésticos.

—Claro. Tiene sentido. Cómo mola, tío Max. No tiene nada que ver con lo que puedes hacer hoy en día con un ordenador, pero la verdad es que está claro que cuando acabas de seguir esta introducción puedes comenzar a hacer tus pinitos con el ordenador aunque antes fueras un tuercebotas digital. Saber hacer cosas da ganas de hacerlas.

—Ahí le has dado.

Harry siguió aporreando aquel teclado. Literalmente, eso sí: los años habían hecho mella en aquel teclado mecánico y los switches Alps que Apple teóricamente usaba se habían endurecido más de la cuenta. Tras juguetear un poco con aquella guía introductoria se dio cuenta de que aun teniendo ya bastantes tablas delante de un ordenador, aquellos primeros pasos le predisponían a sacar mucho más provecho de aquel ordenador desde el principio.

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¿Por qué nadie hacía algo ya de ese tipo? ¿Es que todo el mundo nacía con un ordenador bajo el brazo? Mucho se hablaba de los nativos digitales y de cómo los chavales parecían tener totalmente controlado el tema de la informática. Era mentira, claro. Lo único que sabía la inmensa mayoría de ellos era darle a «Instalar» y cazar Pokémons.

Es cierto que muchas plataformas habían suavizado la curva de aprendizaje. Los móviles habían acercado las posibilidades de estos pequeños prodigios de bolsillo a todos los públicos, pero muchas interacciones y muchos pequeños trucos parecían reservados solo a aquellos que dedicaban mucho tiempo a cierta plataforma, aplicación o servicio. ¿Por qué en Android o iOS no hay un pequeño tutorial con unos primeros pasos que vayan más allá de saber cómo hacer zoom en las fotos? ¿Por qué Windows 10 no enseña a usar Cortana -y a desactivarlo si te da la gana- para sacar todo el partido a esa nueva tendencia conversacional?

Y entonces a Harry se le ocurrió una idea genial.

—Me da a mí que la barrera de entrada a la informática no es tan baja como muchos quieren creer. Si las empresas tecnológicas invirtieran en esas «guías para dummies» y presentaran unos primeros pasos opcionales -para que el que ya se lo supiera pudiera omitirlas- seguro que lograrían una tracción mucho mayor. No todo el mundo sabe sacarle partido a Facebook de primeras, o a Twitter, o a Snapchat.

—Nadie sabe sacarle partido a Snapchat de primeras.

—No si pasa de los 40 —apuntó Harry con sorna.

—Pero tienes razón. Las grandes se han olvidado de algo que sigue siendo muy importante: que nadie nace sabiendo. Si tu aplicación, juego o servicio es capaz de hacer una cosa, enséñale al usuario como hacerlo. Déjale si quieres espacio para que descubra cosas por sí mismo, claro, pero muéstrale el camino.

—Eso sería genial. A mucha gente le da terror acercarse a un ordenador por miedo a no saber hacer nada. Hay mucha información en internet, claro, pero es que ni siquiera saben acceder a ella. Nadie les enseña.

—Exacto. Y este Apple IIc es un buen ejemplo de por dónde deberían seguir yendo los tiros. El Apple IIc te enseñaba a usarlo. Era prodigioso. Al menos en eso, lo era.

—Pues voy a tener que darte la razón, tío Max. Mira que me duele —dijo Harry mientras guiñaba el ojo. —, pero la tienes.

Fin

PD: El tío Max es un personaje ficticio que venía bien para la historia, porque quien realmente me permitió trastear con su Apple IIc fue mi amigo Xavi (¡abrazo!), que sí tiene una colección bastante brutal de ordenadores antiguos.

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1 comentario en “Historia de un Apple IIc

  1. mk360 dice:

    Maldita oficina, tiene bloqueado el sonido xD.
    Lo que si, habría que poner un botón continuar una vez hecho el registro para que te lleve directamente al artículo xD.

Comentarios cerrados