Incognitosis

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Seguro que muchos recordáis ciertos momentos deportivos. Cómo los vivisteis y con quién. Esta es la historia de uno de esos momentos.

Este fin de semana volví a esquiar con la familia y con viejos y buenos amigos. Lo hacíamos dos años después —el anterior fue casi imposible para la mayoría de la gente—, así que el viaje era especial. Todo fue fantástico, pero el domingo pasó algo: Rafael Nadal jugaba la final del Open de Australia.

Eso era una gaita, sobre todo porque como aficionado al tenis había visto los resúmenes durante las dos semanas previas y había estado muy al loro de la evolución de Rafa. Los cuartos y las semis habían sido alucinantes pero la victoria era factible. La del domingo no. El domingo tocaba Medvedev en la final.

El caso es que me levanté pensando que qué rollo tener que esquiar. Manda narices. Me apetecía más ver el partido de tenis, pero claro, no era plan. Estuve toda la mañana pendiente para sufrimiento de mi amiguete, que no es tan fan. Nada más subir tuve tiempo de ver el comienzo —flojeras— de Rafa, y en cada silla que cogía, ponía Eurosport en el móvil (sigo feliz con haberme suscrito) o al menos el seguimiento en el buscador de Google y veía el marcador.

Así es como vi que Rafa había perdido los dos primeros sets. No lo veía nada claro, pero aunque parezca que lo digo a toro pasado, no perdí la esperanza. Y entonces llegó la remontada: vi tarde que había ganado el tercero —lo hizo mientras me deslizaba fugaz por las pistas— y el cuarto —ídem, pero quizás menos fugaz a esas alturas de la mañana—. La cosa pintaba bien, pero seguía sin poder disfrutar del parti: las dos familias seguíamos esquiando a tope porque la verdad, hacía un día fantástico. Demasiado bueno para no aprovecharlo.

Fue entonces cuando decidimos parar a comer en una pizzería que hay arriba, en pistas. Mientras comíamos, puse el móvil, pero el destino parecía ir contra mí: no lograba cobertura, así que no podía poner ni siquiera el marcador en Google, que cargaba mucho más tarde. Imaginaos tratar de poner Eurosport: pantalla en negro.

En estas mi amiguete saca su móvil y pone la radio: al menos ahí se podía seguir la retransmisión, pero según lo estábamos escuchando, nos damos cuenta de algo. En una mesa más allá había un grupo de chicos exclamando tras cada punto: lo estaban viendo en un móvil, y su conexión iba con menos retraso: lo que nosotros oíamos en la radio lo habían gritado ellos 20 segundos antes.

Ahí Nadal ya lo tenía. O eso parecía. 5-4 en el quinto set y su saque. Me levanté y le dije a mi mujer y a mis amigos que me iba a la zona de cobertura VIP. Que les dieran dos duros. Los niños, mientras, a su bola jugando en la nieve, ignorantes de un momento histórico como este. Qué cosas.

El móvil tenía Eurosport en la imagen, pero no se veía un casi ni un pimiento porque lo habían orientado mal. Daba igual: se oía en tiempo real. En esas, nueva debacle para Nadal. Tras el 30-15, Medvedev se recupera y logra el break. Éramos varios los arremolinados ya en ese momento, pero cuando Medvedev hizo el break se nos vino a todos el mundo encima. Yo volví a la mesa que teníamos.

No duré mucho allí. Los chicos de la mesa premium exclamaban de nuevo. Algo estaba pasando. Algo bueno. Nadal estaba devolviéndole la pelota —nunca mejor dicho— a Medvedev. Volví a la mesa. Hasta luego, Sally y amigos. Allí estábamos 6 o 7, arremolinados en torno a un pedazo de metal y cristal, dando gracias por la tecnología.

Nadal logra el break. Asombroso. 6-5. En el punto crucial Medvedev saca a la T a 206, Rafa logra restar —eso ya era un milagro— y Medvedev, con toda la pista para él, la tira fuera. Nadal no hace aspavientos. Aprieta el puño brevemente, mira arriba y respira mientras probablemente piensa: «le tengo».

No recuerdo nada de los instantes siguientes. Del descanso, de la vuelta a la pista, de los tres primeros puntos de ese juego que ahora estoy revisitando en el vídeo en diferido de Eurosport. «Si es necesario, que la comida se quede fría, ya la calentáis después, tres y diez de la tarde, dos y diez en Canarias, la una y diez de la madrugada en Melbourne» dice Álvaro Benito al comienzo del juego.

Yo no necesitaba recalentar la comida. Ya me había zampado las pizzas. Empieza el juego. «Bolas nuevas», suena en el móvil. Lo repite uno de los chavales. Yo respondo «¿Bolas nuevas? Eso es bueno para Nadal». Y entonces empieza la gesta. 15-0, 30-0, 40-0. Tres bolas de set, de partido, de campeonato. Tres bolas para su 21º Grand Slam. Tres bolas para la gloria. Y entonces, esto.

Yo soy el tío imponente con la cazadora amarilla. Me grabó mi mujer, pero es que yo estaba grabando aquello también con mi móvil, aunque no se veía un pijo. Esperando poder tener ese recuerdo, ya que de todos modos no se veía nada en el maldito móvil. Apenas se oía de hecho, pero el chico del móvil, que estaba cerquita, fue el primero en darse cuenta. «¡Lo tienes! ¿Lo tienes? ¡Mata! ¡Vamos, bien! ¡No! ¡No! ¡Vamooooos!». Qué momentazo.

Qué momentazo, insisto. Y mientras los niños seguían jugando en la nieve, la gente esquiando por ahí y el mundo entero seguía girando. Pero Nadal había logrado algo que ningún tenista (masculino, las chicas sí) había hecho antes: ganar 21 Grand Slams.

Por supuesto a continuación llegarían todo tipo de noticias relacionadas. Como la emocionante reacción de Alex Corretja, que para mí es el mejor comentarista de tenis que existe, o la felicitación de Roger Federer y el resto del mundo.

Y por supuesto, algunos vídeos paralelos. Hay unos cuantos, pero el que más me gustó es el que hizo Nike, y que reenvió un compañero de pádel.

21. Y como bien dice en el anuncio, ventaja, Nadal. Que no sé si durará mucho —Djokovic es mucho Djokovic—, pero que desde luego nos ha dado un momento inolvidable. Por cierto: tras el partido seguimos esquiando hasta que nos cerraron las pistas. Deslizándonos más fugaces que nunca.

Qué día. Qué tenista. Qué leyenda.

Va por ti, Rafa.

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