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Harry & Sally y los huevos Benedict

·

Esta historia está basada en hechos reales.

Hacía tanto tiempo que Harry ni siquiera tenía claro cuándo ocurrió aquello. Y como todo lo ocurrido en el pasado, quizás lo había magnificado. Nuestros recuerdos nos traicionan porque caemos en la inevitable exageración: aquel juguete era el más divertido, aquella serie la mejor, aquella noche la más inolvidable.

Aquellos huevos Benedict, los más increíbles del mundo.

Así lo recordaba Harry. Todo había sucedido una fantástica noche en Seattle, ciudad en la que por entonces vivía una de sus hermanas. Harry había ido a visitarla con su hermano gemelo, Larry. Sally ni siquiera estaba entonces tirándole los trastos a Harry (¿o era al revés?) aunque hubieran tenido alguna que otra tirada de muebles previa.

Pero me estoy alargando. Aquella noche fantástica era ahora borrosa en la mente de Harry, que era capaz de recordar las especificaciones de cualquier procesador del mercado pero no los detalles de aquel día. Solo recordaba haberse divertido mucho y haber acabado de madrugada en una de las cafeterías clásicas de la ciudad tras una noche de marcha.

Allí no hubo elección. Su hermana les dijo que tocaba desayunar huevos Benedict, que era la tradición tras una noche de farra americana como aquella. Harry y Larry, que no habían oído hablar jamás de aquel plato, asintieron, medio por confiar en su hermana, medio porque el pedete nocturno había dado lugar a una fase de feliz complacencia con la vida en general y con los huevos Benedict en particular.

Casi todo era borroso de aquella velada y aquel desayuno, pero una cosa dejó una impronta nítida en sus recuerdos. Aquellos huevos Benedict, se dijo, estaban increíbles. ¿Cuándo podría volver a probarlos?

Harry tardaría años en hacerlo.

***

—45, 46, 47, 48, 49…. ¡50! —gritó Harry con alegría desde el dormitorio—. Ya está, Sally, mis 50 flexiones mañaneras —, le dijo a su mujercita, que se ponía al día de sus mensajes en el salón—.

—No seas fantoche, Harry. No te haces ni tres.

—Pero qué dices. Estoy hecho un atleta. De hecho he pensado que nos vamos a dar un homenaje para celebrar este inicio sábado sabadete sin niños—contestó Harry.

Así era. La bendita madre de Harry se había quedado con sus pequeños la noche anterior, algo que les había permitido irse de picos pardos. Una cena y un curioso concierto con versiones de canciones de los 60 les habían permitido darse un respiro para luego volver a casa a darlo todo dormir como marmotillas.

—¿Ah, sí?—preguntó Sally juguetona. Le encantaba que Harry le propusiera planes porque Harry, más caserito aún que ella, era poco propenso a tales aventuras.

—Sí, sí. Nos vamos a probar unos huevos Benedict.

—¿Lo cualo? Harry, no empecemos. No será un rollo de esos Joylent, ¿no?

—Calla, calla, Sally. Aquello fue un craso error. Esto es otra cosa. Esto es una oda al desayuno insano y grasoso.

—Me tenías con el «insano», Harry. Ea, vámonos pitando.

Dicho y hecho. Harry había descubierto a través de un conocido en Twitter cómo en Madrid capital, cerca de su mini-resort burgués, había un par de locales en los que era posible disfrutar de unos huevos Benedict en toda regla. Una de las opciones era el VIPS, pero algunas cafeterías se habían hecho famosas por ese tipo de platos. Con toda la mañana del sábado por delante y tras sus 50 3 flexiones mañaneras se sentía preparado para enfrentarse a la leyenda. ¿Serían los huevos Benedict tan fantásticos como recordaba?

Veinte minutos después estaban aparcando al lado del local, llamado Federal Café. Por fuera aquello no parecía gran cosa. Espacioso, pero casi simplón. La madrileña Plaza de las Comendadoras no era precisamente la plaza más bonita del mundo, y tampoco ayudaba el hecho de que esa parte de Madrid estuviera bastante sucia y llena de graffitis, algo que restaba encanto a las otrora castizas callejuelas de esa parte de la capital.

Una vez dentro, la cosa cambió. El local tenía ese claro halo hipster instagramero del que se apropiaban todos los garitos medio nuevos, y de hecho tenías que esperar a que te asignaran mesa. Harry y Sally vieron una estupenda mesa para cuatro e intentaron abalanzarse sobre ella, pero un espigado camarero les cortó el paso.

—Lo siento, necesitamos esa mesa.

«¿Para qué, si está vacía?» Se preguntó Harry a sí mismo. Como no quería empezar con mal pie, hizo como que no le importaba demasiado y le preguntó al camarero dónde podían sentarse entonces.

—En esa esquina de ahí por ejemplo, o en esa barra con vistas a la calle.

Harry y Sally se miraron. Lo de desayunar mirando a la calle no tenía mucho sentido cuando ibas con alguien, y menos cuando ibas con alguien como Sally, que estrenaba look para la ocasión con su nueva casaca y estaba estupenda.

—Oye Sally, esta mañana estás estupenda con tu nueva casaca —dijo Harry poniendo voz a sus pensamientos—. Mejor en la esquina y así disfruto del desayuno y de verte.

—Zalamero, que eres un zalamero. Ea, a la esquina de la mesa grande pues. —contestó Sally, juguetona y encantada de esa mañana de aventurillas y piropos.

El camarero les acompañó a la esquina de una mesa gigante con capacidad para unos 14 comensales. A su lado dos chicos extranjeros se ponían las botas con unas tortitas del tamaño de Alaska que tenían una pinta estupenda.

—¿Has visto eso? —preguntó Sally —Yo iba a acompañarte con un simple café, pero paso. A ver esa carta, Harry.

—Esa es la actitud, Sally. Aquí hemos venido a jugar.

Harry no necesitó más de 10 segundos para ver lo que quería. En la carta aparecían —sin demasiado protagonismo— los huevos Benedict, que podías acompañar con tres opciones. Sally se debatió entre las tortitas y un desayuno más ecológico, y la ecología ganó la partida.

—¿Qué van a tomar? —les preguntó otro camarero al tomarles notas.

—Huevos Benedict con salmón y batido de chocolate para mí, por favor —dijo Harry rápidamente, como intentando adelantarse para que quedasen huevos Benedict para él. Sally, claro, sonreía paciente.

—Para mí las tostadas de pan de centeno con aguacate y este batido verde con pinta asquerosa de aquí —dijo Sally. Bueno, en realidad no dijo eso, pero fue lo que Harry escuchó. Al irse el camarero, Harry le preguntó a Sally por su desayuno.

—Perdona Sally, ¿tú has visto dónde estamos? ¿Qué has pedido?

—Ya lo has oído: un batido verde con pinta asquerosa.

—¿Un batido verde con pinta asquerosa?

—¿Qué? ¡No! He pedido un batido verde con pinta asquerosa.

—Pues eso, lo que yo estaba diciendo. En fin, tú misma, Sally.

Ambos disfrutaban del momento hipster, claro. Aquello era un poco sucursal de Winnerlandia, con toda la gente como muy fashion, muy in, muy cool y sobre todo muy Instagram. Crisol de culturas y mucho winner por metro cuadrado, como solía decirse. Esas pequeñas inmersiones en los círculos guays y superficiales siempre le provocaban a Harry una inevitable sonrisa, pero oye, de cuando en cuando molaba sentirse un poco parte de ese rollito hipster instagramero.

El sitio, desde luego, daba el pego. A Harry le pareció que además no se habían excedido con los detalles para fotos Instagram. Lo justo para que el local quedase estupendo, desde luego. A ello ayudaban detalles como lo de tener la prensa disponible para los clientes. Y cuando digo la prensa no hablo de un Marca con manchas de aceite y arrugado como si lo hubieran leído 100 personas antes. No: allí tenían ejemplares de El País, The New York Times y Le Monde. Ejemplares de hoy, chavales. Flipas.

—Voy a leer un poco el New York Times —bromeó Sally.

—Dale, dale —dijo Harry, que sacó una instantánea que ya formaría parte de su fototeca para siempre. Una que se quedarían para ellos y para nadie más. Sally estaba estupendísima con su casaca, y de lo más informada y smart hipster (o como se diga) mientras leía (o aparentaba hacerlo) el NYT.

Así estaban, comentando dimes y diretes, leyendo la prensa internacional e inventándose historias sobre las gentes que disfrutaban allí de manjares variados o batidos verdes asquerosos. Y por fin, los huevos.

—Bueeeno —dijo acercándose el camarero—pues aquí están los huevos Benedict con salmón, y aquí las tostadas con aguacate.

—Gracias —dijeron al unísono Harry y Sally, que otra cosa no pero educados eran un rato.

Allí estaban los esperados y deseados huevos Benedict. La pinta, desde luego, era espectacular. La bechamel de la parte superior le estaba gritando a Harry «cómeme» mientras las tostadas de aguacate, muy de colgar en una pared, le gritaban que mirase para otro lado. Ese otro lado, claro, era el de esos huevos estupendos y claramente fotografiables.

—Venga, foto a cada plato, que quiero tener un recuerdo visual del momento. Pero rápido, que tengo un hambre que da calambre.

Ñam.

Clic. Clic.

Tras las fotos, empezó el festín. Harry estaba nervioso. La realidad se enfrentaba a sus recuerdos. ¿perdería la realidad la batalla?

Efectivamente. Los huevos estaban estupendos, pensó, pero no tenían nada que ver con el recuerdo que tenía de aquel desayuno en Seattle. Recordaba aquello como una explosión de sabor que aquí se quedó en explosioncita.

—¿Bueno, qué tal? —preguntó Sally, expectante.

—Pues están muy ricos.

—No pareces muy entusiasmado.

—No no, si están guay, pero es que no son como los recordaba. Creo que es el salmón. Creo que los que tomé aquella vez no eran con salmón. No sé con qué eran, pero aquí el salmón hace que todo quede enmascarado por el salmón. Que me encanta, oye, pero recordaba otra cosa.

—Vaya. Pues yo estoy disfrutando de lo lindo con mis tostadas de aguacate.

—Sí, menudo pintón tienen. Entre eso y tu batido, maja, vaya desayuno.

—Sí sí, lo que quieras pero estoy estupenda y fit. Y mira lo bien que me queda la casaca, Harry.

—Pues sí, Sally. Estás estupenda. A ver, dame a probar un poco del batido verde ese asqueroso.

Las tostadas de aguacate y el batido verde asqueroso para acompañar. Resulta que no estaba nada asqueroso, al contrario que el batido de chocolate que me pusieron a mí.

Harry tomó un sorbo y tuvo que claudicar. Aquello no estaba malo del todo. De hecho, pensó, puede que estuviera mejor que su batido de chocolate, absolutamente decepcionante y que sabía a Okey caducado. Bastante aguachirri y con un incómodo regustillo a licor. Harry se esperaba algo tipo el (¿insuperable?) batido de chocolate del VIPS, pero de eso nasty de plasty.

—Pues sabe mejor que mi Okey. Porras.

—Para que veas. Las apariencias engañan, maridete.

—Ya te cuen.

Y así fue como Harry y Sally terminaron sus desayunos hipster e instagrameros. Tras acabar Harry pidió la cuenta, que desde que pidieron sabía más o menos cuál iba a ser. Su banquete mañanero les costó 29,70 euros, que no era moco de pavo, pero como suele decirse, un día es un día. Sobre todo cuando te lo pasas en un sitio bastante chulo comiéndote unos huevos Benedict de 9,80 euros bastante decentes. Y sobre todo cuando lo haces bromeando, comentando dimes y diretes, leyendo la prensa internacional e inventándote historias sobre las gentes que disfrutaban allí de manjares variados o batidos verdes asquerosos.

La vida era maravillosa, como decía aquel. Y pasaba, y era maravilloso ver cómo lo hacía.

Fin.


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13 comentarios en “Harry & Sally y los huevos Benedict

  1. Jaens dice:

    Saludos…
    Que bien sientan las historias de Harry y Sally.. Que bien estaria una historia corta con los personajes.
    Apuntados quedan los Huevos para la cena a ver que tal.

Comentarios cerrados