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Historia de un carné de conducir

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En España hay 40 millones de entrenadores profesionales de fútbol, dicen. Yo envido más: lo que hay seguro son 40 millones de conductores perfectos. De Fernandos Alonsos y Fitipaldis que circulan por las carreteras maldiciendo por el hecho de que el resto de la población es una perfecta inútil al volante. Aunque el resto de la población, insisto, crea a su vez que es la mejor en eso de ponerse a los mandos de un volante. 

Yo no voy a ser menos. Conduzco que te cagas fenomenal. No como mi padre, claro. Si hay algo más cierto que lo anterior en este país de pandereta nuestro es que tu padre conducía que te cagas de verdad mucho mejor que tú.  El mío lo hacía, insisto de nuevo, pero esa es otra historia.

El caso es que aun aceptando esas dos realidades a todos los conductores nos llega en algún momento ese requisito de nuestro código de circulación que hace que tengamos que renovar el carné. A mí el momento me llegó hace unas semanas, pero como buen español -soy un tío al que le gusta seguir las tradiciones del país y entrar en la media nacional siempre que puedo- no hice ni caso. Lo dejé pasar haciendo honor a ese dicho tan nuestro de “no hagas hoy lo que puedas dejar para mañana” y aproveché para unir la gestión con otra igualmente obligatoria: pasar la ITV de mi potente bugatti. Que es más potente y bonito que cualquiera de los vuestros, seguro. Pero esa también es otra historia. 

carnet

Hasta los españolitos acabamos haciendo los deberes, así que ayer estuve organizando todo para matar los dos pájaros de un tiro y hacer las dos gestiones en un viaje. Y aquí es donde llega el meollo de la cuestión: la renovación del carné de conducir es una gestión sujeta al libre mercado, algo que yo no sabía pero de lo que me di cuenta al buscar en Google por “renovación del carné de conducir“. Luego, claro, añadí el término clave: “barata“. Eso hizo que aparecieran tanto la información general como la lista de Centros de Reconocimiento de Conductores de la DGT

Fue en ese momento cuando empecé a llamar a alguno de los centros que estaban relativamente cerca de casa para saber cuál podría ahorrarme más tiempo y dinero. El mini-resort burgués en el que vivo está cerca de Pozuelo, así que probé primero allí. No sé si sabéis de qué palo cojean en esa ostentosa villa, pero os adelanto que no es un palo de madera barata. Es más bien tirando a oro de 18 kilates, así que tras hablar con una señorita la mar de amable -la educación aquí es también de 18 kilates- hago la pregunta clave, ya sabéis.

—¿Por cuánto me va a salir la broma?

La imagino al otro lado del teléfono, con una seguridad y una frialdad totales. Pintándose las uñas y mascando chicle mientras tanto. O contestando al WhatsApp. O haciendo el pino puente. A saber.

—75 euritos de nada, caballero. 23,50 de tasas de tráfico -esa cantidad sí es fija e inamovible- y 51,50 euros del psicotécnico. 

Como era la primera llamada y no tenía referencias no dije nada. Me pareció carete, desde luego, pero a todos los españoles nos parece cara cualquier gestión municipal/nacional, así que me despedí con el tradicional “luego llamo yasieso” y proseguí con la ronda de llamadas. No os aburriré con los detalles, pero tras llamar a unos 10 sitios y buscar ofertas en internet llegué a varias conclusiones. 

  1. Como siempre que se busca la mejor relación calidad/precio el mejor precio de algo uno acaba invirtiendo una cantidad de tiempo absurda que probablemente no compense. Algún día tengo que hacer un estudio sobre el tiempo que se pierde buscando algo piratilla en internet y lo que te ahorrarías muchas veces tanto en tiempo como en comodidad (y por tanto, incluso en dinero) si pagaras por ello como cualquier hijo de vecino. 
  2. Hay un mercado brutal para comparadores de precio eficientes que permitan que el españolito de turno ahorre tiempo y dinero en estos procesos. Cierto que existen comparadores válidos (Otogami y Runnics son ejemplos claros), pero para un montón de cosas necesitamos algún lumbrera que cree el buscador de precios definitivo. No lo hay, así que majetes, si sois desarrolladores y necesitáis una idea feliz, ahí tenéis una. 
  3. El libre mercado mola si uno invierte tiempo en estos temas, pero también acaba complicándole la vida al consumidor, que acaba yendo a precio (normalmente, repito, estamos en España) y descarta cualquier tipo de ventaja colateral. 
  4. Cuando por fin encuentras un precio que parece majete acabas descartándolo porque está muy lejos, o porque la forma de pago no te convence, o porque te han atendido de forma rara, o por alguna otra razón. La proximidad suele ser un factor clave aquí. En mi caso fue definitivo: encontré una oferta vía Groupon en la que el psicotécnico salía por 16 euros, pero tenía que irme a la Plaza de Felipe II en Madrid. Solo por no meterme allí y buscar sitio para aparcar (y pagarlo) decliné la oferta. Y eso que la diferencia en precio era enorme. ¿Notáis el factor proximidad? 

El caso es que tras esas conclusiones y el estudio de precios acabé decidiéndome por un sitio de Alcorcón que tenía más o menos el mismo caché que el resto de los que había visto. De hecho tenía probablemente menos, pero si pedías cita online y la pagabas vía PayPal o tarjeta el psicotécnico te costaba 30 euros en lugar de 40 euros. Atentos, comercios físicos con tienda online: ese anzuelo funciona. 

¿Fue el sitio más barato que encontré? No. Los precios (psicotécnico + tasas DGT) oscilaron entre los 40 euros del más barato y los casi 80 de un sitio de Majadahonda al que también llamé. Muchos se situaron entre los 65 y los 75, así que el precio que finalmente conseguí (53,50 euros) fue bastante aceptable teniendo en cuenta que para llegar allí invertí unos 15 minutos y pude aparcar sin historias. 

En el centro de renovación del carné, lo típico. Los clientes íbamos pasando por la consulta de la (en este caso) doctora como vacas que van al matadero. Ordenaditas y en serie. Una vez allí cara de circunstancias de la doctora, que lógicamente no debe ser muy feliz profesionalmente haciendo las mismas 10 preguntas a todo el mundo una y otra vez 8 horas al día todos los días. Tras un breve examen de mi capacidad lectora a distancia -fallé una M de la última línea, parecía una N a esa distancia, maldición- me enfrenté al temible examen de coordinación visual. Ya sabéis: 

psico

Como buen español que para más INRI ha sido friqui casi toda su vida pensé que lo iba a clavar. Que si hubiera una tabla de High Scores -ideaza, señores de la DGT- podría poner luego mis iniciales, JPN, ahí, en el primer lugar, como estaba mandado. Más de 40 años de experiencia en videojuegos tenían que servir de algo, leñe. A mí me va a ganar un estúpido juego de bolitas. 

Y entonces empieza la prueba, y los caminos empiezan a torcerse, y tu manejas esas palanquitas para girar (¿no podían haber puesto mini-volantes?), y te das cuenta que ni 40 años de videojuegos ni leches: aquello no para de pitar. Mi coordinación, esa que creía impecable tras largas horas nocturnas jugando al FIFA para llegar a la tercera división online, no servía de nada. Traté de mantener los nervios (y las bolitas de las narices) a raya, pero aquello fue una agonía. Qué cosas. 

Al final no lo hice tan mal, me dijo la doctora. Yo creo que lo decía por decir, porque cuando acabó esa pequeña pesadilla 40 segundos después yo creí que las malditas bolas me iban a causar un disgusto. Pues no: resulta que por lo visto todos los españoles -incluso los que creemos que con 40 años de jueguecitos a la espalda somos inmortales en estas historias- la cagan en esta máquina. De hecho la doctora me dijo algo con lo que se me iluminó la cara: 

—Estás en la media.

Mal de muchos, dijo el sabio. Pues eso. Prueba superada y despedida del centro apenas 20 minutos después de llegar con el permiso provisional en la mano. A lo que siguió una ITV sin consecuencias -no podría ser de otro modo con un bugatti como el mío- y una vuelta a casa con el orgullo del deber cumplido. Sally me esperaba impaciente en casa. 

—¿Qué tal te ha ido, Harry?

—Qué pregunta, Sally, qué pregunta. ¿Alguna vez has visto a un conductor más seguro y fiable en tu vida?

—Harry, no empieces. Hay 40 millones de personas que opinan lo mismo en este país. 

—Pues eso. Que estoy en la media, me dicen —comenté henchido de orgullo.

—Enhorabuena, maridete mío. Vamos a celebrarlo con un Whopper

Mi mujercita sí que sabe cómo celebrar las cosas. 

Imagen | Benjamin Child / Unsplash
 


 

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16 comentarios en “Historia de un carné de conducir

  1. Anonimox dice:

    Ja ja ja la temida renovación si es que a partir de los 40 ya todo es cuesta abajo ja ja ja

    P.D a mi me toca el año que viene y me jode por que me recuerda que no soy un chaval 🙁

  2. SrPerroverde dice:

    Ya sé que no es el tema en cuestión, pero si tienes el carnet caducado, el seguro no te cubre. Si tienes la mala suerte de dar un golpe (ya no digamos si es serio) durante esos días…

    Y créeme, por experiencia te lo digo, esas cosas pasan.

  3. Sr.Polyphenol dice:

    Fíjate la casualidad que he pasado por este trámite esta misma tarde. Y sí, hay una diferencia abismal de precio entre locales y en la concentración de locales alrededor de la sede de tráfico de mi pueblo muchos de ellos pertenecen al mismo dueño aunque tengan diferente nombre. Vamos, como que comparten el mismo teléfono… ¡pero diferente precio!
    Y tiene guasa que prefieran cobrar 19€ en una página de descuentos, que aplicarlo en tienda directamente.
    Mundo aparte el tema de los cupones descuento.

    Un saludo

  4. No os lo vais a creer, pero yo regateé el precio del psicotécnico (por teléfono, en la ronda de investigación comparativa de los sitios cercanos) y lo conseguí por 18€ a pocos minutos andando de mi casa.

    De esas triunfadas inesperadas que te hacen sentir orgulloso; aunque luego te dejes sin miramientos mucho más de lo ahorrado en cualquier chorrada, pero como dicen hoy, esa es otra historia.

  5. Pakillo dice:

    Jajajajaja
    Que crack
    Mi psicotécnico le gana al tuyo, chaval:
    Subo a un tercero bastante cutre, sin ascensor, y entro en un piso de Cuéntame, con escaleras y sábanas por medio…
    Paso a una especie de salón, donde está la doctora en su silla, y otra chica con bata blanca sentada en la mesa de la doctora.
    Y la conversación fue más o menos así:
    – «A ver, me dejas tu DNI…» «Eres muy joven todavía, tú ves bien y eso, ¿verdad?
    – «Por favor señorita, el lince de Canena, me llaman a mi»
    – «Bueno, pues… » chas – chas, sello sello «… aquí tienes chico, que te vaya bien»
    El precio era 20€ o algo así, y un servicio de tal calidad bien los merece… no perdí ni 10 minutos!

    • Creo recordar que mi anterior renovación fue algo así: no me hicieron prueba ni nada, me lo dieron tal cual. Eso es para grabar con micro y cámara y denunciar, de verdad. Qué fuerte.

  6. Acá en México (y muchos países latinoamericanos) sacar el «carnet» es simple, vas a una ventanilla y dices: «quiero mi licencia por X años», te piden tu identificación y unos 40-50 USD (depende del estado), llenas un formato… y listo! Autorizado para conducir aunque no sepas ni arrancar el auto….

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